miércoles, 16 febrero 2011
Recurrencias
Como de costumbre me perdí de nuevo en una ciudad extranjera, esta vez, en un país árabe. Iba con un grupo de personas, padres de familia, a dejar unos niños en un espectáculo para más tarde volver a recogerlos. Consciente de que no conocía bien el camino, tuve la precaución de anotar la dirección en un papel que guardé cuidadosamente en mi bolsillo. En el camino de regreso, como lo temía, me perdí del grupo. Decidí regresar sobre mis pasos hasta el lugar inicial con la esperanza de volver a ver a los otros al cabo de un rato. Recordaba que tenía que girar a la izquierda, caminar dos cuadras, girar dos veces a la derecha y de ahí, como no debería de quedar muy lejos, con seguridad reconocería visualmente el lugar. Debí de equivocarme en algún lado; ya no había ningún edificio familiar aunque todo parecía no estar muy lejos de la Plaza Tahrir en El Cairo. Me acordé del papel con las señas que había escrito y en ese momento me desperté. Busqué la dirección en vano y me di cuenta de que se me había quedado en el sueño, de manera que nunca sabré dónde quedaba ese lugar ni si fueron a tiempo a buscar a los niños. A menudo me pierdo en los sueños y me cuesta volver a la realidad al despertar.
domingo, 13 febrero 2011
Dictador, dictaminador, díctamo y otras yerbas
La situación era más grave de lo pensado. Nadie había imaginado tan repentino suceso. La crisis se preparaba en calma cual vulgar estofado en espera de la fecha aciaga. Ese día estalló pitando como una olla de presión:
- Tantos años sirviéndolos a ustedes, dirigiéndolos, encargado de llevar las riendas de nuestra empresa, conduciéndolos por el camino más seguro hacia el éxito, hacia un mundo mejor y ¿es así como me pagan? ¡Qué ingratitud! Todos mis desvelos fueron vanos, mis esfuerzos no fueron reconocidos ni compensados. No me pueden sacar de aquí como un mueble viejo que hay que reemplazar. No, señores. De aquí no me saca nadie. Treinta años de leales servicios no se borran así. Por más de que griten ahí afuera, ¡no me voy! Pueden tumbar la puerta si quieren. No crean que voy a ser como Ben Ali o Mubarak. Nada de eso. Me niego a convertirme en un bagazo humano.
- Salga de ahí. Abra la puerta. Llegó el momento de partir. Se lo pedimos a las buenas. Mire que usted ya tiene sesenta y cinco años y es hora de voltear la página, de que una persona joven, alguno de nosotros, sus colaboradores, ocupe su puesto. No nos obligue a utilizar la fuerza. ¡Abra ya!
- ¡Desagradecidos! Esto se irá al garete si dejo mi puesto. Hay gente irremplazable, uno de esos soy yo. Después de mí, el diluvio. Si quieren que me enloquezca y muera en pocos días, fuercen la puerta, derríbenla a patadas. No voy a abrir. Ya me di cuenta de que me cortaron la conexión a Internet, de que interfirieron y enmudecieron mi teléfono móvil, que cortaron la línea telefónica, que afuera está el camión de los bomberos con esa escalera alta lista para entrar a la fuerza por la ventana. Si quieren que me suicide, entren ya mismo.
- No es para tanto. Usted lo sabía desde hace tiempo. Llegó la hora de dejar de trabajar. Tiene que jubilarse, señor director.
- No, no y no. Antes me ahorco o me tiro por la ventana,
- Bueno. Vale. Lo dejaremos en su puesto durante unos meses más mientras encontramos la forma de solucionar la cuestión administrativa de su jubilación. No es para tanto. Abra la puerta y hablamos.
- Así a las buenas, sí puedo abrir. Por fin encontraron el camino de la razón. Eso sí, cuidado con lo que hace.
La camisola de fuerza estaba esperándolo en el corredor. Una inyección soporífica completaba la recepción de despedida que le estaban preparando. El nuevo director de la fábrica por fin podría tomar sus funciones después de la jubilación forzada de ese patrón vejestorio. Todo volvía a la normalidad.
09:46 Anotado en Juego de escritura | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, jubilación, dictadura
domingo, 06 febrero 2011
A Hard Day's Night
Por fin ha llegado la noche de este día tan agotador. He estado trabajando como un perro. Oler las maletas en el aeropuerto es pesadísimo, pues esas narices electrónicas no funcionan bien todavía. Me iba mejor cuando teníamos perros de verdad. Además los pasajeros se ponen de mal genio con las colas y me sacan de paciencia. ¡Yo debería estar hecho un tronco! Tronco de sueño. Lo bueno es que cuando llego a casa buscándote, siempre encuentro las cosas que haces que me hacen sentir bien. Sabes que trabajo todo el día para conseguir dinero, para comprar cosas y vale la pena sólo por oírte decir que me vas a dar todo. Así que, ¿por qué diablos voy a quejarme?, si cuando te tengo a solas sabes que me siento bien, cuando estoy en casa todo parece ir bien, cuando estoy en casa sintiendo que me sostienes apretado y ajustado. ¡Oh! Me importa un pepino que mi mujer me haya dejado enfadada por culpa tuya. Es una celosa. Se llevó todo y me dejó solo ese pobre perro que ahora pasa casi todo el día solo ladrando y aullando. ¡No tardará también en abandonarme como en el famoso tango que cantaba Gardel! Da igual. Voy a comer algo rápido y voy a caer en tus brazos. En pocos segundos me vas a hacer olvidar todas mis penas. ¡Oh!, tú, ¡música de Mozart!, me vuelves loco, pero me apaciguas completamente.
08:00 Anotado en Juego de escritura | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, humor, música

