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domingo, 01 noviembre 2009

Encuentro fantástico (1)

NV-IMP544.jpgEstaba en la biblioteca central de la universidad estudiando para el examen de topología. Mi amiga Karina llegó en ese momento y me dijo: acabo de ver a tu hermana. «¿Cuál hermana? Ninguna de mis hermanas estudia en esta universidad», contesté. «Pues está aquí arriba en la plazoleta hablando en un corrillo. Si quieres puedes ir a verla. Es idéntica a ti», contestó. Me pareció muy curioso. Soy tan imaginativo que empecé a pensar cosas raras. ¿Tendría yo una hermana gemela sin saberlo? ¿Tendría uno de mis padres una hija sin que yo lo supiera? ¿Qué tal que fuera un ser fantástico y que al encontrarla nos destruyéramos mutuamente como materia y antimateria o nos transmutáramos cada uno en el cuerpo del otro, yo en mujer y ella en hombre? «Ven. Acompáñame. Quiero verla con mis propios ojos”, propuse. «No, ve tú solo. Tengo que estudiar para el examen de psicología», contestó. No pude resistir a mi curiosidad, recogí mis libros y cuadernos, me despedí y me fui a buscar a mi doble femenino.

Eran como las 11 de la mañana. Mucha gente caminaba de un edificio al otro cambiando de clase, entrando o saliendo de la universidad. Al salir de la biblioteca, giré a la izquierda, subí unos pocos peldaños y me dirigí por el camino que pasa frente al Departamento de Matemáticas buscando la plazoleta de ingeniería hacia arriba. Antes de llegar a las escaleras me encontré con Pedro que tenía un paquete de libros en su mano izquierda, el primero de los cuales tenía como título El Idiota de Dostoievsky. Desde lejos parecía un letrero indicando quién estaba ahí de pie. Me pareció gracioso hacerle una broma tonta. «¿Estás leyendo una autobiografía?”, pregunté. «Sí, una autobiografía de tu padre, pendejo. ¡Oye!, Alejandro, allá arriba está tu hermana con un grupo de amigas”, contestó. «Precisamente voy a encontrarme con ella”, refunfuñé enfadado. Subí por la escalera hasta llegar a la plazoleta. El día estaba soleado. Muchos estudiantes estaban sentados en escalinatas o en los prados alrededor. Junto al puesto de venta de bebidas y brownies, había más grupos de jóvenes conversando o esperando turno. Empecé a buscar a mi doble sin éxito. Escuché que a mi lado que decían: «¡Oye!, Ángela. Parece que tu hermano te está buscando». Giré hacia atrás y me encontré con una joven de mi edad de pelo negro largo y con bucles, ojos cafés y piel blanca como la mía. Parecía una foto de mi madre cuando joven. No supe qué hacer. Me quedé como embobado mirándola. Ella dejó de hablar con sus amigas y me volteó a mirar. Le vi, cómo si fuera en un espejo, la misma cara de sorpresa que creo que yo tenía. «Hola. Me llamo Alejandro. Te estaba buscando. ¿Podemos hablar?», le dije finalmente. Sus amigas le dijeron que volvían por ella a la plazoleta dentro de un cuarto de hora pues tenían que ir a no sé qué facultad por unos papeles. Nos sentamos en las escalinatas de la plazoleta en un lugar apartado. Nos hizo bien estar sentados. «Nunca te había visto en los Andes. ¿En qué facultad estás?», pregunté. «No, en realidad estudio en la Javeriana y vine solamente a acompañar a mis amigas que necesitan información sobre los trámites para cambiar de universidad», me contestó con un acento costeño que me agradó. «Me dijeron que mi hermana estaba aquí y resulta que eres tú a quien encuentro. Tienen razón, pues nos parecemos mucho. ¡Ja, ja! Cuando se lo cuente a mis padres no lo van a creer», expliqué. El cuarto de hora pasó muy rápido. Apenas pudimos contarnos de dónde éramos, de dónde eran nuestros padres, en qué ciudades habíamos vivido sin encontrar nada que explicara ese parecido tan impresionante. Al final me dijo que había estado pensando en cortarse el pelo y que ahora viéndome a mí ya tenía una idea de cómo se vería con el pelo corto. Nos reímos. Sus amigas volvieron como lo habían prometido y al despedirnos le di mi número telefónico para que nos volvieran a encontrar y conociéramos nuestras familias respectivas.

