domingo, 07 febrero 2010
Cavilando en paz
Si la gente nos oyera los pensamientos,
pocos escaparíamos de estar encerrados por locos.
Jacinto Benavente
No me gusta estar sola en esta cafetería de mi trabajo. Hoy mis amigas con quien siempre vengo no están, pero la sed y las ganas de descansar unos minutos fueron más fuertes y me sacaron de mi despacho. Ahí entra la nueva pasante de mi servicio. Claro, como es joven y bonita, mis compañeros se pelean por estar con ella. A mí ya ni me miran esos imbéciles. ¡Bah! A ver si me consigo un filtro de amor con un morabito africano para ponerle en el café al buen mozo del tercer piso que está tan bueno. Cuando se descuiden me vengaré de mis colegas. Les voy a borrar unos ficheros electrónicos en que estén trabajando o les voy a introducir errores. Si me preguntan algo, me haré la tonta. ¡Ojalá el jefe se decida de una vez por todas a tomar su jubilación anticipada para ver si me ascienden! Me lo merezco. Tantos años de sacrificio en esta empresa y ningún reconocimiento. Lástima que el director que me protegía murió de un infarto hace dos años; si no, a estas alturas se hubiera divorciado y seguro que estaríamos viviendo juntos. Desde su muerte, no he logrado conquistar a nadie y es que los años se me han venido encima. A la bruja de su esposa casi la enveneno en una fiesta, ¡ja, ja! Me arrepentí a última hora. Espero no chiflarme. El otro día no me di cuenta y estaba hablando sola en el pasillo de mi piso. Fue la mujer de la limpieza preguntándome si le hablaba a ella quien me sacó de mis cavilaciones. Bueno... ya es hora de volver a mi despacho y dejar de pendejear aquí sola.
08:00 Anotado en Juego de escritura | Permalink | Comentarios (4) | Tags: ficción, pensamientos, cita
martes, 02 febrero 2010
Más cara (3)
Carmenza y Patricia hablaban de sentimientos y sensaciones. La una recordaba la alegría que sintió al encontrar a la vieja abuela embera que había conocido años atrás y que creía muerta, la tristeza de la despedida después de intercambiar tanto en pocos días, la sorpresa de sus descubrimientos, la alegría de haber coincidido con un viejo amigo en el hotel en Panamá o los dolores de estómago con un plato nuevo que quiso probar; la otra, sus ilusiones con el nuevo trabajo de representante de una pequeña empresa suiza en España, la pasión que estaba viviendo con un hombre mayor que le había prometido que se iba a divorciar por ella, la dicha de haber conseguido la ropa que buscaba a buen precio en saldos en El Corte Inglés o la furia de tener que competir con otros vendedores inescrupulosos que no querían dejarle tomar una parte mínima del mercado.
Antonio oyó a un primer grupo de banqueros, liderados por Jean y Elena, hablar de sus sueldos, de sus riesgos, de sus promociones, del estrés con que vivían desde la crisis, de la suerte de tener todavía esos empleos, de la competitividad, de las acciones que estaban en alza y de las que estaban perdiendo valor vertiginosamente, de lo bueno y lo malo del capitalismo, del secreto bancario que se estaba acabando, de sus próximas vacaciones, de sus ropas nuevas, de sus nuevos artilugios electrónicos de moda y de otras cosas de valor para ellos.
En un segundo grupo escucho a unos deportistas, en particular Giorgio y Nina, contar lo que habían logrado en el esquí, en las competencias de maratón en la última Escalade de Ginebra, en sus progresos en el fitness, en las carreras en bicicleta o con el régimen alimenticio de moda; intercambiar trucos para aumentar los músculos, la resistencia, la puntería en tenis o en golf, comentar el buen ambiente del fútbol o las nuevas llaves del judo o de la lucha grecorromana.
Así estuvo de grupo en grupo pasando de los practicantes del verbo tener, hacer, querer, ser, conocer, ver, sentir, soñar o criticar, con sus máscaras características en la vida social debajo de los disfraces de carnaval.
En ese recorrido por la fauna urbana, en un claro del bosque se encontraron de nuevo Carmenza y Antonio como aislados del mundillo que los rodeaba. «¿Te diviertes?», preguntó ella. «Me gusta observar a la gente y esta fiesta es un lugar ideal para ver cómo se comportan. Me siento distante y distinto de todos. En el fondo solo soy un pobre pescador de un puerto cantábrico», contestó. «Todos somos diferentes, pero nos comportamos como actores en la vida. La verdadera sinceridad no existe. Aquí hay personas de diferentes medios sociales y educación. No hay por qué sentirse mejor o peor que los demás», dijo ella. En ese momento entró Patricia con su gran olla de comida embera y los invitados se botaron como moscas sobre ella con la curiosidad de siempre por esos platos exóticos que les preparaba.
domingo, 31 enero 2010
Golpe de tenedor
08:03 Anotado en Juego de escritura | Permalink | Comentarios (4) | Tags: microcuento, ficción, fotografía

