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lunes, 22 diciembre 2014

Pedrito y Papá Noel

NV-IMP886.jpgLos padres de Pedrito se sentían impotentes. No sabían cómo averiguar lo que el niño de ocho años había pedido a Papá Noel. Cuando lo invitaron a escribir la carta, contestó que ya la había enviado por el buzón del correo camino de su escuela. Estaba aburrido de que sus compañeritos se burlaran de él por creer en Papá Noel y había decidido pedirle algo muy diferente en secreto.

En realidad nunca había recibido exactamente lo que pedía. Nunca eran como los juguetes soñados. Una vez le trajo un saco de paño que no había pedido y que días atrás una tía se lo había medido en un almacén disimuladamente. Él lo reconoció pero todos le aseguraron que este sí era de Papá Noel. Pedrito esperaba impaciente. El cuento de que había escrito y enviado la carta era mentira, pero no importaba.

El día esperado había un regalo bajo el árbol de Navidad con una carta; los dos de Papá Noel. Decía que como no había entendido bien la letra, había tratado de adivinar el regalo, que ojalá le gustara, que Papá Noel no era mentira sino una forma de decirle cómo lo querían sus padres y que le serviría para desarrollar la imaginación para la vida adulta.

Pedrito reconoció de inmediato la escritura de su madre y la máscara de monstruo que le había gustado tanto unas semanas atrás pero que su padre no había querido comprarle. Pedrito había pedido mentalmente al Papá Noel que le enviara una prueba tangible de si existía o no. Como vio que su deseo se había cumplido, ahora estaba seguro de que Papá Noel SÍ existía.

15:46 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: navidad, cartas, infancia

viernes, 14 noviembre 2014

Redes sociales

NV-IMP883.jpg¡Cómo no se le había ocurrido antes! Seguro que iba a conseguir lectores por montón. Crearía varias cuentas con seudónimo en las redes sociales. Se inscribiría en todos los grupos literarios existentes. De manera sistemática escribiría notas en cada uno de ellos hablando bien de su novela, tratando de conseguir que los demás miembros fueran a leer la página web donde se vendía, haciéndose amigo de cuantas personas fuera posible en especial escritores, editores, traductores, periodistas, libreros, críticos literarios. Así al poco tiempo tendría miles de ciberamigos y sería miembro de miles de grupos de interés literario. Vendería tantos libros que se volvería rico. Para atraer más seudoamigos, comentaría elogiosamente todo lo que los demás pusieran en la web aunque no leyera nada.

Se sintió más solo que nunca en medio de miles de personas que probaban las mismas estrategias. Era como si estuviera en una inmensa plaza pública llena de gente donde cada individuo estuviera gritando a los cuatro vientos lo bueno que era sin que nadie se enterara. Como si estuviera charlando con alguien pero que esa persona no le pusiera cuidado y más bien hablara al mismo tiempo. La avalancha de mensajes hacía inaudible la información. Además no le quedaba tiempo para nada más. Se dio cuenta de que era ilusorio tratar de darse a conocer, que no tenía sentido, que era mejor volver al anonimato del que nunca había salido y nunca intentaría salir.

Decidió desconectarse del ciberespacio para siempre. Volvió a escribir en secreto como siempre sin que nadie lo leyera. Seguro de que sus textos eran intrascendentes e idénticos a miles de textos que otros clones escribían automáticamente, destruía cada escrito, cada cuento, cada novela apenas los terminaba sin releerlos ni corregirlos. Seguro de que escribía siempre lo mismo o sobre temas recurrentes, decidió tratar el mismo cuento desde todos los puntos de vista imaginables, como esos pintores que pintan el mismo cuadro con diferentes colores y sombras, pero siempre el mismo. Así vivió feliz en su laberinto sin llegar a encontrar ni vencer al minotauro de la escritura. Y colorín colorado este escritor frustrado terminó acabado.

23:03 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (2) | Tags: ficción, escritura, anonimato

