19/12/09

Encuentro fantástico (8)

NV-IMP573.JPGSerá porque cuando a uno le prohíben algo, le dan más ganas de probarlo, pero cuando nos despedimos en París y nuestros padres nos dijeron que no nos fuéramos a escribir con Lucas y Roberto, decidimos que íbamos a mantenernos en contacto por correo electrónico. Sospecho que si mamá y Alejandro tuvieron alguna vez una aventura ha debido de ser por la tentación a lo prohibido.

Es divertido, pues eso pasó hace casi siete años y ahora debemos de tener más o menos la edad de nuestros padres cuando estudiaban juntos en la misma universidad. Éramos unos adolescentes a pocos años de terminar bachillerato, vivíamos a miles de kilómetros de distancia, con pocas probabilidades de volvernos a ver. Volvimos a nuestras ocupaciones habituales en nuestros mundos respectivos. Nos conectábamos a menudo por MSN y también jugábamos en equipos en mundos fantásticos de la Internet, como World of Warcraft.

Ahora nosotros tres vivimos en Madrid, estudiamos en la Complutense nada menos que filosofía. Lo que menos se imaginaron nuestros padres que íbamos a escoger. «¿Por qué no estudias una carrera que te permita conseguir un trabajo fácilmente y vivir bien? ¿Piensas que vas a cambiar el mundo a punta de filosofía? ¿Lo haces para contrariarnos?», dijo papá cuando se lo anuncié. Algo parecido han debido de decirles a Lucas y Roberto.

Empezamos otras carreras en nuestras respectivas ciudades, pero hace como tres años a mí se me ocurrió que podríamos venirnos a Madrid, a terreno neutro, a estudiar lo mismo y así volvernos a encontrar, claro está, en secreto de nuestros padres. ¿Para qué les íbamos a contar? ¿Para que se negaran rotundamente? ¿Para que descubrieran que no habíamos obedecido sus órdenes? ¡No! ¡Ni tontos que fuéramos!

Primero vivimos en residencias universitarias, después conseguimos este apartamento que compartimos en el barrio de Lavapiés. Ellos han venido varias veces a vernos pero a cada uno de los tres de forma separada sin darse cuenta de quienes somos en realidad. Nos las ingeniamos para dejar tranquilo al que reciba a sus padres para no levantar sospechas.

A mí me gustaban Lucas y Roberto y no lograba decidirme con cuál quedarme. Al final me quedé con los dos y tenemos un «ménage à trois». No es tan complicado y tiene sus ventajas. Lo mejor de todo fue el día que a ellos se les ocurrió formar un grupo de rock. Lucas tocaba guitarra y Roberto batería. Me preguntaron si yo podía cantar y tocar al mismo tiempo la guitarra baja, que era fácil de aprender. Probé y cuando me oyeron cantar, se enamoraron de mi voz y dijeron que era increíble como cantaba. A mí me pareció que era una tomadura de pelo, que era para darme gusto, pero cuando tocamos por primera vez en una fiesta de la universidad, ¡fue la locura! Todos los amigos y demás estudiantes estuvieron súper entusiastas. Desde ese momento nos pedían que fuéramos a animar sus fiestas. Yo, que soy la que tiene el alma más poética, me puse a componer canciones con temas de nuestros estudios y con títulos muy elocuentes: Ontopraxeología de mi amor, Ciencia o realismo, Mentalidades colectivas, Dios y su problema del mal, Cuestiona mis fundamentales, Marxista moviendo a la obrera o Procésame mi lenguaje natural. Para completar nuestro grupo se llama Encuentro fantástico y el rock tiene toques de música colombiana, venezolana y neoyorkina. Ya nos salió un contrato con una empresa discográfica y vamos a empezar una gira por España. El primer concierto será el lunes próximo, 21 de diciembre del 2009. Hemos invitado a nuestros padres para que nos vean y de ñapa se encuentren otra vez y sepan de nuestra verdadera vida madrileña. Si con la música logramos vivir, no tendrán que preocuparse más de nuestra educación ni de nuestro futuro.

12/12/09

Encuentro fantástico (7)

NV-IMP567.JPGHabíamos quedado en vernos temprano en el bar del hotel antes de que nuestros padres se levantaran y bajaran a buscar noticias de la apertura del aeropuerto. Nos habíamos entendido muy bien desde el comienzo. El destino nos hizo cruzar en esa ciudad y en esa fecha. Algo me decía que ese encuentro iba a dejar una huella profunda en nuestras vidas.

La primera noche cuando quedé a solas con mis padres me di cuenta de que no estaban contentos de haberse visto con sus viejos amigos, sobre todo mamá. Cosas que no se habían dicho frente a frente salieron a relucir a la superficie en nuestro cuarto. No era para menos, según sus mentes retrógradas.

Karina que se había peleado con Emilio, empezó a salir por despecho con Pedro que era el más alegre y divertido del grupo, pero para ella no podría ser el padre de sus hijos, no le veía seriedad ni futuro.

Pedro seguía sin entender lo que le pasaba. Quiso explicarse con Beatriz pero ella lo rechazó. No logró concentrarse en sus estudios y al final del semestre las malas notas no le permitieron seguir en la universidad. Tuvo que cambiarse a otra. Afortunadamente lo aceptaron en El Rosario. Ese distanciamiento terminó con su breve amorío con Karina.

Emilio, que estaba ya encartado con Gloria tras haberla conquistado, no sabía cómo quitársela de encima; ella trataba de llevarlo al matrimonio pues pensaba que haberle brindado su virginidad no tenía precio. El padre de Emilio, un importante importador de vehículos Volvo en Valencia, Venezuela, murió de repente al final del mismo año. Emilio tuvo que regresar a su país para encargarse de los negocios familiares sin haber terminado su carrera de administración de empresas. Prometió a Gloria que volvería por ella pero rápidamente la olvidó.

