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martes, 22 septiembre 2009

Cambio de estación

NV-IMP510.jpgLa prima Vera se casó con Ño Oto. Tuvieron dos hijos llamados Vera y Erno. Las dos Veras eran calurosas y extrovertidas, sobre todo la pequeña; Oto y Erno al contrario, fríos y callados, especialmente el hijo. Erno se casó con una esquimal de nombre Invi y la pequeña Vera, con un grandulón senegalés llamado No. Dicen que quien siembra vientos, cosecha tempestades y que de tal palo, tal astilla. ¡Quién sabe como resultarán los nietos de esta familia tan peculiar!

17:21 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: adivinanza, juegos

jueves, 10 septiembre 2009

El mundo de Oniros

NV-IMP499.jpgOniros andaba de viaje con su familia en algún lugar de Francia, pero les llegó el momento de regresar a su casa. Tocaba llenar las maletas e ir a tomar el tren. Su esposa e hijas tenían todavía todas sus cosas dispersas en las habitaciones y no parecía que tuvieran prisa de preparar el equipaje. Temiendo que fueran a perder el tren si no se apuraban, llamó un taxi mientras sus mujeres terminaban de empacar. Salieron tan tarde que el tren los dejó y les tocó seguir el camino por carretera.
La ruta estaba muy congestionada con autos, caballos, carretas y hasta peatones y elefantes. Los paisajes franceses se fueron mezclando con paisajes colombianos y ya pronto se encontraron en España. Iban por una recta muy larga con muchos árboles en hileras que los protegían del calor. Llegaron a un pueblo extraño donde la carretera empezaba a subir como si fuera Gex y estuvieran camino del paso de La Faucille allá en lo alto en el Jura francés.
El taxi los dejó cerca de una plaza principal. En el kiosco central había música colombiana y unas marionetas que bailaban al ritmo de cumbias. Descubrieron que los titiriteros eran latinoamericanos. Estuvieron hablando con ellos un rato hasta que supieron que habría un evento literario donde iban a presentar libros y algunos escritores estarían hablando de sus obras y charlando con el público.
Se fueron al lugar anunciado donde había mucha más gente, desfiles de majorettes, puestos de ventas y discursos por altavoces. Por ráfagas, las sirenas de unos carros de bomberos o de la policía no dejaba oír bien lo que decían; la música, tampoco facilitaba la comprensión.
Oniros y su familia se acercaron a un puesto donde los podían maquillar para estar también de fiesta y participar activamente, ya que la gente andaba disfrazada como si fuera el carnaval. La familia se dividió entre la multitud.
Oniros entró solo a la casa u oficina de la editorial que organizaba las actividades literarias. Tenían muchos carteles y publicidades de los libros que estaban promoviendo. El editor estaba medio dormido en un sofá. Era un hombre mayor, casi calvo, de barba gris y más bien excéntrico. Le estuvo explicando de qué se trataba y le contó de un proyecto de publicación de historietas. Muchas personas entraban y salían del lugar. Oniros estuvo charlando con algunos escritores.
Al cabo de un rato volvió a la plaza para ver un concurso de descifrado de códigos entre jóvenes genios matemáticos que parecían más bien piratas informáticos. El animador anunciaba un número muy grande y los concursantes de dos en dos debían encontrar muy rápido pero mentalmente la clave secreta que se escondía dentro. La fórmula hacía intervenir el área del círculo o la longitud de la circunferencia más otras integrales y derivadas. El público observaba y aplaudía con admiración pues en menos de un minuto o máximo cinco, siempre lograban descodificar los datos.
En esas estaban cuando oyó la radio de su despertador que lo sacó de su mundo de ensueños. Luego se puso a pensar en lo curioso que es que las palabras ensueño e insomnio deriven de la misma palabra latina teniendo significados opuestos en español mientras que onírico viene del griego y significa casi lo mismo que el étimo latino de las otras dos. Mientras desayunaba Oniros se dijo que seguramente había tenido otra vez ese tipo de sueños raros por culpa de la llamada que recibió a medianoche y que lo despertó dejándolo sobresaltado.

