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miércoles, 26 mayo 2010

Reflexiones bicentenarias

NV-IMP643.JPGNo soy ningún experto literario. Mi formación es científica y matemática. Soy un ingeniero informático que le gusta leer; escribir es mi pasatiempo favorito. He vivido más años en Francia que en Colombia, pero cuando me vine a estudiar aquí se suponía que pasaría solo tres y regresaría. La distancia en el espacio y en el tiempo cambian mucho nuestra visión del mundo. Cuando yo vivía en Ibagué y en Bogotá, mi contacto con extranjeros era muy escaso. Todo el mundo hablaba español a mi alrededor. Latinoamérica e Hispanoamérica eran conceptos abstractos. Fueron años de dictaduras en países hermanos y de refugiados argentinos, uruguayos y chilenos en Colombia, mi país.

Aquí en Europa he conocido gente de todas nacionalidades, he disfrutado del acento y de los modismos de tantos hispanohablantes a tal punto que mi mismo idioma y acento se han neutralizado e internacionalizado. Además gracias a la revolución informática de la Internet, podemos escribirnos, oírnos o vernos con gente que vive muy lejos, a pesar de que quizás no hablemos con el vecino del edificio donde moramos. Me pregunto si el hecho de viajar, de ser emigrado, no será un elemento primordial en la escritura. Tenemos por ejemplo a Cortázar, Borges, Álvaro Mutis, Pablo Neruda, García Márquez o Vargas Llosa y hasta Cervantes que fueron viajeros. Escribir es viajar.

Doscientos años nos separan de esa época de las independencias americanas que fueron relativas ya que siempre el pez grande se come al chico. Desde esta ciudad donde el filósofo Voltaire vivió veinte años en la segunda mitad del siglo XVIII y escribió la mayor parte de su obra, pienso en mi país y en mi continente tan lejanos. Doscientos cincuenta años me separan también del Ferney y de la Ginebra de la época volteriana. Veo que la evolución de esta zona fronteriza tiene su parecido con lo que pasó en América. Aquí tras la llegada del filósofo la población local creció de ciento cincuenta personas a mil en veinte años. Hoy la región de Ginebra tiene una población cosmopolita que se acerca al millón de habitantes.

Creo que la literatura ha tenido una evolución muy similar. Los descendientes de los conquistadores y colonos españoles se instalaron en ese Nuevo Mundo, en una zona de exclusión para las demás potencias de la época. Los criollos quisieron la independencia de la Madre Patria aprovechando que Napoleón estaba haciendo de las suyas en Europa. ¿La pérdida de las colonias fue culpa de Napoleón o era un proceso ineluctable? Los americanos ya huérfanos de Europa seguían soñando con ella. Anduvieron mucho tiempo obsesionados por la cultura europea que suponían superior e inalcanzable. El mito del viaje a Europa y después del viaje a Estados Unidos ha nutrido mucho nuestra literatura. Sin embargo el costumbrismo y los relatos arraigados en América no faltan. Obras colombianas conocidas del siglo XIX y comienzos del XX tales como La Vorágine de José Eustaquio Rivera, 1924, la poesía de José Asunción Silva, 1865-1896, o María de Jorge Isaacs, 1867, tienen un sabor local y al mismo tiempo una relación con la cultura europea.

Por esa necesidad de las naciones jóvenes de buscar la identidad creando mitos y buscándose enemigos, muchos americanos creen que los españoles siguen siendo los mismos enemigos contra los que peleó la independencia. No lo creo. Tanto ellos como nosotros hemos cambiado. Los conquistadores que llegaron a América tenían mentalidad medieval. El gran error de los americanos fue haber desmembrado el continente. Sin embargo, a pesar de que en esa época era difícil mantener la unidad, Brasil lo logró y hoy es una potencia emergente. Si Hispanoamérica se uniera, tendríamos más peso en el mundo. A la hora de la verdad hay muchas más cosas en común entre los países de habla hispana que cosas que nos separan y dividen. Los grandes perdedores de esta aventura han sido evidentemente los pueblos indígenas, los antiguos propietarios de la tierra hoy todavía menospreciados. ¿Hay literatura indígena?

Para la literatura no se necesita ser desarrollado. Basta un lápiz, un papel, imaginación y talento y de eso hay por todas partes del mundo. Al leer libros colombianos como El olvido que seremos de Hector Abad Faciolince, 2007, Delirio de Laura Restrepo, ganadora del premio Alfaguara de novela 2004 o Rosario Tijeras de Jorge Franco Ramos, ganador de la Beca Nacional de Novela del Ministerio de Cultura con esta obra en 1999, con la que también ganó en Gijón, España, el Premio Hammett, pienso que la literatura hispanohablante tiene presente y futuro. Hoy gracias a la sociedad de la información, el acceso a la difusión se ha democratizado, dándonos los medios para escribir y ser leídos por millones de personas; la dificultad está en poder encontrar lo mejor entre tanto escritor aficionado de calidad variable.