domingo, 07 septiembre 2014

Microrrelatos

  1. ficción, microrrelatoTres minutos en brazos de un desconocido, sintiendo pecho contra pecho, mejilla contra mejilla y la respiración en el oído, dejándose llevar con los ojos cerrados, olvidados del mundo. Cuerpos en equilibrio, espíritus vagabundos. Un piano, unos violines, un bandoneón y una voz de terciopelo arrullando remolinos en el aire con los efluvios de la milonga. La eternidad concentrada en un tango.
  2. Estaba furiosa con el imán de la mezquita vecina a su casa porque predicaba barbaridades sobre las mujeres. Le oyó decir que las que no usaran velo irían al Yahannam, el infierno musulmán, donde serían colgadas de los cabellos, las que le contestaran mal a sus maridos serían colgadas de la lengua, las que no cubrieran su cuerpo serían colgadas de los senos y así sucesivamente por cualquier motivo absurdo. Decidió sublevarse saliendo a la calle muy bien pintada, con el cabello suelto, mirando lascivamente a los ojos a todos los hombres y andando desnuda para sentir sus senos al aire libre y el frotamiento de la piel sobre la piel. Así lo hizo, pero nadie se dio cuenta ya que se cubrió con un amplio burka negro de la cabeza a los pies que ni siquiera dejaba ver sus ojos. Lo disfruto imaginando que ese hiyab era transparente y ella, Lady Godiva.
  3. Julia quería leer microrrelatos pero no los encontraba o los que veía no le parecían merecer ese título. Lo que buscaba era el relato contundente que le quedara grabado en la cabeza durante varios días. Fue en ese instante que sintió la frase asesina que le envió Eva a la cabeza. Y colorín colorado esa herida superficial no ha sangrado.
  4. - ¿Supiste lo que pasó en Ucrania? - No, pero ni me lo cuentes que no me interesan todas esas guerras inútiles y lejanas. No creo que haya habido ni un minuto de paz absoluta en este planeta. Muerte por doquier: Siria, Palestina, Ucrania, Colombia, Malí, Iraq, Nigeria, Somalia… No puedo hacer nada contra ello. Me son indiferentes. ¡Que se maten todos! Ni me inmutan. - Bueno, era solo para contarte que un misil derribó un avión malasio con 298 pasajeros en Ucrania. Todos murieron. Uno de ellos es tu hermano.
  5. Pasaría cuatro años de juicio antes de repetir esa locura. Cuando por fin terminó el Mundial de Fútbol, después de festejar durante dos días la victoria alemana, decidió volver a casa. Abrió la puerta. Sintió un silencio, un frío y un vacío extraños e inexplicables. Nadie contestó a sus llamados. En la puerta del refrigerador había un mensaje explicativo: no me busques, me voy para siempre con tu rival, mi mejor amante.
  6. Cada vez que parábamos en un semáforo, ella aprovechaba para mirarse al espejo, arreglarse el peinado, acariciarse el cuello o maquillarse. Yo la miraba de reojo en silencio. No hablábamos. Disfruté de esos instantes hasta que en algún cruce nuestros caminos bifurcaron y no la vi más en mi retrovisor.
  7. Recuerdo que hacía frío pues tenía puesta mi gruesa chaqueta de invierno. Terminé de poner gasolina a mi carro y entré a pagar la cuenta. La pulposa morena que me atendió estaba de buen humor. Yo andaba distraído. Me hizo aterrizar preguntándome coqueta: ¿me lleva a esquiar? En un segundo me imaginé todo un fin de semana con ella en la montaña. «Claro que sí», le contesté. Soltó una carcajada, pagué y me fui a casa. No había sido en serio.
  8. Cuando me avisó sin preámbulos que me iba a abandonar, me tomó por sorpresa. Vivíamos juntos desde hacía tanto tiempo que parecía natural seguir así para siempre. Es cierto que lo he hecho sufrir con todos mis excesos sin oírle la mínima protesta. El que calla otorga, supongo. ¡Bah! Me he hecho a la idea. Ahora estoy viendo cómo reemplazarlo. Tengo que ser paciente pues mi cardiólogo me dice que la lista de espera es larga para los trasplantes de corazón.
  9. Uno de los mensajes electrónicos más extraños y enigmáticos que he recibido en la vida me llego hace varios años. El remitente tenía un nombre que me pareció conocido. Me decía: ¿Eres el mismo Nelson que vivió de niño en el barrio Interlaken de Ibagué en la calle donde había dos palmeras y tenías un hermano llamado Camilo? Yo era vecino de ustedes y a menudo jugábamos juntos. Le contesté: Claro que sí. Recuerdo a tu hermano y a tus padres, pero a mí me contaron que tú habías muerto en un accidente aéreo. Nunca me llegó su respuesta.
  10. Acabo de regresar del cementerio donde la enterramos rodeada de un muy reducido grupo de amigos y familiares. En estos últimos años la veía muy poco. De pronto aparecía regresando de un viaje o preparando el siguiente. Todos creíamos que llevaba una vida normal de aventurera. Claro que desde su tercer divorcio su comportamiento empezó a cambiar lentamente. Vi su evolución por saltos cada cinco o diez años. Su vida parecía una montaña rusa social con sus altos y bajos. A veces la encontraba rica y exitosa, en otras estaba muy pobre y deprimida víctima de la suerte aleatoria que le había tocado o que había buscado. Sin que nadie lo supiera su casa se había convertido en una verdadera leonera llena de objetos inútiles acumulados durante años, en un desorden indescriptible y totalmente insalubre. Fuera de casa parecía una persona común y corriente. Supimos demasiado tarde que sufría del síndrome del acaparador compulsivo que le ocasionó la muerte pues un incendio accidental arrasó con todos sus recuerdos y las cosas que no se atrevía a tirar a la basura. De polvo eres y en polvo te convertirás, dice su epitafio.
  11. Llevaban varios meses en amoríos virtuales por la Internet. Sus fantasías sexuales tendrían que realizarse irremediablemente algún día. Ella tomó la iniciativa fijando la cita en un bar del centro para convertir el cibernoviazgo en realidad. ¡Ya estaba bien de tanto mensaje escrito! Su cuerpo le pedía besos reales, tomarse de las manos de su ciberpríncipe azul para mirarse a los ojos profundamente enamorada. Las señas supergastadas de la flor en la solapa y del sombrero de plumas fueron eficaces. Se reconocieron a pesar de no coincidir sus rostros con las fotos falsas que habían puesto en el perfil de Facebook. Se dieron cuenta de que a pesar de que, ante los ojos de cualquiera, eran una pareja de cibernovios muy feos, ellos se habían conocido primero por dentro y sus interiores eran muchísimo mejor que las apariencias superficiales engañosas.
  12. ¡Ah!, la juventud. Estaba con mi esposa esperando unos kebabs en un puesto callejero frente a una estación de gasolina. El vendedor y dos clientes o amigos más que lo acompañaban éramos los únicos cerca de la cocina ambulante. Me parece que ninguno de los tres tenía más de 25 años. En eso se oyó un ruido muy fuerte al otro lado de la calle, en la gasolinera. Al mismo tiempo una joven de unos 18 años se bajaba de su auto llamando por teléfono. El ventero exclamó: se le pinchó un neumático. Sus dos compañeros volaron a socorrer a la muchacha. Mientras la ayudaban a cambiar la rueda, nos reíamos pensando que si el accidentado hubiera sido una mujer mucho mayor o un hombre de cualquier edad no se hubieran molestado en ir a ayudar.

10:27 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, microrrelato