Sospecho que Ángela y Alejandro tuvieron alguna aventura pasajera pero no lo tengo muy claro.

Ángela y Gloria empezaron a estudiar contabilidad de noche. Ángela terminó esa carrera, pero Gloria se cambió a derecho y se graduó de abogada. Pedro terminó derecho y consiguió una beca en la URSS. Al regresar al cabo de tres o cuatro años trabajó con empresas rusas que querían poner un pie en Colombia, especialmente en la industria de petróleos.

Karina y Alejandro empezaron a salir juntos y su relación se afianzó. Ella terminó sicología y él economía. Se fueron a estudiar un posgrado a EE. UU. Alejandro obtuvo un puesto en el FMI y se quedaron a vivir en Washington. Allá nació Lucas. El hijo mayor de Karina se fue a estudiar a Suiza y se quedó a vivir en Ginebra.

Ángela se fue a probar suerte a Venezuela adonde una pariente que estaba muy instalada en Caracas. Cuando logró legalizar su situación, empezó con trabajitos cortos con varias empresas hasta que postuló a un puesto fijo en Valencia en una empresa que resultó ser de Emilio. Su parecido con Alejandro le sirvió para que Emilio la reconociera y la contratara. Con el tiempo se ennoviaron y de esa unión nací yo el mismo año que Lucas y Roberto.

¡Ah! Roberto es el hijo de Gloria y Pedro que se conocieron trabajando para los rusos y solo hasta la nevada en París se dieron cuenta de que se hubieran podido conocer antes en la famosa fiesta, pero no lo sabían.

Karina, Ángela y Gloria no querían que sus esposos reanudaran la amistad y volvieran a verse. Temían que los antiguos amores destruyeran su estabilidad conyugal a pesar de que ya no eran los jovencitos universitarios y ahora eran medio calvos, canosos, gordos y con arrugas nacientes. Pedro, Emilio y Alejandro sentían que ya no eran los mismos y que la vieja amistad se había esfumado, solo les quedaban los buenos recuerdos y unas vidas divergentes.

Ese lunes 6 de enero anunciaron por fin que el aeropuerto había abierto completamente y sus vuelos tendrían lugar. Casi quinientos vuelos fueron anulados y unas diez mil personas tuvieron que dormir en París ese fin de semana. Todos estábamos contentos de poder continuar nuestro viaje. Creo que fue Pedro que preguntó, casi al despedirse de Ángela y Alejandro: «Pero, ¿ustedes por qué son tan parecidos? ¿Son de la familia o qué?»

«Cuando conté en mi casa que había conocido a una joven de mi edad parecidísima a mí, mi madre no me creyó. Burlándose comentó que ella no había tenido gemelos. Mi padre se puso muy serio y cuando estuvimos solos me dijo que él de joven había sido muy mujeriego y que había tenido varias novias muy parecidas a mamá, que no era imposible que una mujer muy parecida a mí fuera mi hermana media, que era mejor evitar ennoviarme con una mujer así pues nunca se sabe qué hijos podríamos tener», dijo Alejandro.

«Mi tía Mercedes me contó la vida difícil de mi madre que murió joven dejándome huérfana. Como ella era su mejor amiga, antes de morir le pidió que me criara. Parece que mamá tuvo una vida de bohemia y nunca se supo a ciencia cierta quién fue mi padre. Así es la vida», explicó Ángela.

Después supe, ya verán cómo, ninguno de los dos había contado todo lo que sabía.

11/12/09

Desde una vitrina

NV-IMP566.JPG¡Mira, mira! Ahí está de nuevo. Desde hace unos días viene a vernos. Estoy seguro de que viene a verme a mí. Pasan tantas personas frente a esta vitrina que ya no les pongo cuidado. Pocos se detienen y miran más o menos distraídamente lo expuesto. Aún menos se aventuran a entrar en la librería para ver las cosas más de cerca; con un poco de suerte, compran algo. En estos malos tiempos hay pocos clientes; casi nadie lee. Todos los libros se parecen. Todo está escrito. La ignorancia reina.

Quizás por eso me he fijado un poco más en los transeúntes. Esa mujer está un poco deschavetada, te lo digo. Primero, estuvo mirándome desde lejos. Poco a poco tomó confianza y empezó a acercarse mucho más observándome fijamente, descaradamente. Me dio un poco de miedo al comienzo. No se demoraba mucho, no decía nada y seguía su camino. A veces se ponía como a esperar que otros peatones se acercaran a nuestra vitrina y los observaba de reojo. Estaba pendiente de dónde iban a posar sus ojos. Si alguno se decidía a entrar, lo seguía. Me he dado cuenta de que viene más a mediodía poco antes de que cerremos o después de que abramos tras la pausa del almuerzo.

¡Mira, mira! Se fija en nosotros, se fija en mí. ¿Sabes? Sospecho que es una mujer angustiada, que está enamorada de mí, que quiere que tengamos éxito. Si pudiera ver mi contraportada, seguro que vería su foto y su biografía explicando cómo y cuándo me escribió, junto a un resumen de la trama, pero como soy un simple libro que tiene ojos en la portada, no en la espalda, unos ojos fríos de un cuadro del rey Carlos V, obligado a contemplar a los viandantes, condenado a tostarme y descolorarme al sol esperando que alguien me compre y con suerte me lea antes de que pase de moda, estoy jodido.

