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domingo, 09 septiembre 2012

El tictac clandestino

NV-IMP818.JPGEn un país lejano, aunque menos lejano que antes gracias a los avances de las telecomunicaciones, vivía hace mucho tiempo un  rey poderoso y tiránico que se aburría en su palacio de oro. Estaba muy molesto de oprimir de la misma forma a su pueblo y furioso de no encontrar nada nuevo para ocuparse y distraerlos. Solo le llegaban de boca de sus espías los lamentos y quejas de lo largo que era su reino, de lo demorados que eran los trámites burocráticos en la administración real, de lo lento que pasaba el tiempo o al contrario del tiempo que no alcanzaba para hacer todo lo que él ordenaba.

La buena idea le llegó de repente: decidió prohibir contar el tiempo para despistar a la oposición y entretener otra vez a su pueblo con peleas estériles.

El rey a pesar de su delirio había ordenado que a nadie en su reino le faltara lo mínimo para vivir, comida y techo, aunque mando a esterilizar a los paupérrimos que eran los que no conseguían ganar un mínimo legal. Así pensaba regular la población y mejorar el nivel de vida de todos.

Años antes había funcionado muy bien cambiar los apellidos de toda la población excepto los de su propia familia, renombrar las calles y poner patas arriba la nomenclatura de todas las ciudades y embarullar todos los libros de historia. Eso dio que hablar durante años y desorganizó al enemigo pero a pesar de todo las protestas y las intrigas volvieron a aparecer como antes.

La idea de detener el curso de las horas le llegó cuando supo que la gente se la pasaba hablando del tiempo, pero no solo del clima, sino de los minutos y segundos.

«¡Qué pérdida de tiempo! Si hubiera forma de abolir las horas, me liberaría de esas críticas y podría durar eternamente en el poder», pensó. Su mandato no terminaría pues su duración oficial no se podría cumplir, los jóvenes nunca llegarían a la mayoría de edad y los votantes se irían muriendo con el tiempo hasta que no quedara ninguno para ejercer la falsa monarquía constitucional. No habría necesidad de hacer más trampas. ¡Genial!

Los científicos se reunieron para tratar de convencerlo. Nombraron una comisión para que le explicara la necesidad de los relojes. Contestó que la naturaleza no tenía relojes y sin embargo funcionaba bien. «¿Cuándo se ha visto a las abejas consultar la hora para ponerse a trabajar?», les espetó. No puso cuidado explicaciones sobre relojes internos que llevarían los animales y las plantas y los mandó a ejecutar de inmediato al paredón.

Confiscó todos los cronómetros, despertadores y relojes de pulsera, detuvo y cubrió todos los horarios visibles en lugares públicos, silenció campanas y carrillones, derribó campanarios, amarró péndulos y vació relojes de arena y clepsidras. Decretó que las computadoras y procesadores electrónicos no debían dejar visibles fechas ni horas en los ficheros informáticos ni en las redes de telecomunicaciones aunque internamente no había más remedio que dejarlos contar los nanosegundos para que funcionaran con sus relojes internos. Eso sí, los calendarios, agendas y almanaques fueron quemados en las plazas públicas y se prohibió su publicación.

Así pensaba ser libre y liberar al mundo para que no pensara más en edades, aniversarios y cumpleaños, ni en cumplir planes o plazos, los transportes serían organizados por computador y automáticamente con horarios variables y aleatorios. La gente iría a trabajar según la luz del sol: más horas en verano y menos en invierno según la latitud de cada ciudad. La gente comería a la hora en que tuviera hambre y no cuando las manecillas del reloj lo decretaran.

Todas las emisiones de televisión y radio extranjeras estarían censuradas para que no llegaran a los oídos de la gente la hora o fecha de ningún país. Los correos electrónicos viajarían todos con la misma fecha y hora, la de la ley presidencial que mató el tiempo. Los sitios internet estaban infiltrados y todas las comunicaciones trucadas para que no se supiera la hora. Nadie llegaría temprano ni tarde a reuniones que solo se podrían organizar de improvisto. El dinero en los bancos no ganaría más intereses pues no habría forma de calcularla. Los ahorros saldrían a circular y a invertirse o gastarse sin límites.

Desde luego floreció un negocio clandestino muy lucrativo: ver un reloj en funcionamiento, escuchar su tictac y comprar minutos de tiempo para disfrutar de la noción del paso de las horas. Comprar un minuto y quedarse viendo las manecillas de un reloj dar vueltas sin parar era lo máximo.

Mientras tanto la gente se fue acostumbrando al nuevo ritmo de vida y terminó gustándole esa existencia sin apuros y sin planes para el futuro. Lo único que existía era el presente.

