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martes, 13 julio 2010

Surrealismo

NV-IMP661.JPGNo sé cuál término cuadre mejor entre extravagante, incongruente, incoherente o surrealista. Dice el diccionario que el surrealismo intenta sobrepasar lo real impulsando con automatismo psíquico lo imaginario y lo irracional. Quizás un poco de todos.

Fue la impresión que me quedó después de un coctel al aire libre al borde del lago Leman al final de la tarde. Muchos embajadores, diplomáticos, funcionarios internacionales, políticos locales, algún que otro aristócrata y gente de esos círculos tomando champaña y comiendo pasabocas pero criticando la mundialización, el capitalismo, la mala distribución de las riquezas, la corrupción, la burocracia, la vida difícil, la juventud desorientada, la vida fácil, la juventud consciente de los problemas del planeta, el machismo, las exigencias de Ingrid Betancourt, las madres solteras y no sé qué más temas. De pura casualidad estuve también charlando con una gringa que estudió un año en Bogotá en mi universidad, pero en los años noventa y yo ya no vivía en Colombia.

Quizás fue el corrillo que me tocó, pero así es la vida, a veces un poco extraña.

miércoles, 26 mayo 2010

Reflexiones bicentenarias

NV-IMP643.JPGNo soy ningún experto literario. Mi formación es científica y matemática. Soy un ingeniero informático que le gusta leer; escribir es mi pasatiempo favorito. He vivido más años en Francia que en Colombia, pero cuando me vine a estudiar aquí se suponía que pasaría solo tres y regresaría. La distancia en el espacio y en el tiempo cambian mucho nuestra visión del mundo. Cuando yo vivía en Ibagué y en Bogotá, mi contacto con extranjeros era muy escaso. Todo el mundo hablaba español a mi alrededor. Latinoamérica e Hispanoamérica eran conceptos abstractos. Fueron años de dictaduras en países hermanos y de refugiados argentinos, uruguayos y chilenos en Colombia, mi país.

Aquí en Europa he conocido gente de todas nacionalidades, he disfrutado del acento y de los modismos de tantos hispanohablantes a tal punto que mi mismo idioma y acento se han neutralizado e internacionalizado. Además gracias a la revolución informática de la Internet, podemos escribirnos, oírnos o vernos con gente que vive muy lejos, a pesar de que quizás no hablemos con el vecino del edificio donde moramos. Me pregunto si el hecho de viajar, de ser emigrado, no será un elemento primordial en la escritura. Tenemos por ejemplo a Cortázar, Borges, Álvaro Mutis, Pablo Neruda, García Márquez o Vargas Llosa y hasta Cervantes que fueron viajeros. Escribir es viajar.

Doscientos años nos separan de esa época de las independencias americanas que fueron relativas ya que siempre el pez grande se come al chico. Desde esta ciudad donde el filósofo Voltaire vivió veinte años en la segunda mitad del siglo XVIII y escribió la mayor parte de su obra, pienso en mi país y en mi continente tan lejanos. Doscientos cincuenta años me separan también del Ferney y de la Ginebra de la época volteriana. Veo que la evolución de esta zona fronteriza tiene su parecido con lo que pasó en América. Aquí tras la llegada del filósofo la población local creció de ciento cincuenta personas a mil en veinte años. Hoy la región de Ginebra tiene una población cosmopolita que se acerca al millón de habitantes.

Creo que la literatura ha tenido una evolución muy similar. Los descendientes de los conquistadores y colonos españoles se instalaron en ese Nuevo Mundo, en una zona de exclusión para las demás potencias de la época. Los criollos quisieron la independencia de la Madre Patria aprovechando que Napoleón estaba haciendo de las suyas en Europa. ¿La pérdida de las colonias fue culpa de Napoleón o era un proceso ineluctable? Los americanos ya huérfanos de Europa seguían soñando con ella. Anduvieron mucho tiempo obsesionados por la cultura europea que suponían superior e inalcanzable. El mito del viaje a Europa y después del viaje a Estados Unidos ha nutrido mucho nuestra literatura. Sin embargo el costumbrismo y los relatos arraigados en América no faltan. Obras colombianas conocidas del siglo XIX y comienzos del XX tales como La Vorágine de José Eustaquio Rivera, 1924, la poesía de José Asunción Silva, 1865-1896, o María de Jorge Isaacs, 1867, tienen un sabor local y al mismo tiempo una relación con la cultura europea.

