lunes, 02 noviembre 2009
Palabras raras
La ayorea estaba aburrida de que su jefe la cholee todo el tiempo. La habían contratado de todero, le tocaba limpiar desde el lintel hasta la colección elegíaca de novela que estaba llena de teruvelas. Era un contrato anuo. «Si este no se hinoja para pedir perdón, yo lo hiño contra el piso. Ya lo tundirás, ya lo tundirás como si fuera un paño», dijo la mujer decidida.
- Anuo, nua = adj. Annual.
- Ayoreo, a = 1. adj. Se dice del individuo de un pueblo amerindio originario de la región boliviana de Chiquitos. U. t. c. s.
- Cholear = tr. Perú. Tratar a alguien despectivamente.
- Elegíaco, ca o elegiaco, ca = 1. adj. Perteneciente o relativo a la elegía.
- Heñir = tr. Sobar con los puños la masa, especialmente la del pan.
- Hinojar = intr. p. us. arrodillar (‖ ponerse de rodillas). U. t. c. prnl.
- Lintel = m. Lindel o dintel de puertas y ventanas.
- Teruvela = f. ant. polilla.
- Todero, ra = adj. coloq. Col. Dicho de una persona: Que hace de todo, especialmente si se trata de oficios manuales.
- Tundir = tr. Cortar o igualar con tijera el pelo de los paños.
08:00 Anotado en Juego de escritura | Permalink | Comentarios (2) | Tags: ficción, scrabble, español
domingo, 01 noviembre 2009
Encuentro fantástico (1)
Estaba en la biblioteca central de la universidad estudiando para el examen de topología. Mi amiga Karina llegó en ese momento y me dijo: acabo de ver a tu hermana. «¿Cuál hermana? Ninguna de mis hermanas estudia en esta universidad», contesté. «Pues está aquí arriba en la plazoleta hablando en un corrillo. Si quieres puedes ir a verla. Es idéntica a ti», contestó. Me pareció muy curioso. Soy tan imaginativo que empecé a pensar cosas raras. ¿Tendría yo una hermana gemela sin saberlo? ¿Tendría uno de mis padres una hija sin que yo lo supiera? ¿Qué tal que fuera un ser fantástico y que al encontrarla nos destruyéramos mutuamente como materia y antimateria o nos transmutáramos cada uno en el cuerpo del otro, yo en mujer y ella en hombre? «Ven. Acompáñame. Quiero verla con mis propios ojos”, propuse. «No, ve tú solo. Tengo que estudiar para el examen de psicología», contestó. No pude resistir a mi curiosidad, recogí mis libros y cuadernos, me despedí y me fui a buscar a mi doble femenino.
Eran como las 11 de la mañana. Mucha gente caminaba de un edificio al otro cambiando de clase, entrando o saliendo de la universidad. Al salir de la biblioteca, giré a la izquierda, subí unos pocos peldaños y me dirigí por el camino que pasa frente al Departamento de Matemáticas buscando la plazoleta de ingeniería hacia arriba. Antes de llegar a las escaleras me encontré con Pedro que tenía un paquete de libros en su mano izquierda, el primero de los cuales tenía como título El Idiota de Dostoievsky. Desde lejos parecía un letrero indicando quién estaba ahí de pie. Me pareció gracioso hacerle una broma tonta. «¿Estás leyendo una autobiografía?”, pregunté. «Sí, una autobiografía de tu padre, pendejo. ¡Oye!, Alejandro, allá arriba está tu hermana con un grupo de amigas”, contestó. «Precisamente voy a encontrarme con ella”, refunfuñé enfadado. Subí por la escalera hasta llegar a la plazoleta. El día estaba soleado. Muchos estudiantes estaban sentados en escalinatas o en los prados alrededor. Junto al puesto de venta de bebidas y brownies, había más grupos de jóvenes conversando o esperando turno. Empecé a buscar a mi doble sin éxito. Escuché que a mi lado que decían: «¡Oye!, Ángela. Parece que tu hermano te está buscando». Giré hacia atrás y me encontré con una joven de mi edad de pelo negro largo y con bucles, ojos cafés y piel blanca como la mía. Parecía una foto de mi madre cuando joven. No supe qué hacer. Me quedé como embobado mirándola. Ella dejó de hablar