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domingo, 13 noviembre 2011

Traduttore, traditore

NV-IMP782.JPGDesde afuera parecía una simple casa, grande y tranquila. Si no fuera por los guardias de seguridad en las garitas y el alambre de púa en las barreras que la rodeaban por completo detrás de unos tupidos setos vivos que dando al exterior presentaban un aspecto inofensivo para los desconocidos, desde el camino interior se podría respirar un ambiente de calma.

El Doctor Schneider, el antiguo director que se jubilaría en poco tiempo, lo esperaba esa mañana temprano. Después de pasar dos barreras de seguridad, el Doctor Sadock, nuevo y joven director, pudo estacionar su auto y bajar al encuentro.

-      Entremos por esta puerta que lleva a mi despacho a través de un corredor secreto. Allá le mostraré uno a uno los pacientes que tenemos en este hospital, dijo Schneider después del saludo.

El corredor subía imperceptiblemente dando giros hasta llegar al último piso. Las puertas intermedias se iban abriendo gracias a las huellas digitales del director y al análisis que las cámaras de seguridad realizaban de su rostro y del fondo de sus retinas. La vista sobre el parque y jardines con los colores del otoño era magnífica. El despacho parecía la torre de control de un aeropuerto. Le sirvió una taza grande café negro acompañada de unos cruasanes calientes.

-      He leído su hoja de vida. Me parece que su experiencia y estudios, a pesar de su juventud, son suficientes para tomar a cargo este establecimiento. ¡Lo felicito! Aquí tenemos unos cincuenta pacientes. Algunos pueden ser peligrosos si uno se descuida. Por eso hay que conocerlos muy bien. Se los voy a mostrar.

En una enorme pantalla plana mural aparecieron una serie de rectángulos con la imagen en directo de cada paciente. Con ayuda de un puntero láser, Schneider activó el número uno y de inmediato el rectángulo correspondiente se agrandó y se oyó el sonido que venía directamente de la habitación del paciente.

-      Como puede ver, esta señora está muy tranquila en su escritorio escribiendo a la mano un documento. Fíjese que no hay ningún equipo electrónico visible a su alrededor. Sería no solo inútil sino que le causaríamos un trauma. Durante su vida profesional activa nunca aceptó usar una PC pues decía que hacían mucho ruido, que le dolía la cabeza o la mano o los ojos. Cualquier excusa era buena. Su cuarto tiene la apariencia de una oficina de los años 1960, pero, claro está, lleno de libros abiertos o apilados por doquier, hasta por el piso. La tinta y los estilógrafos son artículos de lujo y forman parte de los costos más altos en este establecimiento.

Pasó a visualizar al segundo paciente. La habitación se parecía a la primera pero tenía PC con teclado, pantalla, ratón e impresora.

-      Este paciente sí pudo usar la informática individual, pero como puede ver, imprime todo y trabaja sobre papel. Usa el PC como si se tratara de una máquina de escribir mecánica de otro siglo. Cuando imprime el documento, se olvida completamente del fichero informático correspondiente. Es más, no sabe ni dónde está archivado. Lo que le importa es el papel. Por fortuna estamos usando una tinta especial con ellos que nos permite borrar todo lo que escriben pasándolo por una especie de horno que la borra para poder reutilizar el papel varias veces pues también es muy caro y escaso hoy en día.

Sadock observaba y escuchaba en silencio sin preguntar nada. El viejo director seguía pasando imágenes comentando cada caso. Le advirtió por ejemplo de que el paciente de la habitación número ocho y el de la veintiuno no deberían cruzarse pues se odiaban. Un día casi se matan tirándose diccionarios por los corredores y pateándose y todo porque no estaban de acuerdo con el uso de una simple palabra.

-      ¿Qué edad tienen en promedio?, preguntó por fin Sadock

-      Más de cien años pero están en muy buena condición física. Este trabajo es muy bueno para el cerebro. Eso sí, los obligamos a caminar y a salir de sus habitaciones a diario con algún pretexto. Aunque usted es joven, seguramente sabe que en siglos pasados en los asilos siquiátricos se mezclaban todo tipo de enfermos indiscriminadamente. El gran descubrimiento que cambió y mejoró el tratamiento siquiátrico fue agruparlos en establecimientos según sus antiguas especialidades en la vida para recrear un entorno familiar. Todos los pacientes de este hospital ejercían una profesión que ya desapareció, al menos en la forma que ellos la practicaron.