05/12/09

Encuentro fantástico (6)

NV-IMP560.JPGEl mesero vino a servir las seis copas de champaña y unas galletas saladas. Los viejos amigos recién reencontrados seguían recordando viejos tiempos en el hotel cercano al aeropuerto Charles de Gaule donde estaban encallados por la tormenta de nieve.

«¡Claro!, Pedro. Acabando de ver a Emilio bailar muy románticamente con Gloria, una joven que yo no conocía, lo único que se me ocurrió fue ir a besarme contigo para vengarme. No quería irme a pelear con ellos. ¿Para qué?», explicó Karina.

«¡Oye! Creo que la película que fui a ver con Ángela ese sábado era La última locura de Mel Brooks o La vida de Brian de los Monthy Pyton», dijo Alejandro muy contento.

«No, mijo. Si tú ya estás perdiendo la memoria, Alejandro. Esas películas las viste conmigo uno o dos años después», refutó Karina.

«Lo cierto es que los costeños de la fiesta no paraban de pelearse por la música con los cachacos, como ellos nos llaman a los del interior del país. Ellos querían solo vallenatos y nosotros más salsa o cumbia», dijo Alejandro.

«¡Cónchale!, vale. Esas son viejas historias. Mirándolas ahora desde aquí, parecen más bien graciosas y mínimas. La vaina estaba jodida. Siempre fui muy enamorado. Me encantaba conquistar novias, pero ya cuando las lograba enamorar, me aburría. Fue con el paso de los años y sobre todo cuando murió mi papá, que empecé a tomar juicio. En esa fiesta yo estaba muy abrazado con Gloria cuando vi a Karina bailando con Pedro. Ella me vio y empezó a besarlo descaradamente. En la situación en la que me encontraba, por no ir a pelear con los dos, me puse entonces a besar a Gloria para terminarla de embarrar», explicó Emilio.

«Ustedes los hombres son todos iguales. ¡Yo que creía que sí estabas enamorado de mí!», respondió Gloria con una mezcla de rabia y burla.

«No me di cuenta de nada de eso. Estaba bailando con mi amigo barranquillero y Alejandro con Nancy cuando se armó la gran pelea a puños entre cachacos y costeños. Gritos y empujones por todos lados. La confusión total. La música paró. Después de un rato se calmaron los ánimos pero, eso sí, se acabó la fiesta. Solo se quedaron muy pocos. Los demás decidimos irnos», contó Ángela.

«El problema era que Ricardo y Nancy desaparecieron. Ángela y yo estábamos lejos de nuestras casas y sin el medio de trasporte previsto. Emilio nos propuso llevarnos en su carro y salir rápido de la residencia», añadió Gloria.

«Alejandro, en la pelea, cayó cerca de nosotros de un puñetazo que recibió. Karina y yo, pero especialmente ella, ya que en mi estado de embriaguez no podía ayudar mucho, nos ocupamos de sacarlo a la calle. Cuando ya se sintió mejor, nos fuimos en su carro de la fiesta, pues ya no quedaba por ahí ninguno de nuestros amigos», comentó Pedro.

«¡Ah!, pero ustedes no saben lo mejor. Nancy y Ricardo aprovecharon la confusión de la pelea para sacar el dinero de algunas carteras y sacos que estaban colgados en el vestíbulo y por eso se fueron inmediatamente. ¡Ja, ja, ja!», dijo Ángela.

Los demás se rieron con ganas y brindaron una vez más por el encuentro. Nosotros tres seguíamos contentos de habernos conocido gracias a la maquinita de juego y luego haber hecho encontrarse a nuestros padres después de tantos años.

No sé si fue Ángela o Gloria quien contó que pocos meses después Ricardo y Nancy se habían ido a vivir a Estados Unidos con las economías de sus robos, que habían atravesado la frontera por México como clandestinos, que se había sabido que les había ido muy mal pues se metieron a traficar con droga y los mataron en Miami durante una guerra entre bandas rivales. De todas formas, Ángela y Gloria se habían alejado de ellos dos después de la famosa fiesta, pues no querían seguir sus malos ejemplos. Prefirieron trabajar honradamente y estudiar una carrera para buscar un futuro mejor.

La conversación estuvo tan animada que nunca fuimos a pasearnos por París bajo la nieve. Comimos en el hotel y nos acostamos súper tarde ese 5 o 6 de enero tan blanco.

29/11/09

Encuentro fantástico (5)

NV-IMP556.JPGLos tres hombres estaban en el bar del hotel pidiendo una bebidas. Sus tres esposas estaban hablando amenamente en la sala del hotel. Sus tres hijos adolescentes estábamos jugando no muy lejos con un flipper dándole con fuerza a las manijas para marcar el mayor puntaje con la bola metálica.

«¡Oye!, vale. ¿Qué te dijo el franchute?, Alejandro», preguntó Emilio. «Que el aeropuerto sigue cerrado por la tormenta de nieve y nos toca pasar una noche más en este hotel. ¡Qué vaina!», contestó. «Bueno. Menos mal que tenemos todo pago. Nos acordaremos de este enero del 2003 toda la vida. Si hubiera sabido, no hago escala en París. ¡Carajo!», añadió Pedro. «No hay mal que por bien no venga. Por lo menos nos hemos podido encontrar después de casi un cuarto de siglo de separación. ¡Coño!», exclamó Emilio.

Los tres se fueron a seguir la conversación con sus mujeres mientras les traían el aperitivo recién encargado. El 4 de enero nos atrapó por sorpresa la tormenta de nieve que paralizó durante varios días la región parisina y luego otras regiones de Francia con temperaturas de hasta -12° y -15°. Alejandro y familia viajaban de Ginebra a Nueva York; Pedro y familia, de Moscú a Bogotá; Emilio y familia, de Copenhague a Caracas; todos con conexión de vuelo en la Ciudad Luz.

