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domingo, 04 noviembre 2012

Gourmet

NV-IMP826.JPG«Perdone, ¿dónde está la sección de ciencias?», preguntó el niño. La bibliotecaria sonrió al ver un lector tan joven interesarse por esos temas. Le indicó la sección correspondiente y se olvidó de él hundiéndose en sus papeles.

La sala estaba llena de estudiantes silenciosos leyendo libros gordos de todo tipo, haciendo tareas o conectados a la Internet en largas filas de terminales informáticos.

El pequeño buscó entre los manuales de química sistemáticamente hasta que encontró el que necesitaba. Por fortuna estaba en uno de los estantes de abajo. Pasó las páginas hasta llegar al índice donde estaba la fórmula mágica de la que hablaban en un foro de la Internet pero sin dar detalles suficientes. Fotografió las páginas correspondientes y se esfumó.

La bibliotecaria no lo vio salir y al final del día ya lo había olvidado por completo. Dos días después, leyendo el periódico y viendo su foto en la primera página, lo reconoció de inmediato. El artículo decía:

Niño de 8 años fabrica un pedo químico para protestar por la calidad de su restaurante escolar. El establecimiento estará cerrado varios días mientras logran quitarle el mal olor. El director prometió mejorar la comida. El niño ha sido excluido de clase durante una semana. Su padre, un chef de restaurante de cinco estrellas, ha declarado que comprende a su hijo pero que no aprueba sus métodos.

domingo, 28 octubre 2012

Desde el final

ficción,desilusión,memoria,cambiosHacía tanto tiempo que no se veían que no se reconocerían. Por eso se sentó con una flor en la solapa en la mesa convenida de la cafetería del centro comercial. Ella debería llegar con un sombrero de cinta roja, gafas negras y un vestido blanco y rojo. Se sentó entusiasmado a esperarla.

El mesero trajo la bebida que había ordenado. Mientras la saboreaba lentamente, pensaba en tantos lustros alejado de la ciudad. Treinta años de demoliciones y construcciones caóticas habían dejado reconocible solo la ciudad vieja. Si se hubiera quedado, todo le hubiera parecido natural y tal vez ya ni se acordaría de ella, la mujer que vendría de un momento a otro. Cuando se despidieron, le dijo que volvería a buscarla, se dieron un beso apasionado (¿en un cine, en un carro, en la sala de su casa?) pero la distancia borró las promesas y secó las lágrimas de los ojos.

Una sombra lo sacó de sus cavilaciones. Estaba frente a él la mujer que tanto quiso en su juventud. El corazón le palpitaba con fuerza. Se levantó para saludarla con un beso pero ella muy fría le tendió la mano y se sentó sin tardar.

‑De manera que has vuelto a la escena del crimen, Orlando.

‑No has cambiado, Amalia, siempre tan hermosa y elegante.

‑Casi no vengo, pero la curiosidad por ver tu cara me ganó. A ti sí que se te notan los años, amigo. Te veo canoso, gordo y arrugado, aunque parece que todavía tienes fuerzas. ¡Ja, ja!

‑Te encontré por Facebook. Deberías de tener cuidado con la información que publicas ahí. En tu perfil aparece tu dirección y teléfono. Poco prudente.

‑No sé cómo llegaste a mí ni por quién te hiciste pasar o amigo de quién te hiciste para poder entrar de repente en mi vida.

‑Te llamé varias veces pero no me atreví a hablar. Cuando por fin tomé valor, alguien me dijo que estabas de viaje. Menos mal que al fin pudimos darnos cita. Estuve paseando por el barrio. Todo ha cambiado. Lo veo más pequeño y viejo. Fue como recorrer postales antiguas con fachadas de hoy. Las calles donde caminábamos tomados de la mano, las casas de los amigos donde organizábamos fiestas, el club social donde nos conocimos desde niños… Ahora sí, vengo por ti.

‑¿Quién te crees? He hecho mi vida sin ti. ¿Esperabas sinceramente que dejaría todo ahora mismo para irme contigo? ¡Ja, ja! Pobre idiota.

Orlando pensó en el tiempo perdido, en su vida en Estados Unidos, en la clandestinidad, en los sufrimientos, en sus matrimonios y divorcios, en la enfermedad que le habían descubierto y que poco a poco iría a borrarle todos sus recuerdos y memoria. Para qué contárselo.

‑¿Con quién estás ahora?, Amalia. Todavía hay tiempo para revivir juntos ese amor que se nos escapó.

‑Para que sepas, estoy casada con un militar muy importante que se ha metido a la política y le está yendo muy bien. Tenemos dos hijos que van a tener mucho éxito en este país pues son expertos financieros. Me dedico a obras de caridad con ayuda de la iglesia. Todos tus recuerdos están quemados y destruidos tanto físicamente como mentalmente.