-      ¿Qué profesión tenían?

-      Eran traductores… Le explico. En esa época el conocimiento de idiomas era muy importante. Había muchos idiomas, pero como todo en este mundo, se han ido extinguiendo. A comienzos de siglo todavía quedaban más de cuatro mil. Ahora no llegan a mil y los más usados son tres o cuatro. Ha pasado lo mismo con muchas cantidades de especies animales y vegetales, con los países, los pueblos del mundo, las costumbres, las religiones, los dioses… todo se ha reducido. Hasta la población mundial ha empezado a disminuir.

-      ¿Idiomas? No entiendo muy bien. Algo me enseñaron en la universidad al respecto hace tiempo pero ya no me acuerdo.

-      Es cierto. Usted es muy joven y ya no es consciente de que las personas hablaban lenguas diferentes para comunicarse según el lugar donde habían nacido. Quizás usted y yo estemos utilizando lenguas diferentes sin darnos cuenta gracias a la traducción simultánea que llevamos incorporada. Hace décadas la informática simplificó el problema con sistemas de conversión automática, de un sistema de códigos de comunicación a otro, que para simplificar podemos llamar traducción. La gente hablaba o escribía en un idioma y de inmediato todo era traducido a los tres o cuatro más comunes en una enorme base de datos mundial. Todos nos repetimos y repetimos lo que leemos u oímos todo el tiempo. Desde que se inventó el copiar-pegar en la informática, hay cada vez menos información nueva cada día. En otras palabras, ya todo está dicho o escrito.

-      ¡Caramba! Ahora recuerdo un poco de las clases de lingüística aplicada que tomé pero que no me sirvieron para nada. Esos tiempos debieron de ser muy difíciles.

-      No me puedo imaginar cómo eran. Cuando yo entré a la universidad (usted no había nacido), ya el proceso estaba muy avanzado y por eso dejamos de estudiar idiomas. De todas formas, parece que la gente que decía dominar un idioma extranjero hablaba una lengua muy simplificada. Hace tiempo se perdió la costumbre de leer y escribir. Los sistemas informáticos que nos rodean se encargan de transcribir, resumir y traducir lo esencial sin que nadie lo note. El interés por las telecomunicaciones y las redes sociales decayó y afortunadamente volvimos al mundo de las vidas privadas y de las sociedades secretas.

Volvieron a mirar las pantallas y a comentar lo que iba sucediendo en cada habitación. Todo tenía el aspecto de una empresa, no de un hospital.

-      ¿Qué hacen los pacientes de la habitación treinta y tres?

-      El que está hablando es el paciente. El otro es en realidad una enfermera que simula tomar notas en taquigrafía, una antigua técnica de escritura rápida. Cuando termine, irá supuestamente a escribirlo en el PC para devolverle el texto al paciente que lo corregirá una y otra vez. Le damos el mismo texto todos los días para que añada las comas que quitó ayer o borre las que puso hace dos días. Está feliz cambiando un pero por un mas, un todavía por un aún, un aun por un incluso, un quizá por un quizás y poniendo y quitando las tildes a guion, y otras palabras que le molestan o pasando letras de mayúscula a minúscula y viceversa. Es su manía. Dice que busca la palabra justa.

-      Yo creía que usaban el reconocimiento de la voz o grabadoras digitales.

-      Algunos sí. Fíjese en los pacientes de la habitación trece y… cuarenta. Hay que darle gusto a todos.

-      ¿Dónde duermen estos pacientes?

-      Cada cuarto tiene una cama empotrada que se cierra en las mañanas y se abre por las noches. Así están convencidos de que se encuentran en sus oficinas trabajando. Un sistema especialmente diseñado genera automáticamente documentos para traducir a partir de antiguos textos ya traducidos pero con cambios aleatorios. Se les entregan diariamente una cantidad de páginas en idioma extranjero y se les hace creer que es urgente y que una conferencia que tiene lugar simultáneamente está esperando el resultado en sus lenguas maternas. Así están felices ocupados creyendo que son útiles. Fíjese que casi ni comen ni duermen. No saben qué fecha es. Hay que distribuirles sándwiches muy nutritivos para que no se vayan a enfermar.