«Lo que podemos hacer es irnos después de comer a visitar la Torre Eiffel o los Campos Elíseos y aprovechar al menos para ver esta hermosa ciudad bajo la nieve», propuso Karina. «Buena idea, pero primero terminemos de contar nuestras diferentes versiones de la famosa fiesta de los costeños, ¿sí?», pidió Gloria.

El salón era muy acogedor y cómodo. Estaba lleno de gente hablando en diferentes idiomas. Una gran chimenea nos calentaba tan bien que no daban ganas de salir al frío. Ángela continuó su relato más o menos en estos términos aunque cada uno iba metiendo la cucharada de vez en cuando:

Alejandro y yo quedamos en vernos en el cine de la calle 45 entre 13 y Caracas para la proyección de matiné. Gloria y Emilio habían preferido estar solos por su lado, pero nos dimos cita a las siete de la noche en un asadero de pollos Kokorico cerca de Marly para comer algo antes de la fiesta. Ya ni me acuerdo qué película vimos, pero sí que para la fiesta había que pagar la entrada, pues los estudiantes de la residencia se encargaban de darnos bebidas y pasabocas. Todos los residentes eran varones. Creo que querían ganar algún dinero para reparaciones o comprar no sé qué muebles; quizás un equipo de sonido o discos. Eran dos casas viejas grandes de dos o tres pisos con mansardas, que habían unido para alojar a uno o dos estudiantes por habitación, a veces eran más cuando tenían camarotes. Fue mi amigo costeño que vivía ahí que me explicó cómo era todo. En las mansardas no había casi nada o en todo caso esa noche habían retirado los muebles y tirado cojines por el piso cerca de las paredes. El suelo era un entablado brillante.  Como las dos casas comunicaban por el techo también, el espacio era grandísimo para la fiesta.

«Creo que llegamos a la fiesta temprano, como a las ocho de la noche. Fuimos de los primeros. Poco a poco se fue llenando el lugar de jóvenes hasta completar unas cincuenta o sesenta personas más o menos. Ricardo y Nancy llegaron directamente a la fiesta a eso de las diez», dijo Gloria.

«La tarde del sábado la pasé con Beatriz acompañándola en el centro comercial Unicentro pues quería comprar ropa nueva. Me fui temprano a mi casa para prepararme para la fiesta. Traté de hablar por teléfono con Alejandro y Emilio pero no los encontré en sus casas. Estaba comiendo cuando me llamó Karina desprogramada preguntándome qué plan tenía para esa noche. Le propuse que fuera conmigo a la fiesta con Beatriz y sus amigas», explicó Pedro.

«Emilio parecía que se había esfumado y me había dejado plantada en casa. Desde hacía días había convencido a una tía para que aceptara quedarse con mi hijo ese fin de semana. No quería quedarme en casa sino salir de fiesta. La propuesta de Pedro me cayó muy bien. Beatriz pasaría a buscarlo y luego a mí en el carro que le había prestado su mamá», dijo Karina.

«Cuando llegamos a la residencia había tanta gente en la fiesta que no reconocimos sino a alguna amigas de Beatriz. Nunca nos imaginamos que en la misma fiesta estaban Alejandro y Emilio. La música estaba muy buena. El ron con Coca-Cola frío se consumía muy fácil. Demasiado fácil, pues se me fue subiendo a la cabeza sin que me diera cuenta. Empecé a bailar muy amacizado con Beatriz y hasta me atreví a besarla. Lo que no entendí fue cuando Karina quiso bailar conmigo y me abrazó muy pegadita queriéndome besar. Creí que estábamos borrachos o que era un sueño. Lo cierto es que Beatriz se enfureció con Karina y conmigo y se fue dejándonos solos en la fiesta», continuó Pedro.

22/11/09

Encuentro fantástico (4)

NV-IMP552.jpgEsa tarde no teníamos trabajo. Ángela me había pedido que la acompañara a Chapinero a una diligencia para su tía en el Edificio Libertador y aprovechar también para encontrarse con Alejandro a devolverle el libro de topología con la excusa de que se habían confundido con los libros al despedirse. Lo había llamado con remordimiento al día siguiente de nuestra excursión a los Andes. Me sentía tan incómoda como Ángela con los planes de Nancy por más de que nos dijera que el hurto era menos grave que el robo, que para qué dejaban las cosas en cualquier parte sin vigilancia esos hijos de papi, que no eran más que niños consentidos, que la culpa era de ellos.

Las tres nos conocimos cuando trabajábamos en la misma zapatería hacía como seis meses, pero después la única que siguió en la misma fui yo. Ellas consiguieron mejores puestos en la competencia. A mi papá no le gustaba que yo trabajara, mas como no le alcanzaba la plata para mantenernos a todos ni para mandarnos a la universidad, se había conformado. Lo que sí no quería era que trabajara de muchacha del servicio en casas de familia por la desconfianza en los hombres que pudieran acosarme o abusar de mí. Mis planes eran de ahorrar e inscribirme a la universidad para estudiar contabilidad por la noche. Estaba tratando de convencer a Ángela o Nancy de hacer lo mismo.

Ángela había llegado recientemente de la costa con su tía Mercedes y Nancy lo que quería era irse para Estados Unidos o casarse con un hombre joven y rico. Nada era fácil para las tres. Ricardo manejaba un taxi de su padre que tenía varios para alquilar pero que le exigía mucho pues decía que sus hijos tenían que aprender a trabajar duro como le había tocado a él.