15:20 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (2) | Tags: ficción, sueños

domingo, 23 agosto 2009

Dados contra cerveza

NV-IMP487.jpgCasi nadie había visto el letrero que decía que la cerveza del barril valía cuatro francos, pero que si uno tiraba los dados, pagaría lo que indicara el dado, es decir entre uno y seis francos. José calculó que el precio promedio sería tres francos con cincuenta y por lo tanto con un poco de suerte pagaría menos de cuatro. Contó las monedas que le quedaban en el bolsillo, eran ocho francos. El dilema era tomarse solo dos cervezas al precio normal o arriesgarse a tomarse más o menos de dos jugando con los dados.
La joven rubia vestida de bávara lo miró unos segundos con una sonrisa amplia y le preguntó qué le servía. «Oye, Sisí, te propongo un trato con lo de los dados», dijo José. «¡Ja, ja! Muy gracioso. No me llamó Sisí. Me llamo Pascualina. ¿Qué te sirvo?», contestó con la misma sonrisa. «Mira, Pascualina. Voy a jugar con el dado para pagar la primera cerveza. Si me sale más de cuatro, no podré tomarme más de una pues me quedarán dos francos en el bolsillo. En ese caso, si tiro de nuevo el dado y sacó más de dos, en vez de cerveza me contento con un beso», continuó dándoselas de listo. «Claro y si te salen solo unos me arruino yo y me pierdo del beso. Tienes suerte de que soy jugadora. Vale. Acepto tu apuesta», respondió Pascualina aprovechando que no había muchos clientes y que su colega estaba ocupado con los pocos que llegaban del otro lado de la caseta.
José tiró el dado y le salió un tres. «¡Qué bien! Me gané una cerveza, pero lo del beso lo negociamos ahora después, guapa», dijo el joven y se fue a tomar su cerveza en una mesa a la sombra. El grupo que tocaba música en el quiosco de al lado tenía éxito; muchos jóvenes de pie los seguían balanceándose en sus puestos. El calor hizo que la cerveza de José se acabara más rápido de lo previsto o quizás él se la tomó de prisa para ir a seguir con su labor de conquistador. Era alto y apuesto y apostaba que iba a ganarse el beso de Pascualina. ¡Ojalá tuviera mala suerte en los dados!, era lo que deseaba ahora.
«Me quedan cinco francos, Pascualina. Voy a jugar con los dados de nuevo. Si me sale más de cuatro, me gano la cerveza y un beso. ¿Vale?», propuso el joven. Pascualina que se había olvidado de su galán se rió de nuevo y aceptó el trato. Tiró el dado y le salió un tres. «Vaya suerte. Hubiera preferido el beso aunque me saliera más caro. ¿No estarán cargados estos dados?», dijo José llevándose su cerveza.
Esta vez la joven Pascualina no se olvidó del galán y estuvo pendiente de él mientras atendía a los compradores que al terminar el primer concierto del quiosco habían vuelto numerosos. Empezaba a ocultarse el sol en esa tarde veraniega. Otro grupo musical se instalaba y el joven José bebía su segunda cerveza observando a su esperada conquista. Le quedaban dos francos en el bolsillo. La probabilidad de sacar más de dos en los dados era grande. El grupo nuevo se puso a tocar y la caseta de la cerveza se vació otra vez pues los jóvenes estaban entusiasmados con la música electrónica.
José se distrajo un rato y al terminar su cerveza se dirigió a la caseta pero esta vez la joven no estaba. Quedaba solo su amigo vendiendo la cerveza con otro que no estaba antes. «¿Pascualina ya se fue?», preguntó José. «La joven que estaba atendiendo aquí», insistió José al ver que no le entendían. «¡Ah! Se llama Janet y ya terminó su turno. ¿Qué le sirvo?», respondió el ventero que tenía cara de malas pulgas. «Tiro el dado pues solo tengo dos francos», contestó José. Salió un seis y no pudo tomar cerveza.
Triste se fue a caminar por el parque en dirección de la parada de bus. Sacó su teléfono celular para ver si tenía llamadas perdidas o algún SMS. De pronto se podría encontrar con amigos que lo invitaran a otra cerveza. Estaba sentado en la parada del autobús tan absorto manipulando el artilugio electrónico que no se dio cuenta de la llegada de un bus ni de la joven que se acercaba a él. De repente sintió que le dieron un beso en la boca y sorprendido tuvo apenas el tiempo de ver a Sisí, es decir Pascualina o Janet, sonreír y correr a tomar el bus diciéndole adiós con la mano. El autobús cerró la puerta y arrancó de inmediato. José se quedó sentado viendo a su conquista caminar buscando una silla entre la gente. Con un poco de suerte se encontrarían en otra oportunidad, pensó con optimismo.

08:30 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (1) | Tags: ficción, suerte, apuestas, verano, sed