Sintió una puñalada en pleno pecho. Pareciera como si para vengarse ella hubiera buscado lo que él más odiaba en su vida: militares, banqueros, políticos y religiosos. Miró el reloj, contó las horas que le quedaban y se fue refunfuñando sin decir adiós. Esta vez sí no volvería jamás a encontrarse con ella.

domingo, 21 octubre 2012

El calcetín rojo

NV-IMP824.JPGEn esa época del año Aquiles siempre estaba muy ocupado con su trabajo. Eran los meses en qué más dinero ganaba. Dormía casi toda la mañana, por la tarde salía de compras, al banco o a ver a su agente artístico para planificar sus contratos futuros. A veces se encontraba con amigos, pero prefería que fuera después de su espectáculo nocturno. Ese día llegó a su casa temprano con tiempo suficiente para prepararse física y sicológicamente a la labor cotidiana.

Cuando su mujer llegó, él estaba preparando la ropa sobre la cama. Ese ritual formaba parte de los preparativos. Era como vestir al torero antes de salir al ruedo o preparar a la novia antes de salir a la iglesia. Así se concentraba siempre.

Llevaban menos de un año de casados. Él, un viejo solterón que nadie creía capaz de estabilizarse con una sola mujer. Ella, una hermosa y joven exmaniquí de modas que había dejado de desfilar desde su matrimonio para dedicarse al hogar.

-¡Mi amor! ¡Mira lo que me compré hoy! ¿Te gusta? No tenía qué ponerme.

-Sí, está muy bonito, pero tus armarios están llenos de ropa que apenas si te has puesto, ¿eh?- contestó el hombre con picardía dándole un beso.

-No entiendes a las mujeres. Nosotras necesitamos ropa que vaya con nuestro estado de ánimo y como cambiamos tanto, no nos vasta con lo que guardamos en el ropero. Necesitamos siempre novedades, sentirnos bonitas.

-Sí, sí, claro está.

-Eres muy poco detallista. ¿Ya estuviste en la cocina?

-No

-Vas a ver lo bonita que me quedó. La hice pintar de rojo. Me tenían aburrida los colores claros. Parecía un hospital.

-¡Vaya! Iré a verla antes de irme pues debe de haber quedado muy original. ¡Je, je!

-Sí, mañana vendrá un decorador para proponernos cambios en todas las habitaciones. ¡Ya es hora de que cambiemos de muebles! ¿Me oyes? ¿Qué te pasa? Te veo preocupado- inquirió la rubia despampanante.

-Pamela, estoy buscando un calcetín rojo para mi vestido. Llevo casi una hora y nada que lo encuentro. ¿No lo has visto?

-No, anoche te lo pusiste, creo. ¿Dónde lo dejaste?

-En el puesto de siempre. En el vestuario donde cuelgo mis vestidos de trabajo, junto a los zapatos amarillos.

-Pues ponte otros calcetines. ¿Tienen que ser los rojos? Ponte los verdes o los violeta. Da igual.

-No, señora. Necesito los rojos. Aquí hay uno. ¿Dónde está el otro?

La mujer puso mala cara y se puso a buscar con su marido. Miraron debajo de la cama, en el baño, detrás de las puertas, en todos los cajones y entrepaños de los armarios. Nada de nada.

-Tiene que aparecer. No puedo irme sin él.

-Mira. Te pones la ropa en el trabajo, ¿no? Te vas con lo que tienes, yo te compro un nuevo par de calcetines rojos y te lo llevo a tu camerino antes de que empiece tu función. ¿Vale?

Aquiles miró su cama, repasó la composición de su traje. Estaba el vestido completo, saco, chaleco y pantalón de colores verde, rojo y amarillo. Estaba la peluca roja y el neceser de maquillaje. Estaba el sombrero pepeado y el bastón torcido. Hasta la nariz y un calcetín rojos estaban ahí esperándolo. Los zapatos amarillos de cincuenta centímetros de largo no faltaban. Le iba a tocar ponerse medias de otro color o aceptar la propuesta de su esposa. De pronto ella cambió de tema.

-Se me olvidaba contarte dos cosas muy importantes. Ven conmigo al jardín interior.

Bajaron las escaleras y entrando al jardín salió a su encuentro un cachorro shai pei con su piel arrugada que vino alegre y juguetón a saludarlos.

-¿No está divino? Lo compré esta mañana mientras dormías. No me pude aguantar. Como tenías esa casilla de perro en el jardín desocupada, me pareció que teníamos que darle vida. ¿Qué te parece?

Aquiles quedó sorprendido. Recordó a su viejo perro Pulgas que lo acompañó en sus primeros años de carrera de payaso.

-Espera, espera. Voy a traerte la segunda sorpresa. Ya vuelvo.

-¿El perro estuvo en nuestro cuarto?

-Sí, un ratito solamente.

Mientras su mujer entro de nuevo a casa. Aquiles tuvo un presentimiento. Metió la cabeza en la casilla del perro y ahí estaba el calcetín rojo babeado pero entero. ¡Qué alivio! Lo sacó justo a tiempo. Lo metió rápidamente en el bolsillo de su chaqueta antes de que llegara Pamela.

-Lee lo que dice este análisis de laboratorio. Lee rápido.

Aquiles descubrió con más sorpresa la noticia de que su esposa estaba embarazada. Se puso muy contento. Se abrazaron con fuerza. Sin decir nada, pensaba en el calcetín rojo que había salvado de ser despedazado por el perro pues contenía unos rollos de billetes de cien euros que había escondido para que su esposa no se los gastara. Tendría que cambiar de escondite.