La oposición creyó que era el momento de darle la estocada final a la monarquía pues ese nuevo orden era el colmo. ¡El tiempo era de todos y no se podía confiscar! No fue fácil organizarse. Imprimieron miles de ejemplares de la obra El rey se muere de Ionesco. Esperaban que la gente tomara conciencia de su situación.

Cuando el rey se enteró de los planes, decidió atacarlos con sus mismas armas. Hizo representar la misma obra en todos los teatros e infiltró en el público actores que estaban a su favor y gritaban: ¡viva el rey y muera Cronos!

Inexorablemente, aunque los relojes no funcionaban, el tiempo terco siguió su marcha y el destino golpeó directo al pecho del soberano con un infarto fulminante que liberó al pueblo de su encierro en el presente. ¡Por fin volvieron a ser libres de la opresión del soberano pero prisioneros para siempre del tiempo tirano que no para!

11:00 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (3) | Tags: tiempo, tiranía, reloj

domingo, 05 agosto 2012

Milagros

NV-IMP814.JPGMe llamo Milagros, aunque mi padre quería llamarme Carmen por haber nacido en el día de su santo. Mi madre insistió en ponerme mi nombre porque precisamente había pedido a la Virgen de los Milagros que le concediera tener hijos pues parecía que fuera estéril. Al cabo del tiempo nací yo para alegría del hogar, seguida por mis siete hermanos.

No me gustaba ese nombre pero qué se le va a hacer. Tampoco me lo quiero cambiar. Resultó ser original y útil.

Cuando yo nací mi madre hizo una segunda promesa, esta vez al Sagrado Corazón, para pedir otro milagro. Resulta que su abuelo el coronel Protasio Pigoanza, héroe de la Guerra de los Mil Días y encargado de mediar con mucho éxito en Puerto Rico (Caquetá) entre los manifestantes de la crisis del caucho y el gobierno central, le confió un secreto en su lecho de muerte; era su nieta preferida. Le indicó que tenía escondido un tesoro de guerra, un cofre lleno de monedas de plata y oro, que se lo dejaba de herencia. Lo malo es que estiró la pata antes de explicarle dónde se hallaba exactamente.

Guardando el secreto, empezó a buscar por todas partes empezando por la finca donde había muerto el abuelo. Contrató a un radiestesista para que explorara todos los rincones. Fuera de descubrir una fuente de agua subterránea y una guaca indígena vacía, no logró nada.

Entonces mi madre reiteró la promesa comprometiéndose a llevarme a misa todos los domingos con el hábito de las carmelitas hasta que le llegara una indicación divina de dónde estaba el tesoro. El vestido era un hábito color, café de paño, con su capucha y cordón. Me tocaba ir descalza desde la casa atravesando el pueblo como si fuera a un suplicio.

¡Qué vergüenza! Era horroroso. No quería que mis amiguitos me vieran con ese disfraz. Me escondía para que no me vistieran así, pedía que fuéramos a la misa de seis de la mañana o escondía el hábito encima de los armarios o debajo de las camas pero siempre terminaban poniéndomelo.

Desesperada decidí deshacerme para siempre del bendito disfraz. Lo puse en un balde de aluminio, lo prendí con un fósforo, cerré la puerta de mi cuarto y me fui corriendo a jugar con mis amigas al parque. Como era una niña de ocho añitos, no tenía consciencia de las consecuencias de mis actos.

Al rato pasaron los bomberos y todo el pueblo se fue a mi casa para ayudar a apagar el gran incendio que yo había causado sin querer. La gente echaba agua en cuanto recipiente podía. Al cabo de tres horas de lucha por fin lograron apagarlo. La casa quedó destruida. Vivíamos como veinte personas en ella contando familia y sirvientes. De milagro no hubo muertos ni heridos.

En esa época no había las técnicas actuales para determinar la razón del siniestro. Nadie se imaginaba quién había podido comenzar esa catástrofe. Circularon todo tipo de rumores desde un corto circuito hasta un acto criminal de algún exempleado que se hubiera vengado por haber perdido el puesto o por envidias de la competencia comercial en el pueblo.

Menos mal que mi madre buscando recuperar de entre los escombros lo que pudiera servir, se topó con el famoso cofre de mi bisabuelo que nos salvó de la ruina y la pobreza.