08:00 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (1) | Tags: ficción, dobles, espejos

domingo, 25 octubre 2009

Mala pata

NV-IMP537.jpgLas maletas estaban casi listas para el viaje. Las vacaciones serían en Cartagena de Indias, ciudad de la que les habían hablado maravillas. Carlos y Sara terminaban los preparativos en París. Un amigo les había aconsejado llevar dólares o euros en efectivo para obtener una mejor tasa de cambio. «¿Sacaste el dinero del banco?», preguntó por teléfono Carlos. «Sí, pero me da miedo andar con tanta plata. Cuando salía de la estación de metro Gambetta le robaron la cartera a una señora que iba dos metros delante de mí. ¡Qué susto! Me temblaban las piernas sabiendo que yo tenía la mía llena de euros en efectivo. Me contaron que hace poco asaltaron de noche a una colega enfermera que salía para su casa no muy lejos de la alcaldía del distrito XX. Ven por mí esta noche, por favor. Salgo a las diez», contestó Sara.

Carlos pasó en la tarde a la agencia de viajes a recoger los pasajes y las reservaciones de hoteles y visitas turísticas. Saldrían al día siguiente a las once de la mañana haciendo una escala en Madrid y otra en Bogotá en un vuelo ida y vuelta que les había costado menos de 1200 euros por persona.

Regresó a su oficina de seguros para terminar unos contratos y escribir algunas cartas mientras llegaba la hora de ir a buscar a su mujer. Su asociado se iba a ocupar de la agencia durante su ausencia. Afortunadamente el mes de noviembre era generalmente tranquilo.

Sara salió a la hora prevista del Hospital Tenon donde trabajaba como instrumentista. Carlos la esperaba afuera fumando un cigarrillo para calentarse los pulmones en esa noche fría. Se dieron un beso. Ella lo tomó del brazo y del mismo lado apretó debajo del sobaco el paquete de dinero. «¿Dónde dejaste el carro?, Carlitos», preguntó. «No había lugar en esta calle y me tocó dejarlo en la Rue des Gatines cerca de la policía», contestó.

No le gustó tener que caminar ese trecho de noche hasta el carro a pesar de que estuviera acompañada por su hombre corpulento. «Ahora sí te puedo contar en detalle lo que le pasó a Geneviève. Salió del turno de noche hace como una semana. Tomó por esta misma calle a pasos rápidos hacia la estación del metro. No había nadie fuera de una señora que paseaba su caniche. Como puedes ver, las calles no están bien iluminadas. Vio a una pareja que se dirigía hacia ella. No les puso cuidado cuando se cruzaron, pero al cabo de unos metros se dio cuenta de que habían dado media vuelta y ahora caminaban detrás de ella. Geneviève sintió su presencia y cambió de acera. Ellos también. Empezó a caminar más rápido. Ellos también. Empezó a trotar. Ellos igual. Se acordó de la estación de policía y corrió hacia la Rue des Gatines. Ellos corrieron más rápido y la alcanzaron antes de que llegara al cruce con la Rue des Pyrénées, la acorralaron y arrinconaron contra un muro, rápidamente le arrancaron la cartera, le dieron una bofetada, la amenazaron de hacerle daño si los seguía y se escaparon corriendo por la misma calle en dirección del hospital. Geneviève no pudo ni siquiera gritar. Llegó a la policía y denunció el robo. Le contaron que no era la primera persona que venía a verlos por el mismo motivo en esos días. Que iban a terminar atrapando a esos bribones», explicó Sara mientras llegaban a la Avenue Gambetta y tomaban la Rue des Gatines.

Fue en ese momento que sintieron unos pasos que los seguían y que se dieron cuenta de que no se habían cruzado con nadie desde el hospital. «¡Qué barrio tan extraño!», comentó Carlos. Sara miró hacia atrás y vio a dos personas que venían detrás pero una por cada acera como si estuvieran de acuerdo. Eran grandes y fornidos. «Caminemos más despacio y dejémoslos que pasen delante de nosotros», propuso Sara. Sin estar muy convencido pero con tal de tranquilizar a su mujer, Carlos empezó a caminar despacio. El hombre que venía detrás disminuyó también el paso. Carlos y Sara se detuvieron junto a un árbol a esperar a que el hombre se decidiera a continuar. Así lo hizo. Descansaron al verlo continuar delante de ellos y volvieron a caminar tranquilos convencidos de que era una falsa alarma. El ruido de los pasos de los cuatro peatones resonaba en la noche con un ritmo rápido, como si fueran a perder el último metro y tuvieran que apresurarse. Estaban a pocos pasos de la puerta de entrada de la estación de policía, cuando Sara se detuvo en seco. «¡Hombre! Con tanta prisa y nervios se me olvidó la cartera en mi oficina. Tenemos que devolvernos», dijo Sara. «¡Tú y tu cabeza! Como si tuviéramos tiempo qué perder», contestó Carlos de mal genio. Dieron media vuelta hacia el hospital dejando a sus dos acompañantes fortuitos seguir su camino por la calle desierta.

