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domingo, 10 julio 2011

Ficción en idioma extranjero

NV-IMP756.JPGA mediados de junio escribí mi primera ficción en idioma árabe. ¡Je, je! Ahí está en la imagen. Teníamos de tarea escribir una carta personal usando las fórmulas de saludo y despedida como si estuviéramos de viaje. Se me ocurrió escribir una carta imaginaria de un personaje del pasado. Me divertí y ahora espero las correcciones de la profe. Me imagino cómo me la entregará llena de rojo. Pero como el viernes tuvimos el examen final escrito, me tocará esperar a septiembre para la corrección si se acuerda de dármela. Me quedan dos meses de vacaciones y para ver si continúo en septiembre.

Creo que mi primer cuento en idioma extranjero fue en clase de inglés en Colombia. Nos habían dejado de tarea une descripción y se me ocurrió escribir la cafetería de la universidad. A la profesora le gustó el tema pero me dijo que no lo había explotado convenientemente. En francés no recuerdo cuál fue el primero. En ruso tuve una profesora muy buena que nos motivaba a escribir sobre temas diferentes. Una vez nos hizo escuchar una canción rusa y luego inventar un cuento. De ahí me salió uno que después traduje a español. Otra vez escribí un cuento sobre el encuentro del pintor Modigliani con una poeta rusa, creo que Akhmatova, en el París de comienzo del siglo XX.

A mí me gustan esos profesores que le dan cuerda a la imaginación de sus alumnos. Hace unas semanas leí unos cuentos en francés de niños argentinos que sus profesoras les dieron de tarea. Me gustaron. No sé qué edad tienen los niños, pero escribir en francés desde Argentina tiene mucho mérito. Unos eran enredados y hasta chistosos, otros no eran verdaderos cuentos sino explicaciones de lo que es la Navidad. Felicitaciones por esa iniciativa.

martes, 21 junio 2011

El hombre que se ríe de todo

humor.jpgTengo el gusto de presentar un nuevo libro en el que participo. Es una antología de relatos de humor. Cuando el editor nos propuso el tema recordé un cuento que escribí hace tiempo sobre los excesos que el purismo lingüístico nos podría hacer sufrir en manos de políticos poderosos. Parece que al editor también le gustó pues ahora está en papel con otros cuantos relatos. Espero que lo compren, lo lean y se rían también; es bueno para la salud física y mental.

EL HOMBRE QUE SE RÍE DE TODO
(es que todo lo desprecia)
Antología
(Narrativa, 90)

El hombre que se ríe de todo, es tener claro que la cumbre del humor fue pisada por primera vez por genios como Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura, antes de que Wodehouse, Musselman y Achille Campanille se convirtieran en la versión descremada de estos clásicos de la literatura. El humor de Jardiel Poncela y de Miguel Mihura va más allá del chascarrillo, del pasatiempo, araña la condición humana, profundiza, hasta convertirse en la cicatriz de nuestros males.

Jardiel Poncela y Miguel Mihura son los estandartes de este libro de Ediciones Irreverentes lleno de clásicos de la literatura de humor y la ironía como Karel Capek, Jules Renard, Oscar Wilde, Huysmans, El Vizconde de Saint-Luc, Antón Chejov, Saki y Bierce; el humor hispanoamericano está representado por el colombiano Nelson Verástegui, el nicaragüense Arquímedes González y el venezolano Norberto José Olivar; y la mejor literatura de humor española aporta nombres como Alonso de Santos, Miguel Ángel de Rus, Eduardo Mendicutti, Alberto Castellón, Ignacio del Moral, Cristina Fallarás, José M. Fdez Argüelles, Gonzalo López Cerrolaza, Francisco José Peña, Andrés Fornells, Joseba Iturrate, Elena Marqués, Salvador Robles, Joaquín Lera, Javi J. Palo, Andrés Sopeña, Sara Gª-Perate, Francisco Legaz, Julio Fernández, Félix Díaz González, José Mª Fernández Álvarez, Álvaro Díaz Escobedo, Rosario Martínez e Izara Batres.

¿Los temas? Los de siempre: amor y desamor, un muerto por error que se queja a Dios, un cura descreído que está predestinado a salvar a la humanidad, una tienda en la que alguien (parece una anécdota apócrifa) compró un libro; un ciudadano español que presenta formalmente sus credenciales como futuro rey de España; dictadores que han perdido el equilibrio psicológico. El hombre que se ríe de todo, es el mejor libro de humor desde hace medio siglo, incluyendo los tratados sobre el Fin de la Historia y los comunicados de la OTAN. Más saludable y efectivo que los antidepresivos y los ansiolíticos.