La cita con Alejandro era enfrente de la iglesia de Lourdes a las dos de la tarde. La sorpresa fue encontrarnos con que había ido acompañado con Emilio. De ahí nos invitaron a tomar algo en la cercana pastelería Cyrano. Como nos entendimos bien, nos propusieron que fuéramos a jugar bolos al lado de la iglesia. Nosotras nunca habíamos probado ese deporte. ¡Qué divertido! Se nos pasaron las horas sin darnos cuenta. Me encantaba que Emilio me cogiera la mano para explicarme cómo había que enviar la bola para hacer moñona. Al comienzo se nos iba por la canal o le dábamos golpes muy fuertes al parquet, pero al final ya estábamos dominando la situación. Lástima que nos dimos cuenta de la hora y que nos tocó salir corriendo a tomar el bus a eso de las seis de la tarde. Ellos querían llevarnos pero no nos atrevimos a revelarles nuestras direcciones tan lejos de sus barrios de clase alta al norte de la capital.

«¡Viste, viste!, Gloria. Es increíble el parecido. A veces me sentía hablando con mi hermano gemelo. ¡Qué impresión!», me dijo Ángela apenas nos subimos en el bus. «Sí, pero hablando de otras cosas. A mí me encantó su amigo, Emilio. Esa barba, ese cuello todo velludo. ¡Parece un oso! Esos ojos verdes, esa tez morena, ¡esas nalgas!», contesté entusiasmada. «Sí, me di cuenta de que el venezolanito estaba muy interesado en ti. Mientras tanto yo me sentí con Alejandro como jugando con un hermano que nunca tuve. Cómo es la vida, ¿no?», me comentó. «¿Sabes? Emilio quería que le diera mi teléfono, pero no quise. ¡Si supiera que no tengo teléfono en casa y que nos toca salir a llamar de una cabina telefónica! Al final insistió en darme el suyo y me hizo prometer que lo llamaría pronto. Tengo una idea, Ángela. ¿Lo invitamos a la fiesta de tu amigo costeño del próximo sábado? Vamos con Ricardo y Nancy en su taxi y así podremos quedarnos hasta más tarde. Después nos quedamos a dormir en tu casa, ¿ah?», le propuse. «¡Listo! Mi amigo costeño estudia en la Nacional y me molestaba cuando vivíamos en Barranquilla. ¡Qué bueno que lo encontré de nuevo aquí en Bogotá!», dijo sin dudarloy añadió «Alejandro me propuso que fuéramos a cine. Dice que están pasando El regreso de la Pantera Rosa, Atrapado sin salida y Rollerball que no ha visto todavía. Quedamos de ir el sábado por la tarde. Podríamos estar los cuatro primero en cine y después en la fiesta, ¿no?».

Seguimos hablando sin parar hasta que me tocó bajarme en la Caracas con Jiménez para cambiar de bus y llegar a Fontibón antes de la hora de comer para que mis padres viéndome juiciosa me dejaran salir el sábado. Eso de ser mayor de edad solamente a los veintiún años y tener apenas veinte era aburrido.

15/11/09

Encuentro fantástico (3)

NV-IMP551.jpgCamino de la biblioteca central donde esperaba encontrar un lugar tranquilo para leer un poco a Dostoievsky, me crucé con Karina. Estaba furiosa pues había perdido el libro de psicología y lo necesitaba para su examen. La vi tan contrariada que me dieron muchas ganas de ayudarla. Le propuse acompañarla. Dijo que seguramente se le había quedado en la cafetería de su facultad donde estuvo antes de ir a la biblioteca. Lo bueno de estar con ella además de pasar un rato agradable era poder conocer a sus amigas de microbiología entre las cuales había muchas mujeres bonitas. Karina me gustaba pero además de que era madre soltera y la perspectiva de tener que lidiar con hijos de otro no me interesaba, ya estaba muy ennoviada con Emilio, un venezolano que, al contrario de mí, tenía mucho éxito con las chicas.

Durante una huelga universitaria nos hicimos muy amigos los cuatro: Karina, Emilio, Alejandro y yo. Sin proponérnoslo los tres andábamos detrás de ella y solo uno fue el elegido. Nos conocíamos desde la clase de algebra lineal en la que nos tocó lidiar con multiplicación de matrices entre otras operaciones de cálculo vectorial. Creo que fue esa materia la que me hizo pasarme de ingeniería industrial a derecho.

Mientras caminábamos entre los altos eucaliptos aproveché para cambiar de lado los libros escondiendo los títulos para evitar chistes idiotas como los de Alejandro. Por más de que estábamos acostumbrados a subir y bajar escaleras todo el día a 2600 metros de altitud, dada la velocidad con la que andábamos, llegamos jadeantes al edificio de Las Monjas. La cafetería olía a café y cigarrillo. En un rincón del fondo estaba Emilio jugando ajedrez con otro estudiante que yo no conocía. Cerca de la puerta un grupo de cinco o seis muchachas estaba en plena conversación. «¡Oye!, Pedro. Ven a intercambiar chistes con nosotras. ¡Je, je, je!», me dijo una de ellas. Claro, contando chistes yo sí tenía éxito y era un buen truco para conocer nuevas amigas. «Ahora vuelvo», les contesté.

Karina miró por todas partes sin encontrar su libro y luego me dijo: «¿Será que me lo robaron?». «Si no hubo violencia ni intimidación, no hubo robo. En tu caso podría tratarse de hurto que tiene menos gravedad desde el punto de vista del derecho. Es posible que lo hayas perdido y alguien te lo entregue o lo deje en la biblioteca», expliqué. «¡Tú y tu terminología de leguleyo. Para mí es igual. No tengo el libro ahora y lo necesito para el examen. ¡Maldita sea! Me tocará pedir prestado uno en la biblioteca», exclamó. La dejé ir sola a preguntar al responsable de la cafetería y la vi acercarse a Emilio que estaba muy concentrado en sus jaques y mates.

