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miércoles, 31 enero 2018

Microrrelatos I

  1. microrrelatos, ficciónEl médico le pidió que espirara y expiró.

  2. Las conocí en un autobús. Eran una joven y su mascota, una tortuga que llevaba en su mano. Hablamos mientras recorríamos la ciudad. Hoy nuestros hijos son muchas tortuguitas.

  3. A Peter le gusta escribir en un lugar privado, preferiblemente solo, y con una puerta cerrada con llave. Le gusta escribir a mano. De vez en cuando también escribe en lugares abarrotados como una cafetería, en la medida en que nadie viene a hablar con él. Jane es muy diferente. Ella puede escribir en cualquier lugar y en cualquier momento. Ella siempre tiene un cuaderno o un teléfono celular preparado para mantener los rastros de sus pensamientos. De vez en cuando, vuelve a leer y editar sus escritos y, finalmente, los copia en un archivo más grande donde ensambla las piezas para completar un cuento o un relato más extenso. Peter y Jane se conocen pero no saben que son escritores clandestinos que podrían compartir y hablar sobre su pasatiempo secreto.

  4. Caminábamos por la plaza del pueblo en la parte más fresca donde es más generosa la sombra de los árboles. En esa zona están los lustrabotas, los vendedores de paletas y los puestos de arepas y sánduches. El sol de mediodía parecía derretir hasta las piedras. De pronto se oyó un tango argentino. No pudimos aguantar las ganas de bailar. Puse mi sombrero en el piso por si acaso los espectadores se animaban a regalarnos unos billetes o monedas. Era un tango viejo con mucho ritmo y pasión. El corrillo de gente que se formó alrededor nos regaló un nutrido aplauso cuando terminamos. Lo inesperado fue darme cuenta de que alguien me había robado el sombrero.

  5. Un ruido muy fuerte y extraño me llamó la atención haciéndome mirar hacia afuera del establecimiento. La tarde se había oscurecido de repente. Un muy fuerte aguacero estaba golpeando los autos, motociclistas, ciclistas, peatones, es decir cualquiera que se atreviera a sacar la cabeza en la calle. Solo faltaba que llovieran verdaderos perros y gatos. Llovía a cántaros. Se me había olvidado cómo puede llover en el trópico tras vivir tantos años en Europa.

  6. Hoy es el último día del año. Mañana será el fin del mundo. Seré el responsable de la última Guerra Mundial. En pocas horas apretaré el botón rojo en mi oficina presidencial de la Casa Blanca en Washington. Nunca aprenderán a no elegir a un loco para esta función tan importante.

04:25 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: microrrelatos, ficción

viernes, 29 diciembre 2017

Cuento de Navidad

navidadTuvo tiempo de pensar en lo sucedido, acostado en la ambulancia camino del hospital, a pesar de las sirenas y las sacudidas del vehículo que se abría paso con dificultad por las calles atiborradas de energúmenos conductores. Vivía solo y aislado en el apartamento de siempre desde la muerte de su mujer pocos años atrás. Se había vuelto huraño y retraído por culpa de ese mundo que ya no comprendía. Ahora era cada vez más ateo (como si hubiera gradación en esto). Había perdido toda la poca fe que una vez lo habitó. Su esposa que sí era muy creyente y persuasiva lograba convencerlo de ir a misa para Navidad y de rezar la novena (y a él le daba gusto complacerla). Las fiestas navideñas ya no eran las de su inocente infancia cuando el Niño Dios le dejaba los regalos en la noche del 24 mientras dormían. Las actuales le parecían demasiado comerciales, artificiales e hipócritas. ¿Cómo podría ser que la gente se sintiera buena y cercana a la humanidad y durante el resto del año retornaran a esa jungla de egoísmo y competencia salvaje? El Papá Noel con su vestido de invierno, las iluminaciones y el ambiente de invierno no tenían sentido para él que vivía en el Trópico donde días y noches eran casi iguales de largos o cortos todo el año; no había razón lógica para festejar el solsticio de invierno septentrional. Ansiaba que llegara el nuevo año y todo volviera a su gris normalidad. Su hijo, que vivía en las antípodas y casi nunca venía a visitarlo, lo llamó en esos días para desearle felices fiestas y saber cómo seguía. Se alegró de oírlo y hablar un poco con él, pero en el fondo no tenían nada que contarse y tampoco les interesaba lo que pasara al otro lado del planeta. Desayunó temprano y salió al supermercado calculando llegar apenas abrieran para escapar a la muchedumbre de compradores de última hora que imaginaba llenarían los pasillos acaparando como hambrientos todo lo que estuviera a su alcance. A pesar de todo tuvo que aguantar a los vendedores que le ofrecían probar todo tipo de comida y hacer cola oyendo los sosos comentarios de los otros clientes sobre preparativos de la fiesta o las vacaciones. Todo ese ruido y muchedumbre lo iban dejando mareado y trastornado. «Algo raro me está pasando», pensó camino a casa. Al llegar y abrir la puerta se desmayó. Quedó inconsciente un largo rato hasta que una nueva vecina, con quien nunca había hablado aunque vivía al lado, pasó con sus hijos a regalarle unos postres típicos de Navidad (por compasión, para no tirarlos a la basura o simple espíritu navideño). Fue ella la que llamó a la ambulancia y lo hizo llevar de urgencia. «Si me hubiera desmayado en otra fecha, ¿cuánto tiempo habría pasado hasta que me socorrieran?», pensaba acostado en la ambulancia después de que le contaran lo sucedido. Se dijo que de alguna forma valía la pena que la gente tuviera una actitud positiva en esa época del año así fuera para auxiliar a un viejo amargado agobiado por las fiestas navideñas, por pura suerte, por el destino, por un milagro necesariamente inexplicable o para escribir un cuento de Navidad. ;-)

