Ok

By continuing your visit to this site, you accept the use of cookies. These ensure the smooth running of our services. Learn more.

domingo, 27 septiembre 2009

Cerebro de aguapanela

NV-IMP513.jpg

"Der Mensch ist, was er ißt"
Feuerbach


El destino los había citado esa noche aunque ya sus caminos se habían cruzado varias veces. Álvaro está sentado con sus amigos comiendo en el restaurante Desayunadero Tony de la 17 con 51 después de una noche de fiesta un sábado en la madrugada. Lo bueno de ese lugar, además de la comida, es que está abierto noche y día sin parar. Jairo vaga por las calles de Bogotá buscando qué comer o en últimas, buscando robar algo para vender y poder comer.
Álvaro come un tamal santandereano muy copioso acompañado de cerveza y arepas de leña. Sus amigos consumen caldo con huevo, pepitoria, cabrito, carne oreada o mute. Jairo encuentra en las basuras del restaurante restos de un ponqué de cumpleaños que han tirado dentro de su caja con todo y velas y afortunadamente no está contaminado por las inmundicias que lo rodean.

La familia de Álvaro vivió en la parte alta de Chapinero en el límite del barrio residencial y los cerros donde ya empezaban a instalarse tugurios con sus casuchas de lata donde vivió en la misma época la familia de Jairo. En esos años las casas de los ricos no tenían ventanas con barrotes, ni muros con garitas, ni vigilantes armados; los niños podían jugar en la calle sin peligros. La madre de Jairo iba a lavar y planchar ropa a casa de Álvaro y su padre, a cortar el césped y efectuar reparaciones fáciles. El padre de Álvaro era abogado. Cuando nació Jairo, su madre y él casi se mueren; el padre de Jairo fue a pedir ayuda a casa de Álvaro y la familia los llevó de urgencia en su carro al hospital militar cercano donde los salvaron de milagro. El padre de Álvaro pago los gastos de la cesárea.

El lugar está muy animado a pesar de la hora nocturna. Chistes, anécdotas, risas, chismes condimentan el menú del grupo. Un guardián entra al local y pregunta por el dueño de la camioneta Suzuki blanca que está en la esquina. De una mesa de al lado un gordo que no ha parado de comer dice que es de él. Le anuncian que le han robado una rueda a su carro y que en su lugar encontrará una pila de ladrillos que sostiene el vehículo. El hombre sale apresurado a comprobar si es cierto. En la mesa de Álvaro hay risas y chistes sobre la astucia de los ladrones que nadie vio actuar.

Álvaro y Jairo nacieron el mismo año. La comida que sobraba en casa de Álvaro era para la familia de Jairo o para otros pobres que pasaban por las noches con sus ollas pidiendo de casa en casa. Álvaro desayunaba huevos con chocolate y pan todos los días, no le faltaban las onces, las mediasnueves, el almuerzo y la comida. Jairo casi siempre desayunaba con aguapanela y pan duro y comía una o dos veces al día arroz, caldos de hueso y gaseosas, a veces pan o arepas. Álvaro iba al colegio en bus. Jairo no podía ir a la escuela, pero por las tardes la mamá de Álvaro enseñó a leer y escribir a un grupito de niños pobres entre los cuáles estaba Jairo. En el parque más cercano jugaban fútbol niños ricos y pobres, con los balones de los niños ricos. La ropa usada de Álvaro también era para los pobres.

Álvaro deja de reírse y se levanta a verificar si su carro está en buen estado. Otros clientes preocupados siguen su ejemplo. El carro de Álvaro está más lejos que los demás, en un callejón un poco oscuro. Todo parece normal. Su carro es un viejo Renault 4 que no cambia por nada, más por razones sentimentales que por motivaciones prácticas y económicas. Está a unos diez metros del auto y ve que las ruedas de su lado están en el puesto. Quiere ir a ver del otro lado, pero percibe una sombra dentro del auto. Se apresura y encuentra la puerta de lado del pasajero delantero abierta y un hombre dentro forcejeando por extraer la rueda de emergencia. Es Jairo el que intenta robar la rueda. «¿Qué pasa? ¡Salga ya mismo de mi carro!», dice Álvaro.