Me uní al grupo de amigas de las cuales en realidad solo conocía a dos. «Pedro, échate uno de esos chistes de pastusos que te sabes», dijo Beatriz. «A ver, ¿por qué los pastusos usan solamente la letra te en sus agendas de teléfono?», pregunté. Después de pocos intentos infructuosos de respuesta, les contesté: «Pues porque escriben teléfono de Antonio, teléfono de Joaquín, teléfono de Manuel, etc.». Cuando se calmaron las risas, añadí enseguida: «Se muere el marido de una pastusa y se acerca un amigo a la viuda y le dice: lo siento. Ella contesta: No, mejor déjalo acostado». También conté este: «dos pastusos vinieron a Bogotá a comprar un carro. Preciso compraron uno Volkswagen. Cuándo regresaban e iban por Cali, el carro se les apagó. Uno se bajó a revisar el motor y cuando abrió la parte de adelante, dijo: Oiga, nos robaron el motor. El otro abrió la parte de atrás y dijo: No, qué brutos, ¡si nos hemos venido en reversa!». Así pasamos un rato contando chistes yendo poco a poco a los más verdes, pues en el grupo había un par de muchachas muy divertidas que no se quedaban atrás y contaban unos más subidos de color.

Por fin cambiamos de tema para hablar de las clases, de los profes, de las próximas vacaciones y de los planes para el fin de semana. «¿Quieres ir con nosotras a una fiesta el sábado próximo?», preguntó Beatriz. «Pero solamente si llevas a tus amigos Alejandro y Emilio», dijo otra, muy descarada e interesadamente.

En esas quedamos. Me dieron las señas del lugar, una residencia de universitarios entre la universidad Javeriana y la clínica Marly, quedamos de llamarnos el sábado para darnos cita en un lugar cercano. Viendo la hora avanzada y la urgencia por adelantar la lectura de mis libros, decidí irme a almorzar a casa, ya que estaba claro que si me quedaba en la universidad no iba lograr a concentrarme. Ni siquiera me di cuenta cuando Emilio y Karina salieron de la cafetería. Ya tendría tiempo de llamarlos para proponerles el plan de rumba pactado.

08/11/09

Encuentro fantástico (2)

NV-IMP548.jpg«¡Afánate!, Ángela. Tenemos que irnos pitadas de aquí antes de que se den cuenta y nos cierren las puertas. Ricardo nos está esperando en su taxi en la esquina de la 19 cerca del Colombo-Americano. ¡Pilas, pilas!», me dijo discretamente Nancy cuando llegó con Gloria a buscarme a la plazoleta. Las tres compinches bajamos hacia la entrada principal de la universidad abriéndonos paso entre los estudiantes. Las escaleras del edificio de la biblioteca central y de la facultad de letras nos parecieron muchísimo más largas que al subirlas. Atravesamos el torniquete de la puerta principal y seguimos bajando hasta llegar a la estatua de la Pola. Nos quedaba media cuadra para llegar al carro que acababa de prender Ricardo al vernos venir desde lejos. Jadeantes de la carrera ya sentadas tratamos de recuperar la respiración y de contabilizar el botín. Cuatro libros cada una; no estaba mal para una primera vez. «Tranquilas, tranquilas que ya están a salvo», nos dijo Ricardo mientras nos reíamos de los nervios.

El taxi siguió en dirección de la Avenida Jiménez y giró por la carrera décima hacia el sur. A la altura de la calle décima nos bajamos las tres después de agradecer a Ricardo por su ayuda y de darle cita por la noche en un bar cercano. Nancy nos llevó por las calles llenas de vendedores ambulantes y de transeúntes hasta una librería conocida de libros viejos donde vendimos los de química, matemáticas, informática, sicología y literatura a buen precio sin que nos preguntaran por su origen. Solo yo no quise vender el de topología que le había hurtado a Alejandro; lo guardaría como recuerdo o de pronto hasta me serviría de excusa para volver a encontrarme con él. Repartimos el total de la venta en cuatro partes iguales; Nancy le entregaría a Ricardo, que era su novio, una de ellas. Nos despedimos prometiéndonos planear otra operación similar en alguna otra universidad bogotana. Me disculpé de no poder acompañarlas esa noche pues tenía que entrar temprano a casa a ayudar a mi tía en algo.

En realidad no me sentía muy bien después de esa aventura. No entendía por qué había aceptado y me había dejado convencer de mis amigas. Me habían dicho que esos jóvenes eran hijos de papi y que hurtarles los libros era como quitarle un pelo a un gato, mientras que a nosotras, tan necesitadas, el dinero recuperado nos serviría mucho más. Que en los Andes diríamos que éramos de la Javeriana, en la Javeriana que éramos de la Tadeo, en la Tadeo que éramos de los Andes y así sucesivamente, pero que no iríamos a la Nacional o a otras universidades más populares pues allá los estudiantes no eran nada ricos y sería un pecado quitarles lo poco que tenían.

Yo trabajaba en una zapatería de mi barrio, el Restrepo, pero ese día tenía libre, me había vestido muy bien para pasar desapercibida en medio de los estudiantes. Las tres trabajábamos cerca. Nancy que era la más pilla vivía en el barrio Egipto y Gloria, en Fontibón. Yo había quedado huérfana muy pequeña y fue Mercedes, la mejor amiga de mi mamá, que en cierta forma me adoptó, ocupándose de mí como si fuera su propia hija.