No se dieron cuenta de que el hombre que iba apresurado por la misma acera entró a la estación de policía y a los pocos segundos salió acompañado de dos agentes en uniforme en búsqueda de Carlos y Sara. A la altura de la Avenue Gambetta los interceptaron y los llevaron a la estación de policía. El hombre de civil resultó ser un policía que investigaba el caso de los robos y que al ver el comportamiento sospechoso de la pareja quería verificar si no eran ellos los asaltantes que tenían el barrio en jaque.

Sara no tenía su cartera ni papeles de identificación. Por descuido Carlos había dejado en el trabajo su cartera junto con los pasajes y reservaciones. El paquete de euros les pareció demasiado sospechoso en esas circunstancias a los policías. Las horas que iban a seguir durante el interrogatorio de la pareja, que por tener acento extranjero y caras nada típicamente francesas, iban a ser largas y difíciles. Si la mala pata continuaba, perderían el vuelo y el comienzo de sus vacaciones.

08:00 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (1) | Tags: ficción, suerte

domingo, 11 octubre 2009

Terroristas

NV-IMP524.jpgEl fallo del juicio a la peligrosa banda de Las Mismas ha sido pronunciado hoy en el Tribunal Supremo, Sala Tercera. Los años de cárcel para las siete mujeres suman un total de casi un siglo lo que asegurará que las jóvenes delincuentes no estén libres antes de mucho tiempo. Como hemos narrado en estas columnas diariamente en este juicio que ha llamado la atención de la ciudadanía, estas mujeres han atentado contra la vida de inocentes pero afortunadamente sin dejar muertos sino daños materiales y muy pocos heridos. Las pruebas fueron contundentes y el trabajo de la policía, impecable. En solo seis meses lograron infiltrarlas y hacerlas caer en una trampa. Los abogados de la defensa -todas mujeres- trataron de explicar la actuación del grupo como una reacción en defensa de las mujeres y una lucha armada por la liberación femenina. Las Mismas en efecto se dedicaron a poner bombas en sex shops, en burdeles, en almacenes de ropa femenina y artículos eróticos, en joyerías, en boutiques de artículos fetichistas de lujo, en agencias matrimoniales, en agencias de publicidad, en librerías especializadas en libros eróticos y en estudios fotográficos dedicados a la moda femenina.

La belleza de las féminas sorprendió a todo el mundo empezando por el jurado. Los sicólogos tuvieron muchos problemas para definir el perfil de las aprendices del terror. Durante el mes del juicio donde se analizaron sus antecedentes familiares, sus amistades, su medio social a través de muchos testimonios contradictorios, las siete mujeres se mantuvieron en un silencio sumergidas en un mutismo sorprendente. No quisieron contestar a ninguna pregunta. Se quedaban mirando a todos los presentes en la sala con unos ojos de odio impresionantes. Estaban vestidas sin ninguna sofisticación, con pantalones y camisas negras ceñidos al cuerpo, sin maquillaje, con sus cabellos engominados y teñidos de rojo, verde, azul, violeta, amarillo y naranja respectivamente. Sin embargo no lograban ocultar ni sus rasgos tan bellos, ni sus medidas corporales de reinas de belleza, ni sus estaturas imponentes de un mínimo de un metro con ochenta.

Era la primera vez que se descubría una banda terrorista compuesta únicamente de mujeres, todas iguales de malvadas y determinadas. A los policías les costó mucho convencerse de que esas jóvenes, que parecían tan débiles y mansas, eran la chusma más peligrosa y decidida que habían conocido. El ministerio público para evitar acusaciones de machista nombró como fiscales a sus mejores abogadas, todas mujeres, y el jurado también fue compuesto por mujeres de todas las clases sociales y condiciones económicas.

Solo hasta cuando el juez ordenó que todos se pusieran de pie para escuchar el veredicto y que este fue leído completamente, la jefa de la banda (la de pelo violeta) gritó con rabia que ellas seguirían su lucha para que la sociedad no las discriminara, que así como el MLF luchaba para que en los puestos de dirección hubiera igualdad entre los sexos, que los partidos políticos fueran dirigidos por mujeres, que los hombres también se ocuparan de sus hijos y de la limpieza de las casas, que a trabajo igual hubiera salario igual, ellas se ocuparían de darle también el mismo puesto a las mujeres en la parte más baja de la sociedad, la de los malos, la de los tontos, la de los marginados, para que esas franjas de la humanidad no fueran ocupadas solo por varones, que las mujeres también podían ser tan malas y bestias como cualquier macho.

Los periodistas, los policías, los abogados y todos los presentes en la audiencia no podíamos creer lo que estábamos oyendo. El juez ordenó que las sacaran ya mismo y las encerraran en la cárcel de mujeres a cumplir sus penas. De este juicio se hablará en los libros de historia como un hito insospechado en el camino hacia la igualdad de hombres y mujeres.

(c) Desde Madrid, Federico Niño Rico, corresponsal especial para El Espectador de Bogotá.