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domingo, 22 agosto 2010

Otro punto de vista

NV-IMP672.JPGMe encanta sentir que soy yo quien lleva la batuta. ¡Cómo no! Hay música que me encanta, otra que odio y otra que me es indiferente. Me gusta sobre todo durante los festivales de verano al aire libre con un clima agradable, ni frío ni calor, viendo llegar la noche suavemente. Delante de una gran orquesta, con una bonita cantante a mi lado, los violines que bailan ante mí, los instrumentos de cuerda que van de maravilla con la voz humana, los instrumentos de percusión que dan ritmo al conjunto. Lo malo es que dependiendo del director puedo pasarla muy mal. Unos enérgicos me marean con tanto movimiento. A veces creo que voy a salir volando por los aires cuando pinchan desde lejos con fuerza a algún músico que debe entrar en un momento preciso de la pieza. Son verdaderas punzadas a distancia. Me asustan mucho. Otros parece que fueran a partirme los huesos con la fuerza con que me agarran las tripas. Los más suaves me dejan bailando en el aire como si estuviera flotando. Tengo la impresión de que soy yo quien dirige la orquesta que sea una pieza clásica, moderna, de jazz o de cualquier estilo. Estoy muy atenta a las instrucciones del director. Los hay impresionantes de energía y otros suaves y sutiles que dirigen como si tuvieran la orquesta en la punta de los dedos. No sé cómo voy a terminar mis días pues una batuta nueva y de calidad es muy apreciada por los directores, que sin ella no son nada, pero yo ya soy una pobre batuta que comienza a envejecer y un día de estos me van a quebrar o a perder.

11:37 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, narrador, música

miércoles, 31 marzo 2010

Dos en uno

NV-IMP630.JPGNo sabía qué tema tratar en su nueva novela: los celos, la obsesión por la muerte, la misteriosa conjunción de muerte, azar y destino, la locura, la falsedad, la ensoñación, la crueldad, el incesto, el desamor inevitable, el cálculo interesado o el amor a primera vista. En realidad se había quedado sin inspiración desde que un editor la descubrió de chiripa por un error en el metro: en lugar de llevarse su maletín, se levantó y se fue con el de Antonia. Al llegar a casa se encontró con una serie de manuscritos interesantes que leyó saltando de uno a otro, picando como una gallina. Por fortuna su teléfono estaba en uno de los papeles. La llamó para explicarle el error de maletín, para darse una cita e intercambiarlos y para decirle que había leído algunos de sus relatos, que a su juicio valía la pena publicar en alguna editorial. Antonia sobrevivió de chiripa al descenso a los infiernos del reconocimiento público pues se dio cuenta de que el anonimato era mucho más confortable pues era menos exigente y la gente espera siempre algo mejor de lo ya escrito como si se pudiera escalar el éxito hasta el infinito. Se decía que al llegar a la cima de una montaña no había más remedio que bajar de nuevo para escalar una más alta. Se encontraron en el bar El Centro, en las afueras de la ciudad, en el ombligo del mundo. Cuando la vio llegar se dio cuenta de que era ella por la foto que había visto en el maletín. «Hola, Antonia. Soy Antonia. ¡Qué coincidencia! Aquí tengo su maletín con los manuscritos. Gracias por traerme el mío», dijo ella. «No está mal lo que ha escrito. Tiene calidad», contestó la otra. «Lo mismo digo yo, pero es mejor que olvidemos este encuentro y que la suerte nos haya hecho chocar. Mejor no habernos conocido nunca», se levantó, dejó unas monedas para pagar la cuenta, cogió sus notas para la nueva novela, su maletín y se alejó para siempre.

13:34 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, ambigüedad, dobles

sábado, 27 febrero 2010

Más cara (5)

NV-IMP612.JPGAntonio se despertó con un fuerte dolor de cabeza. Sentía el cuerpo pesado y los músculos como si acabara de haber corrido una maratón. El cielo raso del cuarto era blanco y lo parecía más con el reflejo del sol sobre la nieve. No se quiso mover. Cerró de nuevo los ojos y pensó en la pesadilla que había tenido esa noche. Él era un papagayo amarillo y azul en la selva tropical y estaba rodeado de muchos animales: micos, serpientes, panteras, tucanes, insectos, boas, arañas. Estaba posado en una rama alta de un árbol de caoba como mirando la escena de un teatro desde un balcón. Abajo una tribu de indígenas bailaba y cantaba alrededor de una gran olla donde se cocinaba un misionero que rezaba con un rosario tratando de convertir a los salvajes. Todo había empezado con una fiesta y luego las peleas entre los animales convirtió todo en una algarabía. ¡Qué dolor de cabeza!

Abrió de nuevo los ojos y trató de levantarse. Se dio cuenta de que no estaba solo. En su cama estaban dos mujeres, desnudas como él. En realidad todavía estaba en casa de Patricia y eran ella y Carmenza las que dormían de lado y lado. ¡Caramba! ¡Qué sorpresa! No recordaba nada de lo sucedido después de haber probado la famosa sopa embera.

Se levantó con mucho cuidado para no despertarlas y se puso a buscar su ropa. No estaba en la habitación. Salió al corredor y empezó a ver a más invitados durmiendo desnudos en el suelo, en los sofás o en sillones. Vio a Elena en medio de Giorgio y Jean y a Nina muy abrazada a un hombre con la cara maquillada de payaso. Se notaba que muchos invitados se habían ido, pero los que dormían por todos lados habían participado a una orgía desenfrenada.

No quería despertar a nadie. Lo importante era encontrar su ropa e irse rápido para no tener más que ver con esa gente loca. Lo suyo era el pescado y la vida sencilla. Por fin la encontró en la cocina amontonada con las de otros. Se vistió rápido y salió corriendo. Al llegar a la calle vio a los bomberos y policías que estaban mirando algo en el jardín. Un grupo de gente se estaba agolpando cerca de ellos pero un cordón les impedía acercarse.

Antonio trató de ver que era. Se dio cuenta de que un personaje disfrazado de Supermán estaba estrellado contra el piso junto a un seto pero los bomberos dijeron que estaba muerto e indicaban que había que levantar el cadáver. Lo cubrieron con una sábana y miraron hacia arriba tratando de ubicar desde dónde hubiera podido caer.

Antonio recordó a un invitado de la fiesta vestido de Supermán y de las peleas que había tenido con él en su pesadilla. Todo iba a terminar mal. En ese momento decidió que tenía que irse de ese lugar de locos y regresar rápidamente a su pueblo español de pescadores donde nadie pudiera encontrarlo, pues en su sueño en tanta pelea entre animales, indios y misioneros, él había lanzado al Supermán desde arriba del árbol, pero en el sueño el héroe salió volando y no cayó al suelo. No quería saber qué había sucedido en realidad.

12:47 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, fiestas, disfraz, nieve