En el trayecto, el bus se iba transformando a medida que la gente subía y bajaba, pues si alguien viajando de norte a sur, de un extremo al otro de la línea, hubiera visto desfilar a lo largo de la interminable avenida Caracas casi todas las clases sociales del país en esa ciudad cosmopolita. La única constante hubiera sido la música de la radio que indefectiblemente estaría sintonizada en una sola emisora bulliciosa según los gustos particulares del conductor probablemente amante de rancheras mexicanas, vallenatos costeños, tangos argentinos o música de carrilera o de cantina.

En ese trayecto, estuve reflexionando sobre mi vida y sobre el encuentro tan extraño que había tenido con ese doble masculino que me dejó súper impresionada. ¿Cómo era posible que dos personas que no tenían nada que ver entre sí se parecieran tanto? Tendría que hablar con mi tía Mercedes al respecto. Me bajé en la calle 27 sur y me dirigí a casa pasando cerca de la iglesia del Divino Niño Jesús. Al llegar una mujer negra me abrió la puerta: era la tía Mercedes.

01/11/09

Encuentro fantástico (1)

NV-IMP544.jpgEstaba en la biblioteca central de la universidad estudiando para el examen de topología. Mi amiga Karina llegó en ese momento y me dijo: acabo de ver a tu hermana. «¿Cuál hermana? Ninguna de mis hermanas estudia en esta universidad», contesté. «Pues está aquí arriba en la plazoleta hablando en un corrillo. Si quieres puedes ir a verla. Es idéntica a ti», contestó. Me pareció muy curioso. Soy tan imaginativo que empecé a pensar cosas raras. ¿Tendría yo una hermana gemela sin saberlo? ¿Tendría uno de mis padres una hija sin que yo lo supiera? ¿Qué tal que fuera un ser fantástico y que al encontrarla nos destruyéramos mutuamente como materia y antimateria o nos transmutáramos cada uno en el cuerpo del otro, yo en mujer y ella en hombre? «Ven. Acompáñame. Quiero verla con mis propios ojos”, propuse. «No, ve tú solo. Tengo que estudiar para el examen de psicología», contestó. No pude resistir a mi curiosidad, recogí mis libros y cuadernos, me despedí y me fui a buscar a mi doble femenino.

Eran como las 11 de la mañana. Mucha gente caminaba de un edificio al otro cambiando de clase, entrando o saliendo de la universidad. Al salir de la biblioteca, giré a la izquierda, subí unos pocos peldaños y me dirigí por el camino que pasa frente al Departamento de Matemáticas buscando la plazoleta de ingeniería hacia arriba. Antes de llegar a las escaleras me encontré con Pedro que tenía un paquete de libros en su mano izquierda, el primero de los cuales tenía como título El Idiota de Dostoievsky. Desde lejos parecía un letrero indicando quién estaba ahí de pie. Me pareció gracioso hacerle una broma tonta. «¿Estás leyendo una autobiografía?”, pregunté. «Sí, una autobiografía de tu padre, pendejo. ¡Oye!, Alejandro, allá arriba está tu hermana con un grupo de amigas”, contestó. «Precisamente voy a encontrarme con ella”, refunfuñé enfadado. Subí por la escalera hasta llegar a la plazoleta. El día estaba soleado. Muchos estudiantes estaban sentados en escalinatas o en los prados alrededor. Junto al puesto de venta de bebidas y brownies, había más grupos de jóvenes conversando o esperando turno. Empecé a buscar a mi doble sin éxito. Escuché que a mi lado que decían: «¡Oye!, Ángela. Parece que tu hermano te está buscando». Giré hacia atrás y me encontré con una joven de mi edad de pelo negro largo y con bucles, ojos cafés y piel blanca como la mía. Parecía una foto de mi madre cuando joven. No supe qué hacer. Me quedé como embobado mirándola. Ella dejó de hablar con sus amigas y me volteó a mirar. Le vi, cómo si fuera en un espejo, la misma cara de sorpresa que creo que yo tenía. «Hola. Me llamo Alejandro. Te estaba buscando. ¿Podemos hablar?», le dije finalmente. Sus amigas le dijeron que volvían por ella a la plazoleta dentro de un cuarto de hora pues tenían que ir a no sé qué facultad por unos papeles. Nos sentamos en las escalinatas de la plazoleta en un lugar apartado. Nos hizo bien estar sentados. «Nunca te había visto en los Andes. ¿En qué facultad estás?», pregunté. «No, en realidad estudio en la Javeriana y vine solamente a acompañar a mis amigas que necesitan información sobre los trámites para cambiar de universidad», me contestó con un acento costeño que me agradó. «Me dijeron que mi hermana estaba aquí y resulta que eres tú a quien encuentro. Tienen razón, pues nos parecemos mucho. ¡Ja, ja! Cuando se lo cuente a mis padres no lo van a creer», expliqué. El cuarto de hora pasó muy rápido. Apenas pudimos contarnos de dónde éramos, de dónde eran nuestros padres, en qué ciudades habíamos vivido sin encontrar nada que explicara ese parecido tan impresionante. Al final me dijo que había estado pensando en cortarse el pelo y que ahora viéndome a mí ya tenía una idea de cómo se vería con el pelo corto. Nos reímos. Sus amigas volvieron como lo habían prometido y al despedirnos le di mi número telefónico para que nos volvieran a encontrar y conociéramos nuestras familias respectivas.