-      ¿Creen que los enfermeros y médicos son colegas de trabajo?

-      Claro. Se presentan como secretarias, referencistas, terminólogos, documentalistas, bibliotecarios, archivistas, editores, impresores, dactilógrafos, correctores, clientes, jefes y representantes de muchas más profesiones extinguidas para llevarles la cuerda.

-      Pobres. No me explico cómo terminaron aquí.

En ese momento se vio a uno de los pacientes salir furibundo de su cuarto gritando que el sistema no funcionaba, que estaba muy lento, que no le habían dado los datos correctos, que no iba a terminar su trabajo a tiempo, que era el colmo que lo pusieran a hacer cosas que no le correspondían, que el diccionario no tenía la palabra que él buscaba y más jerigonza incomprensible. Los enfermeros llegaron de inmediato, le dieron un tranquilizante y lo acostaron atado a su cama.

-      ¡Tiene un personal muy eficaz!

-      Sí, por fortuna. Antes era más difícil por la cantidad de enfermos, pero en realidad son pocos los que van quedando. Todo sucedió hace varias décadas cuando la crisis económica mundial de los años diez y veinte. En esa época todavía se traducía mucho, sobre todo en multinacionales u organizaciones internacionales. Para economizar dinero, sus altos dirigentes decidieron no traducir muchos documentos pues era ínfimo el número real de lectores. Introdujeron un sistema de tratamiento de texto que guardaba toda la información necesaria para encontrar las fuentes de dónde se había copiado y pegado cada trozo de información, así como todas las versiones lingüísticas de cada documento básico. Así, los mismos redactores del original creaban simultáneamente, sin esfuerzo y sin darse cuenta las traducciones en varios idiomas. Al final, bastaba una simple revisión para terminarlas y publicarlas. El desempleo fue enorme en ese ramo profesional. Los traductores más jóvenes y más hábiles lograron reciclarse en otras profesiones. Los que no estaban preparados para el cambio, en su mayoría los más veteranos, se enloquecieron.

-      Ya entiendo. Les pasó como cuando se reemplazó el tren a vapor por el eléctrico, el cine mudo por el sonoro, la fotografía y cine en películas químicas de nitrato de plata por la tecnología digital, la publicación en papel por la electrónica o el paso al dinero plástico, de la energía eléctrica y nuclear a la solar. En fin, hay muchos ejemplos.

-      En efecto. Estos profesionales se creían unos artistas, hablaban del genio del idioma, eran muy exigentes con sus condiciones de trabajo, pensaban que eran los más inteligentes e indispensables de la humanidad. Decían que ellos eran los Rolls-Royce y los demás los Deux-Cheveuzx (dos antiguas marcas de automóviles). El problema es que todo profesional piensa lo mismo de su oficio y cuando llega el momento de cambiar les cuesta muchísimo trabajo. Lo más complicado en este hospital es mantener en funcionamiento sistemas informáticos que ya no existen, como por ejemplo Office 2020 o reimprimirles copias de diccionarios generales, especializados o bilingües que ya no se consiguen.

-      Seguro. Esto me recuerda mucho mi trabajo en el hospital de los expertos financieros y los agentes de la bolsa. Tocaba simular la compra y venta de acciones de empresas inexistentes, ya que esa manera de negociar se acabó hace tiempo.

-      Sí, a mí me tocó trabajar antes en el hospital de los políticos que es en verdad otro mundo. Seguían con sus ideas anticuadas pensando que podían engañar al pueblo enriqueciéndose a costillas de otros sin cumplir todo lo que habían prometido. En ese hospital simulábamos el parlamento con todos los debates, peleas, insultos y supuestamente transmisiones por televisión y radio en directo. Era la locura. Menos mal que en la vida real eso ya no existe.

-      ¿No han probado darles tiempo para que aprendan a usar las nuevas técnicas y acepten la innovación?

-      Sí, pensé que era una buena idea, pero tan pronto se les da tiempo libre para formación profesional, no hacen nada de eso, se la pasan charlando o tomando café o descansando en espera de la próxima crisis o prensando en las próximas vacaciones. ¡Solo están preparados para trabajar bajo presión! Son como leñadores que nunca afilan sus sierras. Ni se le ocurra intentarlo, le advierto que tendrá muchos problemas.

