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domingo, 03 junio 2012

Viaje en cama

NV-IMP807.JPGMe has convencido, dejo a mi marido. Vive en estado vegetativo desde su accidente hace un año. Lo veo a diario. No mejora. Pensaba pasar la vida entera esperando su despertar o su muerte. Lo cuidan bien, no le faltará nada. Me voy a dar esa vuelta al mundo que planeaba con él y se la contaré a mi regreso.

martes, 29 mayo 2012

Sin título

NV-IMP806.JPGSe despertó sin saber la hora. Un rayo de sol le hizo abrir los ojos. La casa estaba silenciosa. La mañana empezaba a calentarse. Miró las grietas de la pintura en el cielorraso buscando figuras extrañas en las paredes. Un dragón, un avión, una cara riendo, una pareja besándose. Cayó en la cuenta de que estaba de vacaciones. Por eso nadie lo había despertado. Había pasado tantas noches en vela preparando los exámenes de bachillerato que se compadecieron y lo dejaron tranquilo. Decidió levantarse. Sentado al borde de la cama se desperezó. Fue al baño. Se vio en el espejo con esa cara de adolescente tardío, el cabello en desorden y un barro en la punta de la nariz. Abrió la ventana y dejó entrar el ruido de la ciudad. De la casa vecina llegaba una música de moda seguramente de la joven de al lado que tanto gustaba escuchar cantantes franceses: Aznavour o Adamo. Estaba seguro de que obtendría el diploma de bachiller, que pasaría el examen para entrar a la universidad, pero andaba indeciso de los estudios que quería emprender. ¿Ingeniero, médico, filósofo, economista, sicólogo, abogado, músico, pintor, arquitecto? Había discutido mucho sobre el tema con amigos y familiares. Todos le daban consejos pero siempre encontraba peros. Quería una profesión que le diera dinero suficiente para vivir sin problemas, pero no demasiado para tener una motivación de trabajar. Quería una profesión que lo mantuviera ocupado, que le gustara mucho, que ayudara a progresar a la humanidad, que fuera orgulloso de ejercerla. No podía estudiarlas todas. A veces le daban ganas de no estudiar más y ponerse más bien a trabajar. Estaba en una encrucijada. Alguien le sugirió que tomara un año sabático para pensarlo con calma, que se fuera a viajar o a estudiar idiomas al extranjero. Su novia le propuso que se casaran, tuvieran hijos y vivieran de la herencia de sus ricos padres. Tenía dieciocho años de edad y la vida por delante. Decidió volverse a dormir para olvidar un rato más el futuro que se le abalanzaba. Volvió a abrir los ojos. Vio que el cuarto estaba con las paredes más agrietadas que nunca, las telarañas habían invadido todos los rincones. Se levantó pero un dolor de espalda le impidió estirarse como quería. Un bastón en el piso le ayudó a levantarse. Fue al baño. Vio en el espejo una cara arrugada de viejo que lo miraba con espanto, el cabello escaso y blanco en desorden y esos ojos que era lo único que no había cambiado en su cuerpo decrépito. Abrió la ventana. El barrio no era el mismo. En lugar de casas había edificios de apartamentos y ese ruido de música escandalosa de moda que le molestaba tanto. Calculó que estaba por cumplir ochenta años y pensó que la vida había pasado demasiado rápido. No había sido suficientemente larga para decidir qué estudiar. El dinero de sus suegros ricos sí alcanzó para no hacer nada fuera de darle gusto a su esposa que ahora abandonaría. Entonces se dijo que era mejor vivir sin diplomas ni títulos. Sería un hombre libre.