Cuando la seguridad del barrio empezó a cambiar y los hijos fueron creciendo, poco a poco las familias se mudaron más al norte de la ciudad a urbanizaciones cerradas o a edificios altos con guardianes armados. Las casas familiares del barrio de Chapinero arriba de la carrera séptima se fueron llenando de comercios o reemplazadas por edificios de apartamentos y oficinas.
Álvaro se graduó de ingeniero en la universidad. Jairo se graduó de raponero en el centro de la ciudad y se especializó de carterista en los autobuses. Sus caminos se separaron por mucho tiempo.

Jairo se da cuenta de que lo han descubierto y sale rápidamente del carro. «¡Tranquilo, tranquilo!, hermano», dice Jairo con su cabeza que le da vueltas por los efectos de la gasolina que estuvo oliendo hasta hace unos minutos. Se encuentran a pocos metros de distancia. No se reconocen, no pueden reconocerse, han cambiado demasiado desde la última vez que se vieron.
Álvaro tiene rabia y deseos de coger a golpes al ladrón o gritar para pedir ayuda. De repente Jairo saca del bolsillo un cuchillo y amenaza a Álvaro. Hay un momento de tensión. Álvaro da dos pasos hacia atrás para alejarse del filo metálico que brilla en la oscuridad. Jairo aprovecha para salir corriendo con el estómago vacío y sin su botín en la noche oscura por una calle vecina. Álvaro se alegra de que no le haya pasado nada grave. Cierra la puerta que el ladrón ha forzado y regresa al restaurante para contar lo ocurrido, pagar su cuenta e irse a casa.

Quizás se vuelvan a cruzar otro día u otra noche. Quizás no.

lunes, 21 septiembre 2009

Detrás de un título

NV-IMP509.jpgEscribir un relato a raíz de un título es novedoso para mí. Es raro. En general pienso un relato, se me ocurre un título provisional y cuando termino de escribir el texto completo, releo el título varias veces y lo cambio hasta quedar satisfecho. A veces el título definitivo no tiene nada que ver con el provisional; otras veces cambio muy poco o nada.
Pues bien, a partir de diecisiete títulos de relatos negros, me inventé o armé uno solo, demasiado largo para un libro y que dice:

Remordimiento, terapia, corrección, evasión, destierro y muerte a disparos de la familia del matarife Matrix en el mundo sin identidad en tiempo de robo una noche de tinta negra en manos de Sor Furcia

Ahora me tocaría escribir el relato que se esconde detrás de ese título tan largo, sin verbos, pero que no tenga nada que ver con los diecisiete cuentos, que sea independiente. Ya hay dos personajes: el matarife Matrix y Sor Furcia. Un matarife es ya alguien que mata animales, un ser violento. Una monja es normalmente todo lo contrario. Sor Furcia, ¿roba, mata o simplemente utiliza la tinta quizás para escribir?
Aquí por ejemplo hay muerte a disparos y de una familia, quizás toda la familia. ¿Padres, hijos, nietos, tíos, primos? ¿Asesinato, venganza, accidente? Se ve que es una familia que sufre pues pasa por etapas de remordimiento (¿De qué? ¿De maldades hechas o de palabras pronunciadas?), terapia (¿física o sicológica?), corrección (¿Cárcel, castigos, golpes o simples amonestaciones y consejos?), evasión (De nuevo, ¿física o mental o las dos? Huida y persecución), destierro (pienso en guerras, amenazas, desplazamientos forzados, viajes).
En qué orden hacerlos recorrer esos estados y cómo lograr que pasen de uno a otro naturalmente o sorprendentemente. Un mundo sin identidad puede ser un lugar universal, es decir unos hechos que no se identifiquen con un pueblo, una cultura o un país; un lugar cualquiera. Tiempo de robo podría ser la noche facilitadora y protectora o la guerra con sus saqueos y violaciones. La tinta negra podría ser el color de la noche o las manos de la monja.
Me encuentro al pie de un árbol frondoso para escalarlo y cada bifurcación de las ramas es una posibilidad de escritura hasta llegar a cada una de las hojas que serían al fin y al cabo tantos cuentos o desenlaces. Un título es importante para un libro o un relato. Debe despertar la curiosidad. Debe dar ganas de seguir leyendo.
La imaginación nos hace viajar a lugares remotos en instantes. Ya veo al matarife Matrix de joven siendo el novio de Furcia que por despecho se ha metido de monja después de matar por celos a la amante secreta de Matrix, un luchador mexicano enmascarado y justiciero. La familia de Matrix podría ser mafiosa y rica o, al contrario, honesta y pobre, aunque mafiosa pobre u honesta rica sería más original. Muertes y más muertes. Es un tópico muy común en la ficción. ¿Hay novelas sin muerto? ¡Ay!, muertos sin novela.

