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miércoles, 19 enero 2011

Utopía

NV-IMP715.JPG-      Me voy a vivir a Utopía.

-      ¿Cómo? ¿Adónde?

-      Conseguí un trabajo con unos amigos utopianos que conocen al embajador de ese país y me voy a vivir allá.

-      ¿Existe ese país? ¿Dónde queda?

-      En África, creo que cerca del Burundá o del Ruandí.

-      ¡Ja, ja! Todo el mundo quisiera vivir en Utopía pero nadie lo consigue. Yo creo que tus amigos te están tomando del pelo.

-      No, señor. Son gente muy seria. Me dicen que es de los países más poblados del continente. Son pobres, viven de la agricultura, principalmente del café, no tienen petróleo, han sufrido hambrunas y guerras pero la gente vive feliz. El clima es variado, tienen montañas y bosques tropicales, son mayoritariamente católicos, tienen música, danzas y cantos muy bonitos; los vi en un DVD que me prestaron.

-      No puede ser. ¡Tú si eres ingenua! ¿Y en qué ciudad vas a vivir?

-      En la capital, Avisa Nena; creo que se llama así.

-      ¿Avisa Nena? ¡Vaya, vaya!... A ver. Muéstrame el DVD.

-      Aquí está.

-      ¡Ah!... ya entiendo. No es Utopía, sino ¡Etiopía!, niña.

viernes, 14 enero 2011

Reminiscencias

NV-IMP713.JPG

-      Veo una cortina roja en el cuarto de mis padres con unas bolitas de tela colgando a los bordes. Me veo jugando en la cama para no dejarme poner la pijama. La cama es grande y está pegada a una de las paredes del cuarto. No sé si era el mismo cuarto pero también veo una cama más pequeña al lado. Recuerdo despertarme por las mañanas y quedarme oyendo el ruido de fondo de la casa ya en actividad y yo esperando que alguien venga a sacarme. A veces me despierto porque mis hermanos están hablando desde las camas de al lado. La casa parece inmensa. Todos los muebles son grandes y yo no veo lo que hay arriba de las mesas, repisas ni armarios. Desde el patio veo una rampa que lleva a la terraza pero a mí no me dejan subir; parece es peligroso. Nunca supe que había arriba. Desde el patio se veía el cielo y el tejado de la casa como esas viejas casas coloniales. Las diferentes puertas llevaban a los cuartos, al comedor o a la cocina.

 

-      ¿Hay animales o solo personas?

-      Creo que había gallinas en ese patio, quizás no todo el tiempo. ¿Había un gato? No recuerdo que hubiera perros.

-      ¿Qué hay al exterior de la casa?

-      Del lado de la calle quedaba el almacén de mi madre donde vendía artículos relacionados con la costura, como una especie de mercería, si recuerdo bien. Ella era modista y cosía con mucho éxito vestidos para damas. En un cuarto aledaño estaban las máquinas de coser. Los domingos el periódico traía un suplemento con tiras cómicas. Como yo no sabía leer, siempre le pedía a alguien que me las leyera. Alguna vez vinieron con la noticia de que habría cine al aire libre en la plaza del pueblo. Mis padres dejaron ir a mis hermanos acompañados de alguna empleada, pero a mí no; decían que yo era muy pequeño. Calculo que en ese entonces no tenía más de tres años de edad.

-      ¿Tiene algún recuerdo desagradable?

-      Una vez uno de mis hermanos mayores estaba clavando o desclavando unas tablas subido en una escalera mientras que yo jugaba en la misma pieza sin poner mucho cuidado a sus advertencias de que debería irme de ahí para evitar accidentes. Como si nos hubieran echado sal, una de las tablas se le escapó de las manos y aterrizó sobre mi cabeza escalabrándome. Todavía tengo la cicatriz en mi cabeza aquí. Al ver que chorreaba sangre, salió corriendo conmigo hasta la farmacia para que me auxiliaran. Menos mal no fue grave, pero me sirvió de lección para tenerle miedo a los que reparan cosas arriba de escaleras.

-      Y ahora que le envío corriente a este otro lugar del cerebro ¿qué siente o recuerda?

-      Curioso. Veo un grupo de personas en la plaza del mercado que preguntan a mi madre cómo seguía yo después del accidente. Me miran la cabeza y ven la gaza y el esparadrapo que me cubre la herida. Mi madre explica lo sucedido y ahora se ríe pero cuando pasó estuvo muy nerviosa y hasta lloró pensando que me había muerto. Ahora veo otro grupo de personas que se despide de nosotros. Es de noche y la casa está vacía. Nos vamos del pueblo. Varias personas lloran pero yo no entiendo lo que pasa. No sé si estamos en un tren o en un autobús. Arrancamos y mi madre que había sido muy fuerte hasta ese momento, se pone a llorar y yo preguntándole qué le pasa pero ella me consuela y me dice que no es nada.

-      Interesante. Veamos qué pasa si estimulo este otro punto.

-      Ahora es música lo que escucho. Son rancheras mexicanas que salen de una cantina del pueblo o del radio de un autobús. Canciones viejas que hace muchísimos años no escuchaba. Me hacen cantar y se ríen de ver que ya me sé esas canciones a fuerza de oírlas, pero como no entiendo muy bien el significado, he deformado la letra y salen cosas muy chistosas.

-      ¿Alguien lo ha llamado por su nombre o ha visto un nombre escrito en alguna parte?

-      No, nadie usa nombres en estas conversaciones. Oigo decir mamá, papá, mijo, el niño, usted, yo, la niña, señor o señorita, pero ningún nombre propio. Ahora me vienen recuerdos olfativos. Sí, son perfumes de flores, olor a cocina, cigarrillos encendidos o pólvora.

-      Lo lamento mucho, pero no avanzamos nada desde hace días. Por más de que buscamos en su memoria, no logramos descifrar quién es usted ni cómo llegó a este hospital psiquiátrico. Para mí, usted no está loco, simplemente ha perdido la memoria reciente y de manera selectiva. Tocará que aprenda a seguir viviendo así. Con un poco de suerte, un día de estos volverá su memoria como antes y descifraremos sus secretos o quizás aparezca algún familiar o amigo que le ayude a recordar. No se desespere.

18:34 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, memoria, infancia

miércoles, 12 enero 2011

Desilusión a primera vista

NV-IMP712.JPGLa había visto varias veces en el autobús pero no había logrado hablar con ella. Fue amor a primera vista, como un encandilamiento repentino, como si hubiera mirado al sol demasiado tiempo y la retina se hubiera lastimado. Ahora vivía pensando en ella. Ya conocía el sector de la ciudad donde subía o bajaba. Se mantenía atento a su encuentro con la esperanza de poder hablarle y coquetearle alguna vez.

Levantó la vista de sus libros, miró por la ventana, ya que la parada de bus de su quizás futura novia estaba cerca, y la vio. ¡Qué dicha! Pero… ¡qué tristeza! Estaba acompañada por alguien con quien se besaba mientras llegada del bus. Ahí acabaron rotas las ilusiones por ese hipotético nuevo amor, hundió la cabeza entre sus libros y quiso saber más de ella.

08:00 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, microrrelatos