22:52 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: tiempo, indecisión

domingo, 13 mayo 2012

Regina, con erre de rara

NV-IMP804.JPGDesde pequeña fue muy torpe con su cuerpo. Su desarrollo motriz siempre fue retrasado. De por sí, nació prematura antes de cumplir siete meses de embarazo. Todos pensaban que se moriría. Le costó trabajo aprender a caminar. Sus padres creían que iba a gatear toda la visa pues ya hablaba muy bien pero nada que daba sus primeros pasos. Por fin a los casi tres años sorprendió a todos cuando de repente se levantó y caminó a recoger una pelota en el patio como si nada.

No pudo aprender a montar en bicicleta ni en patines. Era malísima para la puntería. Nunca logró encestar un balón jugando baloncesto. Cuando jugaba a lanzar dardos siempre caían lejos del blanco. Mientras sus amigas tiraban desde lejos cualquier cosa dentro de la papelera, ella ni a un metro de distancia atinaba. Sus padres pensaron que tenía problemas de vista, pero los mejores oftalmólogos no encontraron ningún defecto.

Tenía poca sensibilidad en la piel y no aguantaba que la abrazaran ni besaran. Los especialistas decían que era falta de cariños cuando era una nenita. Le pronosticaban anorexia para cuando llegara a la adolescencia. Se equivocaron pues siempre comió mucho sin llegar a engordar. Le tenía miedo a la altura. Sentía vértigo con solo pensar en mirar por la ventana y no se atrevía a asomarse a partir del tercer piso. Por supuesto nunca se subió a un árbol en su vida.

Tampoco tenía sentido del ritmo. Cuando tenía que caminar siguiendo el mismo paso que sus compañeras, siempre iba a contratiempo sin lograr entender lo que era una marcha militar. Sus padres pensaron que tenía problemas auditivos. Los mejores otorrinolaringólogos no le detectaron ningún problema. Su sentido del equilibrio era perfecto y oía bien todas las frecuencias audibles normalmente.

Llegada la adolescencia empezó a interesarse en los amigos varones como todas sus amigas. Ellas le contaban sus primeras aventuras y le aconsejaban que fuera a bailes con ellas, pero Regina odiaba bailar. Pensar que iba a estar en los brazos de un muchacho pegajoso la repugnaba. La curiosidad fue más fuerte. Quería entender qué pasaba en esas fiestas de quinceañeros.

Era en casa de su mejor amiga. Se sentó en un rincón para observar el terreno. Ahí estaba ese joven vecino que tanto la miraba en el recreo y que la espiaba cuando salía caminando al colegio pero no se atrevía a hablarle. Los dos se pusieron colorados al chocarse sus miradas desde lejos. Trató de pensar en otra cosa pero su presencia era como un imán que la atraía a él a todo momento. Si por casualidad viniera a invitarla a bailar, no podría negarse.

Así pasó. Sonó una balada tranquila y dulzona para que los tortolitos bailaran apretados. El vecino vino rápido a invitarla. Sus amigas le habían aconsejado que se dejara llevar por la pareja y por la música. Habiéndolos visto bailar como micos los ritmos tropicales se sentía impotente e inútil. Por poco se va corriendo a casa.

Ahora estaba en brazos de ese vecino y a cada paso se pisaban los zapatos mientras los dos reían apenados. Sin embargo con los brazos apretándole el cuerpo y dándole seguridad no parecía tan difícil. La música terminó e intuitivamente Regina quiso alejarse de ese cuerpo caliente que la rodeaba. Todos los demás estaban pendientes de lo que iba a suceder.

Los dos perdieron el equilibrio y cayeron al suelo como bultos pesados. ¡Algún gracioso había aprovechado la penumbra de la sala para amarrarle los pies a la parejita con unos cordones largos y por eso terminaron en el suelo!

Regina se puso furiosa y su caballero también. Los demás reían a carcajadas. Es cierto que Regina es rara. No le gusta el baile, pero eso no le impidió ennoviarse con su príncipe azul que tampoco baila bien. Ella nunca más volvió a pisar una pista de danza y solo estando a solas con su amado se deja abrazar apasionadamente con los ojos cerrados y en silencio.