264 páginas • 15€
ISBN: 978-84-96959-97-2
http://www.edicionesirreverentes.com/narrativa/Humor.html

domingo, 19 junio 2011

Dando palos de ciego

ficción, sentidos, desorientaciónFue en la estación de metro Príncipe Pío en Madrid por allá en el 2005. Siempre que me tocaba pasar por ahí me ponía muy nervioso desde que me habían asaltado una noche regresando del trabajo. Cada vez era peor. Me ponía a sudar y me perdía en los corredores en medio de tanta gente.

Antes era muy fácil a pesar de que habían construido muchos edificios del nuevo centro comercial con tantos almacenes y restaurantes. Lo peor eran las escaleras automáticas para ir a los andenes y los escalones para bajar y subir desde la calle. Mi mujer me había explicado muy bien cómo iba quedando todo a medida que las obras avanzaban y en mi cabeza tenía construida una réplica exacta del laberinto arquitectónico.

Quedé desamparado el día que murió por culpa de un loco que la empujó en el andén de otra estación en el momento en que llegaba el metro. ¡Cómo pueden dejar suelta por las calles gente así! Fue un tiempo muy difícil para mí acostumbrarme a vivir sin ella, sin su compañía, apoyo y ayuda. No tuvimos hijos y como fuimos hijos únicos, ya no queda nadie de la familia con quien contar. Total, al poco tiempo me atracaron en esa estación y el mapa que tenía impreso en mi cabeza se esfumó.

En el camino hacia la calle llegaba a un punto donde me perdía y entonces entraba en un bucle infernal. Ni olores de la comida de los restaurantes que caracterizaba el tipo de comida tan diferente que vendían, ni los ruidos de los almacenes tan distintos entre una farmacia, una tienda de perfumes, otra de juguetes o de ropa me orientaban como antes. No veía el camino. Además los puestos temporales que ponían en medio de los amplios pasillos en nuevos lugares cada semana me despistaban más.

Para que nadie notara mi nerviosismo trataba de buscar la salida por mis propios medios. No me atrevía a pedir ayuda a nadie en ese lugar. En otra estación o en otro tiempo hubiera sido diferente. Sabía que había un puesto de revistas y de flores cerca de la entrada donde se formaban tumultos entre los que paraban a comprar, los que esperaban a alguien y los que entraban y salían. El viento se colaba por las puertas y se formaba una corriente de aire por la diferencia de temperatura del interior y del exterior.

Mi brújula interna estaba fatal. Cuando oía a la vendedora de periódicos, me iba tranquilizando. Llevaba tantos años pasando frente a ella a la misma hora que me reconocía pero se había dado cuenta de que algo iba mal. Desde hacía varios días había empezado a perderme en el mismo lugar; era casi siempre ella la que me indicaba la salida.

Esa última vez debería de estar ocupada con sus clientes pues no me vio. Alguien se acercó hacia mí y me tomó del brazo. Mi miedo aumentó; me solté rápidamente. Era un hombre que me proponía ayuda. Desconfié. No contesté y traté de escaparme pero era cada vez peor. Por todos lados me estrellaba contra los muros y no encontraba escape. Mis oídos buscaban cualquier índice que me sacara de allí.

Cuando ya casi me iba a poner a dar manotazos y a golpear a quien se acercara con mi bastón, oí a la señora salvadora gritar: «¡Tranquilo! Espeeeeeere, espere que lo vamos a ayudar». Era mi ángel de la guardia cuya voz venía de mi izquierda y por lo tanto la puerta debería de estar hacia mi derecha. Golpeando y rozando el piso de un lado al otro con mi bastón blanco tomé la dirección de esa puerta invisible y por fin sentí la corriente de aire que se colaba y golpeaba mi rostro. Su voz familiar se acercó a mi oído derecho, su perfume barato me llenó la nariz y su suave presión en el brazo me acompañó hasta que atravesé la puerta principal y estuve al aire libre, sano y salvo.

De ahí a mi casa fue fácil llegar. Ese mapa no se me había borrado. Nunca más volví a pasar por Príncipe Pío; iba a otra estación así fuera más lejos. Una asociación caritativa me regaló un perro amaestrado y con él y mi bastón ya no me pierdo más.