25/10/09

Mala pata

NV-IMP537.jpgLas maletas estaban casi listas para el viaje. Las vacaciones serían en Cartagena de Indias, ciudad de la que les habían hablado maravillas. Carlos y Sara terminaban los preparativos en París. Un amigo les había aconsejado llevar dólares o euros en efectivo para obtener una mejor tasa de cambio. «¿Sacaste el dinero del banco?», preguntó por teléfono Carlos. «Sí, pero me da miedo andar con tanta plata. Cuando salía de la estación de metro Gambetta le robaron la cartera a una señora que iba dos metros delante de mí. ¡Qué susto! Me temblaban las piernas sabiendo que yo tenía la mía llena de euros en efectivo. Me contaron que hace poco asaltaron de noche a una colega enfermera que salía para su casa no muy lejos de la alcaldía del distrito XX. Ven por mí esta noche, por favor. Salgo a las diez», contestó Sara.

Carlos pasó en la tarde a la agencia de viajes a recoger los pasajes y las reservaciones de hoteles y visitas turísticas. Saldrían al día siguiente a las once de la mañana haciendo una escala en Madrid y otra en Bogotá en un vuelo ida y vuelta que les había costado menos de 1200 euros por persona.

Regresó a su oficina de seguros para terminar unos contratos y escribir algunas cartas mientras llegaba la hora de ir a buscar a su mujer. Su asociado se iba a ocupar de la agencia durante su ausencia. Afortunadamente el mes de noviembre era generalmente tranquilo.

Sara salió a la hora prevista del Hospital Tenon donde trabajaba como instrumentista. Carlos la esperaba afuera fumando un cigarrillo para calentarse los pulmones en esa noche fría. Se dieron un beso. Ella lo tomó del brazo y del mismo lado apretó debajo del sobaco el paquete de dinero. «¿Dónde dejaste el carro?, Carlitos», preguntó. «No había lugar en esta calle y me tocó dejarlo en la Rue des Gatines cerca de la policía», contestó.

No le gustó tener que caminar ese trecho de noche hasta el carro a pesar de que estuviera acompañada por su hombre corpulento. «Ahora sí te puedo contar en detalle lo que le pasó a Geneviève. Salió del turno de noche hace como una semana. Tomó por esta misma calle a pasos rápidos hacia la estación del metro. No había nadie fuera de una señora que paseaba su caniche. Como puedes ver, las calles no están bien iluminadas. Vio a una pareja que se dirigía hacia ella. No les puso cuidado cuando se cruzaron, pero al cabo de unos metros se dio cuenta de que habían dado media vuelta y ahora caminaban detrás de ella. Geneviève sintió su presencia y cambió de acera. Ellos también. Empezó a caminar más rápido. Ellos también. Empezó a trotar. Ellos igual. Se acordó de la estación de policía y corrió hacia la Rue des Gatines. Ellos corrieron más rápido y la alcanzaron antes de que llegara al cruce con la Rue des Pyrénées, la acorralaron y arrinconaron contra un muro, rápidamente le arrancaron la cartera, le dieron una bofetada, la amenazaron de hacerle daño si los seguía y se escaparon corriendo por la misma calle en dirección del hospital. Geneviève no pudo ni siquiera gritar. Llegó a la policía y denunció el robo. Le contaron que no era la primera persona que venía a verlos por el mismo motivo en esos días. Que iban a terminar atrapando a esos bribones», explicó Sara mientras llegaban a la Avenue Gambetta y tomaban la Rue des Gatines.

Fue en ese momento que sintieron unos pasos que los seguían y que se dieron cuenta de que no se habían cruzado con nadie desde el hospital. «¡Qué barrio tan extraño!», comentó Carlos. Sara miró hacia atrás y vio a dos personas que venían detrás pero una por cada acera como si estuvieran de acuerdo. Eran grandes y fornidos. «Caminemos más despacio y dejémoslos que pasen delante de nosotros», propuso Sara. Sin estar muy convencido pero con tal de tranquilizar a su mujer, Carlos empezó a caminar despacio. El hombre que venía detrás disminuyó también el paso. Carlos y Sara se detuvieron junto a un árbol a esperar a que el hombre se decidiera a continuar. Así lo hizo. Descansaron al verlo continuar delante de ellos y volvieron a caminar tranquilos convencidos de que era una falsa alarma. El ruido de los pasos de los cuatro peatones resonaba en la noche con un ritmo rápido, como si fueran a perder el último metro y tuvieran que apresurarse. Estaban a pocos pasos de la puerta de entrada de la estación de policía, cuando Sara se detuvo en seco. «¡Hombre! Con tanta prisa y nervios se me olvidó la cartera en mi oficina. Tenemos que devolvernos», dijo Sara. «¡Tú y tu cabeza! Como si tuviéramos tiempo qué perder», contestó Carlos de mal genio. Dieron media vuelta hacia el hospital dejando a sus dos acompañantes fortuitos seguir su camino por la calle desierta.

No se dieron cuenta de que el hombre que iba apresurado por la misma acera entró a la estación de policía y a los pocos segundos salió acompañado de dos agentes en uniforme en búsqueda de Carlos y Sara. A la altura de la Avenue Gambetta los interceptaron y los llevaron a la estación de policía. El hombre de civil resultó ser un policía que investigaba el caso de los robos y que al ver el comportamiento sospechoso de la pareja quería verificar si no eran ellos los asaltantes que tenían el barrio en jaque.

Sara no tenía su cartera ni papeles de identificación. Por descuido Carlos había dejado en el trabajo su cartera junto con los pasajes y reservaciones. El paquete de euros les pareció demasiado sospechoso en esas circunstancias a los policías. Las horas que iban a seguir durante el interrogatorio de la pareja, que por tener acento extranjero y caras nada típicamente francesas, iban a ser largas y difíciles. Si la mala pata continuaba, perderían el vuelo y el comienzo de sus vacaciones.

08:00 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (1) | Email esto | Tags: ficción, suerte

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