Gracias a esa suerte milagrosa, la familia pudo disfrutar de una riqueza inimaginable y vivir en un palacete construido sobre las cenizas de la vieja casa. Eso sí, a nadie le he contado cómo comenzó el incendio. Para todos fue un verdadero milagro.

domingo, 08 julio 2012

Sueños en tecnicolor

NV-IMP810.JPGMi amigo Francisco tiene un cuarto mágico. Vive en la casa de sus padres que ha convertido en residencia de estudiantes. Tiene tantas habitaciones y espacio que todavía le sobra campo para más jóvenes. Se nota que lo estiman, pues el ambiente es muy agradable. La última vez que lo visité lo vi más viejo, pero con el mismo buen humor de siempre. Era un pueblo tranquilo que quedaba a las afueras de la capital, ahora convertido en un barrio más de Bogotá que se traga todo en su expansión.

Estuvimos tomando café y recordando el tiempo de la infancia cuando jugábamos por ese caserón imaginando mundos fantásticos. El cuarto que más me gustaba era uno que ellos llamaban de San Alejo, donde guardaban en un desorden increíble lo que no usaban pero que podría servir, lo que usaban rara vez o muebles que los habían aburrido y estaban guardados para olvidarlos y volverlos a sacar cuando los vieran otra vez como nuevos.

Le pregunté qué habían hecho con todo lo que tenían guardado en ese cuarto de corotos. Me dijo:

  • Ese es el único lugar que está intacto desde que éramos niños. Lo mantengo cerrado con llave. Nadie tiene derecho a entrar, ni siquiera para la limpieza. Poco después de que tú y tu familia se fueron a vivir a Cali, Natalia, mi hermana menor, murió accidentalmente jugando ahí dentro. Fue atroz. Desde entonces, nadie más ha entrado.

Me dejó sorprendido. Le pedí que me dejara ir a ver para recordar nuestros años de infancia en los que jugábamos a los vaqueros, a policías y ladrones, a cazar los gatos de la casa como si fueran tigres, al escondite, a montar en triciclo por los amplios corredores de la vieja casa como si estuviéramos en carreras de fórmula uno. Lo dudó un momento, pero me tendió las llaves diciendo: «aquí te espero».

La puerta muy alta tenía un candado enorme. A esa hora casi no había nadie en casa. Pensé que por falta de uso la llave no funcionaría. Con paciencia la forcé un poco hasta que aflojó. Las ventanas estaban cerradas. Entré en la oscuridad y cerré detrás de mí.

No tuve necesidad de encender la luz. Mis ojos se acostumbraron rápidamente a la tenue luz multicolor que salía de cada objeto. Todo era de colores como fosforescentes. Parecía que tuvieran instalaciones de Navidad escondidas alumbradas por el piso. Curiosamente no noté polvo ni telarañas, pero se oían extraños llantos y risas infantiles.

No se parecía en nada al cuarto que conocí de niño. Ningún mueble viejo, ni maletas, ni baúles, ni pilas de libros, ni ropa colgada a la vista. Lo que llenaba el espacio eran juegos infantiles: muñecos de felpa, animales fantásticos dormidos, soldados de plomo, caballos de madera. Todo parecía vivo; como respirando. Era como ver una ciudad de noche desde lo alto de una montaña.

No tuve miedo. Al contrario, el ambiente difundía una sensación de paz. El cuarto tenía dimensiones más grandes de las que recordaba. Al atravesarlo por completo, vi una ventana cerrada que dejaba pasar la luz exterior por unos agujeros.

La curiosidad me empujó a abrirla. Entraron rayos de sol con mucha fuerza. En lugar de ver el solar o el patio interior de la vieja casa o la calle aledaña, me topé con un panorama de la ciudad de París pero de los años cincuenta. Me encontraba en lo alto de uno de esos edificios típicos parisinos del Sacre Coeur o de Monmartre contemplando los techos plateados, la Torre Eiffel y la ciudad en plena actividad. Parecía sacado de una postal o de una película de época colorizada o en tecnicolor. Tenía toda la pinta de una película de dibujos animados hiperrealista.

¿Qué hacer? ¿Cerrar la ventana, salir corriendo de ese cuarto hechizado y no decirle nada a nadie? ¿Salir por la ventana y dar una vuelta a ese mundo lejano y regresar después a contarlo? ¿Ir a buscar a mi amigo? De nuevo la curiosidad ganó. Salté por la ventana sin mirar atrás.

Ahora estoy en esta ciudad francesa maravillosa viviendo esos años de reconstrucción, de boom económico, de grandes esperanzas y de nuevas ideas. Lo malo es que perdí el camino para regresar a la ventana, para entrar al cuarto de aquella casa. Aquí estoy encerrado en este mundo artificial que parece un dibujo animado y que me está matando.

21:37 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: sueños, fantasía, ficción