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martes, 24 diciembre 2013

Ajolote

microrrelato,ficción,cortázar,transmutacionesTeníamos cita en el Jardín de Plantas de París. Llegué demasiado temprano. Visité la exposición de esqueletos de ballenas y animales disecados. Me gustó ver la jirafa, el elefante y el tigre. En un rincón había una escultura de hipopótamo inmenso sobre la cual una joven leía periódicos. Otra muchacha que la cuidaba me explicó que era una obra de arte que solo existía cuando una de ellas estaba sentada encima leyendo. Se turnaban para que siempre hubiera una en escena. «Locos artistas», pensé. Con dificultad encontré el acuario donde me vería con Julio. Mientras llegaba me puse a admirar el monstruo acuático con nombre náhuatl mexicano. Animal extraño con rasgos casi humanos. Parecía que me miraba adivinando mi pensamiento. Vi mi reflejo en el vidrio. De repente vi a Julio mirándome fijamente afuera del acuario. Ahora estoy aquí nadando en medio de estos ajolotes esperando a que regrese. ¿Volverá?

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viernes, 20 diciembre 2013

My imagination… What else?

NV-IMP859.JPGCientos de veces he echado gasolina en esa estación sin haber sentido algo parecido. Era una fría mañana de invierno. La vi bajar de su carro cuatro por cuatro blanco delante de mí mientras me preparaba poniéndome bufanda, gorro y guantes para bajar a echarle gasolina al mío en el Grand-Saconnex, cerca de la Place de Carentec.

Nuestras miradas se cruzaron y alguna chispa eléctrica conectó nuestros cuerpos a distancia. Quizás solo fue un destello de su dirección a la mía, pero deseaba que fuera recíproca. Era bonita, de pelo negro, ojos oscuros, dentro de una falda blanca ajustada que resaltaba su silueta, con una alegre gorra roja de lana que cubría con elegancia y holgura su cabeza, tacones altos que le daban un porte de modelo a pesar de la poca gracia de tener una manguera de gasolina en la mano. Podía ser latina, italiana o norafricana. Era como si Mónica Belucci, Penélope Cruz o Beyoncé estuviera frente a mí, pero estábamos muy lejos para improvisar una conversación.

Terminamos al tiempo. Nos dirigimos a pagar. Ella llegó primero a la puerta y yo detrás feliz admirándola. En la caja la empleada atendía a otra mujer. A la izquierda en una mesa de bar tres hombres sentados charlaban tomando café.

Mi admirada en lugar de hacer cola se fue a escoger una bebida en un refrigerador a mi derecha. Esperé a que volviera sin quitarle el turno. Nos cruzamos de nuevo la mirada. Ella como diciendo siga usted y yo dándole el lugar que le correspondía. Me sonrió y se puso frente a mí cuando con mi mano y una sonrisa le señalé que le cedía el puesto.

Era un poco más alta que yo, aunque no sé si descalza lo sería tanto ya que sus zapatos de tacón eran muy altos. Su falda blanca ceñía unas nalgas provocativas y bellas. Una chaqueta de cuero de color marrón claro le cubría la espalda. A mi izquierda el grupo de hombres paró la conversación para admirarla, pero con risitas trataron de disimular su entusiasmo. Ella ni se inmutó.

Llegó su turno. Habló en francés sin acento particular. Claro que no estaba yo tan pegado como para darme cuenta de cada palabra que pronunciaba. Salió sin mirarme. Pagué sin prisa pensando que ya se iría para siempre de mi vida.

Cuando regresé a mi auto ella estaba encendiendo el suyo. Vi la placa de inmatriculación de la Alta Saboya con su número 74 característico. A esa hora de la mañana el tránsito estaba pesado. Al salir de la gasolinera todavía el carro de mi bella vecina esperaba el momento oportuno para entrar en la circulación. Lo hicimos uno tras otro cuando el semáforo pasó a rojo y nos dio un respiro. A partir de ese momento mi imaginación se disparó.

Aunque veía difícilmente su silueta desde atrás, me decía que podría estar mirándome por el retrovisor. Los tres semáforos que nos separaban de la Place des Nations me dieron tiempo de pensar que yo me bajaría de repente para proponerle a través de su ventanilla que fuéramos a tomar un café en el Hotel Intercontinental para conversar un rato. Sorprendida, después de mirar su reloj y ver que el tiempo podía esperar, aceptaría. Aplicándome al máximo trataría de cautivarla hablando sin escrúpulos mientras admiraba de reojo sus pechos generosos y su boca roja tentadora sin dejar de fijarla a los ojos. Tras media hora de charla habríamos decidido que el precio exorbitante del hotel de lujo no era óbice para subir a conocernos íntimamente a una habitación con vista al lago.

Otra posibilidad sería que al llegar a su ventanilla me daría cuenta de que en el asiento trasero un nene me miraba sorprendido y solo me quedaba la posibilidad de darle mi tarjeta de visita con la esperanza de que me llamara en pocos días.

Podría ver también que en la parte trasera de su campero llevaba un león enorme que me rugiría con furia o un perro dóberman que se pondría a ladrar y a mostrarme los colmillos.

La peor imagen fue ver a un matón sentado a su lado acechándome con furia, bajarse de inmediato para hacerme volver a mi carro a patadas y puñetazos.

De todas formas por más de que traté de ver una última vez sus ojos a través del retrovisor, no pasó nada.