con sus amigas y me volteó a mirar. Le vi, cómo si fuera en un espejo, la misma cara de sorpresa que creo que yo tenía. «Hola. Me llamo Alejandro. Te estaba buscando. ¿Podemos hablar?», le dije finalmente. Sus amigas le dijeron que volvían por ella a la plazoleta dentro de un cuarto de hora pues tenían que ir a no sé qué facultad por unos papeles. Nos sentamos en las escalinatas de la plazoleta en un lugar apartado. Nos hizo bien estar sentados. «Nunca te había visto en los Andes. ¿En qué facultad estás?», pregunté. «No, en realidad estudio en la Javeriana y vine solamente a acompañar a mis amigas que necesitan información sobre los trámites para cambiar de universidad», me contestó con un acento costeño que me agradó. «Me dijeron que mi hermana estaba aquí y resulta que eres tú a quien encuentro. Tienen razón, pues nos parecemos mucho. ¡Ja, ja! Cuando se lo cuente a mis padres no lo van a creer», expliqué. El cuarto de hora pasó muy rápido. Apenas pudimos contarnos de dónde éramos, de dónde eran nuestros padres, en qué ciudades habíamos vivido sin encontrar nada que explicara ese parecido tan impresionante. Al final me dijo que había estado pensando en cortarse el pelo y que ahora viéndome a mí ya tenía una idea de cómo se vería con el pelo corto. Nos reímos. Sus amigas volvieron como lo habían prometido y al despedirnos le di mi número telefónico para que nos volvieran a encontrar y conociéramos nuestras familias respectivas.
sábado, 31 octubre 2009
Director de orquesta
Me gustaría ser músico en una orquesta dirigida por Gustavo Dudamel. Me da la impresión de que se divierten mucho. Me encanta la alegría y energía con la que las dirige. Parece que la orquesta fuera un solo cuerpo de un gigante que respira animado por la batuta. Además las obras que escoge son muy agradables. Pero claro, como no soy músico, es un sueño imposible.
Me gustaría ser miembro de un equipo de programación de un sistema enorme y original en el que participaran los mejores informáticos del mundo. Poder encontrar soluciones geniales e ir construyendo poco a poco un sistema que parezca respirar al ritmo del teclado o de los mensajes electrónicos. Pero claro, como no estoy trabajando en una gran empresa de ingeniería de software, ese sueño no lograré realizarlo.
Me gustaría tener mucho tiempo libre, dormir poco, soñar mucho despierto y dormido, trabajar sin sueldo en empresas culturales de creación literaria, teatral, cinematográfica o de juegos de mente para que la gente se encuentre, hable, se divierta y olvide sus problemas. Pero claro, como el día tiene solo veinticuatro horas de las cuales paso la tercera parte dormido, otra tercera parte trabajando y de tiempo verdaderamente libre no me queda mucho, tocará dejarlo en veremos.
Me gustaría tener el don de la ubiquidad y poder compartir la vida con todas las personas que he conocido y querido en esta vida y que ahora están lejos de mí y yo de ellas, pues el correo electrónico aunque reduce la distancia no reemplaza al encuentro real. Pero este cuerpo limitado de sesenta y pico kilos de peso no tiene sino dos ojos y un corazón que miran y palpita solamente aquí y ahora.
En fin, me gustaría que este instante, en el que escucho la orquesta filarmónica de Berlín dirigida por Dudamel tocando el tango A fuego lento de Horacio Salgán, tengo en la cabeza dos días fresquitos de programación informática por digerir, tengo un poco de tiempo libre que estoy consumiendo y saboreando, tengo un teclado a mi alcance para escribir estas bobadas y una web disponible para colgar el resultado y tocar con los pixeles a una ínfima parte de los ojos y cerebros y corazones de la gente que va a leerlo y que ya por ese simple motivo aunque estén lejos los siento cerca, fuera eterno.