Por esa necesidad de las naciones jóvenes de buscar la identidad creando mitos y buscándose enemigos, muchos americanos creen que los españoles siguen siendo los mismos enemigos contra los que peleó la independencia. No lo creo. Tanto ellos como nosotros hemos cambiado. Los conquistadores que llegaron a América tenían mentalidad medieval. El gran error de los americanos fue haber desmembrado el continente. Sin embargo, a pesar de que en esa época era difícil mantener la unidad, Brasil lo logró y hoy es una potencia emergente. Si Hispanoamérica se uniera, tendríamos más peso en el mundo. A la hora de la verdad hay muchas más cosas en común entre los países de habla hispana que cosas que nos separan y dividen. Los grandes perdedores de esta aventura han sido evidentemente los pueblos indígenas, los antiguos propietarios de la tierra hoy todavía menospreciados. ¿Hay literatura indígena?

Para la literatura no se necesita ser desarrollado. Basta un lápiz, un papel, imaginación y talento y de eso hay por todas partes del mundo. Al leer libros colombianos como El olvido que seremos de Hector Abad Faciolince, 2007, Delirio de Laura Restrepo, ganadora del premio Alfaguara de novela 2004 o Rosario Tijeras de Jorge Franco Ramos, ganador de la Beca Nacional de Novela del Ministerio de Cultura con esta obra en 1999, con la que también ganó en Gijón, España, el Premio Hammett, pienso que la literatura hispanohablante tiene presente y futuro. Hoy gracias a la sociedad de la información, el acceso a la difusión se ha democratizado, dándonos los medios para escribir y ser leídos por millones de personas; la dificultad está en poder encontrar lo mejor entre tanto escritor aficionado de calidad variable.

sábado, 03 abril 2010

El mundo real

NV-IMP632.JPGAnoche llegaba mi hijo de París casi a medianoche. Fuimos a buscarlo a la estación de tren Cornavin. Eran las once y media. No es habitual pasearse por ahí a esas horas. Todos los almacenes están cerrados y solo quedan grupitos de jóvenes o de vagabundos que a uno le parecen traficantes de droga o pandilleros. Algunos policías patrullan esporádicamente. A medida que nos acercábamos a la puerta de salida del andén del tren de alta velocidad francés, encontramos cada vez más gente: unos mirando los anuncios de llegadas y salidas de la estación, otros hablando por teléfono, charlando animadamente en voz baja o normal o con carcajadas estridentes. Muchos simplemente estaban de pie silenciosos observando la fauna urbana mientras caminaban o descansaban apoyados a una pared o un rincón del amplio corredor. A un lado quizás dentro de una cabina telefónica un joven de unos veinte años interpelaba a los peatones espetándoles a primera vista incoherencias. Después de darle un corto vistazo nos miramos dirigiendo nuestros pasos y nuestros ojos a otro lugar para evitar que de pronto se metiera con nosotros directamente y hasta con violencia. Es lo que por experiencia uno debe hacer con los locos o con un perro de aspecto agresivo.

Ya bien en frente de la puerta de salida y a sabiendas de que el tren llegaría con cinco minutos de retraso según informaba el tablón de anuncios estuvimos observando alrededor como la mayor parte de los demás. Nuestros ojos se cruzaron con una joven rubia bonita y bien vestida con minifalda y ropa de tonos marrón que observaba en silencio al otro extremo. Un hombre con un abrigo de paño verde grueso y amplio caminaba lentamente de izquierda a derecha sin cesar. Las risas de un grupo de jovencitas con el pelo violeta claro, anillos en las narices y cervezas en las manos que pasaba por detrás nos sorprendió. Otra pareja que esperaba detrás de nosotros nos sonrió. Mi esposa comentó algo con ellos y empezaron a charlas. Resultó ser la secretaria del ortodontista que enderezó la dentadura de nuestros hijos hace años.

La charla no duró mucho pues empezaron a salir los pasajeros por la puerta automática del frente y nuestro Diego apareció de repente en medio de decenas de cabezas. En ese instante éramos muchos entre los que recibían, los que llegaban y los que pasaban. Mezcla de idiomas en el bochinche de los saludos, pasos rápidos para alejarnos del lugar. La vida sigue su rumbo.

Se me antoja que ese corredor es como el mundo de los blogs. Todos hablamos como locos en medio del bullicio sin que nadie nos ponga cuidado salvo contadas excepciones cuando entablamos conversación con un desconocido que detiene su paso o con un amigo que nos saluda, pero la mayor parte de la gente nos ve sin mirarnos y nos oye sin escucharnos.