domingo, 20 septiembre 2009

La mujer invisible

NV-IMP508.jpg

«El deseo es la verdadera esencia del hombre»
Spinoza


Luz Marina estaba feliz pues había logrado su deseo más fuerte y por el que había luchado toda la vida.
Fue una niña bonita, introvertida, inteligente y tímida. Nunca hacía ruido. Jugaba casi en silencio mientras sus hermanos gritaban y corrían como locos. En la escuela casi nunca preguntaba, hablaba solo cuando la interrogaban; con la cara colorada siempre respondía bien y sacaba las mejores notas. En el recreo prefería estar con las niñas más juiciosas y sentarse a imaginar cuentos fantásticos.
La adolescencia fue un martirio pues de repente sintió que todos los hombres la miraban a medida que su cuerpo se transformaba como un botón de rosa que se abre y atrae con su perfume a los insectos polinizadores. Quería que se la tragara la tierra. Se vestía de negro para ocultar sus formas y casi ni se maquillaba. Cuando ya todas sus amigas eran señoritas y no podía vivir más en su mundo de niña, tuvo un par de novios tímidos pero despabilados como ella con quien prefería más hablar que besarse y acariciarse. Siempre declinó invitaciones para participar en concursos de belleza o trabajar en la publicidad.
En su época había muchas profesiones vedadas a las mujeres. Sus padres aceptaron que estudiara secretariado comercial, aunque hubieran preferido que no estudiara, se casara rápido y les diera muchos nietos. Ella hubiera querido estudiar medicina o ingeniería o aviación, pero no la dejaron. Gracias a sus buenas notas consiguió de inmediato un trabajo en el Ministerio de Obras Públicas.
Los funcionarios anduvieron siempre detrás de ella pero ella se escabullía. Nadie tenía queja por su labor, casi todos la conocían pero ella prefería andar sola evitando reuniones y fiestas. Obtuvo ascensos y premios hasta llegar a ser la secretaria del ministro. Siempre evitó las cámaras fotográficas y la televisión. Su círculo de amigos era muy reducido: no crecía y no disminuía, pues olvidaba muy fácil a quien dejaba de ver.
Apenas pudo, se fue a vivir sola en un apartamento céntrico en un lugar muy animado de la ciudad. Los fines de semana, pasaba horas mirando la gente desde su ventana e imaginando cuentos fantásticos como cuando era niña. Aceptaba muy pocas invitaciones de sus amigos. Alguna vez vivió con un novio pero no aguantó la vida de pareja. No quería tener hijos. No quería dejar huella de su paso por la Tierra. Eso sí, leía, iba a cine o a teatro, veía televisión, asistía a conciertos, pero lo que más disfrutaba era estar con sus amigas para oírlas hablar de sus vidas como si fueran novelas de ficción.
Sus padres murieron cuando ella tenía cuarenta años. Sus hermanos se casaron y así tuvo varios sobrinos. Ella no los veía a menudo y con el tiempo apenas si se llamaban por teléfono para Navidad.
Con sus economías compró su apartamento que decoró a su gusto, sin excesos, y también viajó por todo el mundo; siempre en grupos donde se fundía en la masa pero sin querer terminaba sobresaliendo por su viveza y por el rubor que le subía a la cara cuando se sentía el centro de atracción del grupo. Atravesó todas las crisis de su país y del ministerio sin incidentes para su vida.
Se jubiló a la edad máxima que pudo pues le gustaba su trabajo. Cuando ya tuvo tiempo libre, lo pasaba visitando museos y exposiciones o escuchando conferencias en la universidad para la tercera edad. Siempre había algún galán que quería conquistarla pues la belleza madura los seguía atrayendo.
Sin embargo, ese día Luz Marina sintió que era por fin feliz por haberse hecho realidad su deseo más fuerte y por el que había luchado toda la vida. Su figura había cambiado, su pelo blanco, sus arrugas, sus kilos de más la habían transformado y por primera vez en muchísimos años había sentido que era transparente, invisible, nadie se fijaba en ella, ningún hombre la admiraba en la calle, ninguna mujer celosa la odiaba en la calle, pasaba por fin indiferente para el mundo. ¡Había llegado al centro del laberinto, al ojo del huracán y no quería salir más de él!

11:00 Anotado en Juego de escritura | Permalink | Comentarios (1) | Tags: máxima