00:59 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (1) | Tags: navidad

domingo, 24 septiembre 2017

Las cosas raras de la vida

NV-IMP991.jpgMi tío, un médico famoso que conoce mucha gente, quedó sorprendido al ver que mi primo escribía ficción que le parecía de buena calidad. Para ayudarlo a que lo publicaran, tomó uno de sus cuentos y lo envió a uno de sus amigos que trabaja en la sección literaria del periódico más leído del país. Celoso con mi primo, pues no me gusta lo que escribe ni por contenido ni por estilo, me desahogué explicándole a mi amiga Adriana el motivo de mi furia, aunque no me atrevía a decirle nada a él para no armar escándalos. Ella me dijo que lo que deberíamos hacer era ir nosotros mismos al periódico y entregarle uno de mis cuentos, que a ella le encantan tanto, al dichoso periodista para que lo juzgue de una vez por todas. Yo ya le había escrito al tipo ese, que a mí me está cayendo muy mal a fuerza de no contestarme nada ni publicar mis cuentos, pero ella insistió en acompañarme. La seguí sin mucha convicción.

Era un día lluvioso de otoño. El edificio queda en el centro de la ciudad y estaban en obras de remodelación. Ella, que es alpinista y había averiguado dónde quedaba la oficina del crítico literario aquel, me dijo que íbamos a atravesar la obra disfrazados de obreros para introducirnos al lugar. No sé cómo acepté esa riesgosa locura.

Allí estábamos con unos impermeables amarillos de caucho en medio de las máquinas y del ir y venir incesante de obreros en ese ruidoso y sucio ambiente. Tocaba subir por andamios resbaladizos, evitar a los guardias de seguridad, pasar por corredores angostos y sin barandas, mientras yo luchaba contra mi fobia a las alturas. Adriana siguió como si fuera un experimentado constructor de rascacielos neoyorquinos sin darse cuenta de mi estado ni de que estaba petrificado sin poder dar un paso más por miedo al vacío. La perdí de vista en medio de ese laberinto.

En ese momento apareció mi amigo Guille. Yo no sabía que él trabajaba en esa obra ni que es jefe de un sector de la empresa constructora. Para mí, Guille no es más que uno de mis amigos del coro. Le conté mi problema. Me propuso llevarme por un camino más seguro, sin peligros para mi fobia.

La lluvia no paraba. Claro que su camino era mucho mejor, pero tampoco pude seguirlo y me perdí otra vez. Decidí regresar y abandonar esa aventura. Ni Adriana ni Guille podrían ayudarme. Además estaba ya convencido de que mis cuentos eran peores que los de mi primo y de que mi tío tenía razón en darle un empujón al mundillo literario a él y no a mí. Para colmo de males saliendo de la obra me caí en un charco lleno de lodo y quedé aterido de frío. Camino de casa me acordé de que tenía reunión con mis amigos. Me aparecí así como venía, les conté mis desgracias y a largos rasgos describí el cuento que en realidad yo quería dejar en el escritorio del periodista en lugar del de mi primo o antes de que llegara el suyo. Les pareció evidente, y también a Guille y Adriana que llegaron poco después, que el periodista no publicaría mis cuentos ya que trataban precisamente de relatos de escritores que querían ser publicados y a quienes él impedía que lo fueran por celos o motivos ocultos. Total, me encontraba más perdido que antes y ellos tampoco me ayudaban.

Ahí me desperté y me dije que valdría la pena sentarme a escribir ese sueño antes de que se me esfumara. Ya se me han olvidado muchos detalles y no sé si estoy dormido o despierto frente a este computador a estas altas horas de la noche. Mejor me vuelvo a acostar y si tengo suerte, me encuentro con el preriodista o mi tío y los convenzo de que me publiquen por fin aunque sea en sueños.

21:35 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: escritura, sueños