Ok

By continuing your visit to this site, you accept the use of cookies. These ensure the smooth running of our services. Learn more.

viernes, 13 julio 2018

Gota a gota

ficción, prestamistasEl joven llegó en motocicleta, llamó a la puerta y preguntó por James. Llevaba el casco sobre la cabeza como si fuera un sombrero. Vi perfectamente su rostro serio, con ojos negros y tal vez un bigote o una barba de unos pocos días. «¿Quién será este tipo que nunca antes había visto», con seguridad lo habrá pensado. Su ropa oscura con algunos toques de verde fluorescente estaba polvorienta y seguramente olía a sudor. No era de extrañar pues las calles de Santa Rosa no están pavimentadas. En ese momento, la ruidosa música latina salía de muchas tiendas. Él estaba hablando con otra persona por un teléfono celular al mismo tiempo. «Si hubiera menos ruido, entendería mejor a toda esta gente de mierda», imaginé que se quejaba. Cuando le dije que James no estaba allí, vi en su cara morena que estaba muy enojado. «Es la segunda vez que James me toma del pelo; dígale que no le perdonaré una tercera», podría haberme gritado. Me explicó sin modales que venía a cobrar cada ocho días y que no era correcto que James no cumpliera el trato. Otro joven con un casco similar, pero vestido de rojo, lo acompañaba. Este tenía un cuaderno y un bolígrafo en la mano. Eran como tantos otros pobres diablos que por mala suerte habían nacido aquí, en una familia pobre con padres irresponsables que los empujaron a ganarse la vida como fuera con tal de volver con unos pesos cada día; ahora lograban recoger muchísimos miles de pesos. Estaban atrapados en el engranaje del negocio sucio y no había manera de escapar con vida de él. Se miraron mutuamente como comunicándose por telepatía. "Volveremos", me espetó, y no me habría sorprendido haber visto un arma en su cinturón.

12:46 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, prestamistas

lunes, 09 abril 2018

Bailando tarantela con una tarántula


Me habían dicho que la tarantela es un baile popular del sur de Italia, de origen napolitano que tiene un movimiento muy vivo, acompañado de canto. Popularmente se suele decir que viene de la tarántula, una araña común en la región mediterránea. Durante la Edad Media, en algunas partes del sur de Italia se creía que bailar el solo de la tarantela imitando el acto de espantar a la misma curaba un tipo de locura supuestamente producida por la picadura de la mayor araña europea, la llamada araña lobo o tarántula, y también se cree que se simula la técnica de apareamiento de la tarántula.

Por eso cuando me picó una tarántula lo primero que hice, en vez de ir al hospital, fue ir a bailar la tarantela. Ya la picadura me estaba enloqueciendo pues los bailarines tomaron forma de araña y brincaban alrededor mío como para comerme. Yo trataba de imitarlos con sus saltos y giros. En ese momento me di cuenta de que me estaba saliendo mucho vello en mi cuerpo y en pocos minutos estaba cubierto de barba y pelo largo. De tanto brincar en vez de dos brazos y dos piernas parecía que yo tuviera ocho patas. La bailarina más hermosa se acercaba brincando para cortejarme. Lo malo es que mi locura fue tal que me vi enredado en su telaraña y no puedo moverme de aquí pegado a sus hilos. Ahora todas las arañas bailarinas se están acercando para comerme de verdad. ¿Qué puedo hacer yo?

 

21:58 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: baile, animales

sábado, 17 marzo 2018

Novichock

NV-IMP1000.jpgUna joven está tomando notas en su cuadernillo aparentemente sobre todo lo que ve a su alrededor mientras toma un café en una cafetería. Es de piel negra, tiene el pelo agarrado en cola de caballo, lleva un buzo blanco de lana no muy grueso. A su alrededor se ve una joven de rasgos asiáticos que podría ser vietnamita, japonesa, coreana o china. Está escribiendo en su computador portátil. Usa un ratón. Está muy concentrada en su pantalla. Por la ventana se ve la circulación de automóviles y un bus rojo de dos pisos. Quizás está escribiendo un informe o una presentación. En otra mesa dos hombres charlan; uno de ellos tiene un buzo azul claro. En otra mesa dos mujeres hablan sobre unas fotografías que están en un clasificador. Parecen ser fotos de moda o de vestidos para empleados. Las dos llevan unos anillos metálicos grandes en varios dedos. Las mesas son de color café con leche. El lugar se ve tranquilo. Por las calles circula mucha gente. Parece ser un día de trabajo en invierno o final del otoño. La gente está bien abrigada, con abrigos y gorros; algunos llevan maletines de viaje. Unos esperan el autobús charlando, consultando el teléfono o leyendo el periódico The Guardian. Otros viajan en él. Hay un hombre barbudo, rubio, en vestido de camuflaje militar. Un pasajero habla por teléfono. Un hombre de sombrero negro, bufanda roja y chaqueta de esquí azul que esperaba en la parada de autobús con una gran bolsa de compras se sube al bus. Los buses son rojos. Parecen estar en Londres. La joven revisa sus notas, para de escribir, cierra el cuadernillo, pone las llaves sobre él y termina de tomar su café en un vaso blanco de poliestireno expandido. No se oyen voces, solo música. No hay olores pues son videocámaras públicas que los servicios secretos rusos observan desde Moscú. El novichock, un gas nervioso o agente nervioso compuesto orgánico químico que contiene ácido fosfórico (organofosfatos) capaz de colapsar el mecanismo mediante el cual el sistema nervioso envía mensajes a los órganos del cuerpo, va a salir en un instante de las alcantarillas de la ciudad y muchos habitantes van a morir uno a uno sin remedio. La primera guerra química mundial está por comenzar.