Cuando nuestros caminos bifurcaron sin remedio me pregunté qué hubiera hecho mi esposa si en una estación de gasolina se encuentra con Georges Clooney, Brad Pit o Cristiano Ronaldo o alguien muy parecido. Mejor ni pensarlo.

domingo, 06 octubre 2013

El último

NV-IMP856.JPGEn un día frío, lluvioso y gris, como hoy, enterramos al último tininuya y con él a su idioma ancestral. Los dos se extinguieron el mismo día. Muy pocos fuimos al cementerio: las lingüistas especializadas en hablas en peligro de extinción que estudiaban su dialecto y yo que me ocupaba de recolectar sus memorias. Ellas eran las más tristes como los demostraban sus ojos rojos de tanto llorar. Yo me sentía traicionado.

El indígena vivía en una vieja casa de estilo colonial en un barrio antiguo pero que la frenética construcción de edificios residenciales estaba dejando sin rastro del pasado. Su casa se resistía sin oposición, mientras los gigantes de hormigón la desafiaban desde las alturas como si la fueran a pisotear en un descuido. El día en que murió los constructores se debieron de frotar las manos pensando en la torre que construirían en su última residencia.

El solar debió de ser un cementerio indígena por los huesos y las armas que encontraron enterradas el día que tumbó un árbol de aguacate y plantó unos guayabos. Había tantos cuartos como para alojar a una familia de diez hijos con sus tías, primos y abuelos además de los empleados. Un caserón donde terminó viviendo solo el indio.

Las lingüistas investigadoras de la universidad lo visitaban a menudo para grabar sus sonidos extraños con varios tipos de ka y muchas variantes guturales. Decían que el sonido fluía suavemente como el ruido del agua en los arroyos de montaña. No sabían muy bien cómo clasificarla en la lista de otras lenguas ancestrales en peligro: achagua, andoke, bora, cabiyarí, carijona, chimila, cocama, coreguaje, hitnu, miraña, muinane, nukak, ocaina, pisamira, sáliba, siona y totoró.

El hombre era un seductor que, aunque de apariencia para mí nada especial, lograba enamorar a las mujeres como por embrujo. Una tras otra iban cayendo en sus redes, pero a él lo que le interesaba era la fase de enamoramiento y conquista. Cuando llegaba a su fin, perdía el interés y se aburría. Era un solterón incorregible e irrecuperable. Cuando una de sus novias me contó su historia en una fiesta en el laboratorio, quise conocerlo y escribir su biografía para mis trabajos de antropología y etnología.

No fue nada fácil ganar su confianza para sacarle confidencias. Con ellas al contrario era muy locuaz. Había llegado muy niño a la ciudad. En ese entonces era un pueblo grande. Llegó con su madre y abuela que trabajaban en la casona vieja. La abuela solo hablaba tininuya, su madre hablaba español con dificultad, él siempre habló con ellas el idioma materno. Los patrones le dieron educación básica en la escuela pública donde aprendió a leer, escribir y contar. Era el hombre que hacía de todo en la casa. Había nacido en un lugar recóndito en la montaña cerca de donde los dueños de la casa tenían una finca en tierra fría. El pueblo tininuya ya estaba en peligro de desaparecer por el avance y absorción de la sociedad civilizada. Ya no podían resistir más.

Los alrededores de lo que ahora era un barrio residencial moderno, en esa época, eran una sola hacienda con mucho terreno agrícola. La casa era el centro con sus caballerizas y cocinas de leña y carbón. Los patrones eran descendientes de emigrantes piamonteses. Cuando la finca se parceló y comenzó a convertirse en barrio, los viejos repartieron los lotes como herencia para sus hijos, pero dejaron la casa vieja para el indio que habían visto crecer como si fuera un propio hijo y que nunca los dejó, ni siquiera cuando murieron su madre y su abuela.

Yo que tampoco quiero que se extinga la escritura manuscrita, iba los fines de semana con mis cuadernos para tomar nota de mis entrevistas con el indio tininuya. Tomábamos café, chocolate o aguardiente, según el humor del día, en el patio de la casa donde una jaula enorme encerraba pajaritos, loros y pericos multicolores tropicales con orquídeas y plantas exóticas. Al cabo de un tiempo empecé a dejar mis cuadernos en la casa para no tener que transportarlos de mi casa a la suya. Me dije que sería más práctico para consultar o corregir algún pasaje y que llegado el momento de ordenarlos, pasarlos a limpio y preparar el libro me los llevaría a casa.

Nunca supe exactamente qué edad tenía. Le calculo entre sesenta y setenta. Ni él mismo lo sabía. La víspera de su muerte, me dijo que iba a leer mis notas para decirme si valía la pena hacer algo con ellas. Esa semana no había querido recibir a las lingüistas. La sorpresa fue muy grande cuando, después de intentar verlo varias veces y viendo que él no nos abría, forzamos la puerta con ayuda de la policía y lo encontramos muerto. Se había suicidado y además había quemado todas mis notas. ¿Qué le habría disgustado de mi recopilación? ¿Qué lo empujó a terminar con sus días?

El día de su entierro llovía muy fuerte. Parecía que el cielo lloraba con las lingüistas la pérdida del hombre y su idioma. Ese día decidí no escribir nada sobre él, pero cada vez que llueve así, no puedo evitar recordarlo.