Cuando ya habían comentado la patología y tratamiento de todos los pacientes, pasaron a estudiar las cuentas del hospital, los sofisticados sistemas informáticos y de control, el personal del establecimiento y los planos detallados del mismo. Terminaron muy avanzada la noche.

-      ¿Cuándo va a empezar a trabajar?, inquirió Schneider.

-      Una semana antes de que usted se vaya. Así podremos intercambiar los últimos datos que tenga que darme, ¿vale? ¡Ah! ¿Qué tiene planeado para su jubilación?

-      Voy a ayudarle a mi esposa que es directora de un hospital siquiátrico para siquiatras. Eso sí que es interesante. A ella le quedan cinco años más de trabajo y a mí me vendría muy bien ocuparme un poco, pero eso sí, no a tiempo completo. Por increíble que parezca, créame que los pacientes allá tampoco se dan cuenta de que están enfermos y lo pasan muy bien. Viven casi como usted y yo en este momento. La diferencia es que nosotros somos libres y no estamos enfermos, ¿eh?

-      Espero que en realidad no estemos ya en ese hospital sin darnos cuenta. ¡Je, je!, concluyó Sadock mientras se ponía el abrigo y se preparaba para salir al frío otoño.

domingo, 06 noviembre 2011

Al sur, al sur, al sur

NV-IMP781.JPG«Siempre me gustó ir al sur, es como caminar cuesta abajo…»
El Señor de los Anillos

La ciudad me parecía inmensa y casi sin límites. Al menos mi mente no lograba abarcarla poniendo cada casa y cada calle en su lugar. En esa época era en realidad un pueblo grande donde todos nos conocíamos; bueno, los adultos parecían conocer a todo el mundo. Hoy la ciudad es todavía más grande con lugares que no lograría identificar a pesar de que estuve allí en otro tiempo. Lo sé porque a veces la diviso desde la montaña cuando estamos de patrulla en las cercanías.

Con toda seguridad me costaría trabajo orientarme si me llevaran ahora mismo con los ojos vendados a uno de sus barrios nuevos y al quitarme la venda tuviera que llegar sin ayuda al centro de la ciudad. Supongo que las montañas me darían algún índice. Supongo que si fuera de noche con cielo estrellado hasta encontraría el norte. Siempre he tenido buen sentido de la orientación y ahora lo tengo muy bien adiestrado.

Esa lejana vez tuve permiso por primera vez para recorrer solo y a pie la distancia que separaba los barrios altos del norte de los bajos del sur hasta el barrio de mis primos. Calculo que serían máximo dos o tres kilómetros. Las primeras calles me eran conocidas, ya que solía correr hasta la tienda de la esquina a comprar algún encargo de la casa o ir y volver de la escuela cuatro veces al día con mis hermanos. Las últimas cuadras también me eran familiares pues en ellas jugaba con mis amigos a los ladrones y policías, al fútbol o al escondite. Lo difícil sería el recorrido del medio pasando por la parte más comercial y concurrida de la ciudad con peligros y tentaciones que podrían distraerme fácilmente, además de que no pasaba por ahí tan a menudo.

Después de recibir todas las recomendaciones de mi madre, que se rindió ante mis ruegos convenciéndose a regañadientes que era hora de dejarme enfrentar esas aventuras sin compañía pero tras hacerme prometer que me iría directo y que la llamaría por teléfono apenas llegara, salí muy contento en ese domingo soleado y caluroso. Me imagino lo nerviosa que debió de haberse quedado. Recuerdo muy bien su cara que quería demostrar confianza y tranquilidad pero que a mí no me engañaba.

Eran como las dos de la tarde. A la hora de la siesta la actividad se veía reducida por el bochorno y la modorra. La ciudad parecía desierta. El calor del verano adormecía hasta los muros y los árboles. El pavimento se ablandaba atrapando las huellas de mis pequeños pies. Pasando por el centro, las vitrinas de los almacenes con sus juguetes para Navidad me hacían detenerme a cada paso. ¿Me llegarían los regalos que había encargado en mi carta al Niño Dios?

Cuando entré al barrio de destino muy contento, me topé con ellos. Estaban con vestido militar junto a un camión verde lleno de otros niños. Pensé huir pero era demasiado tarde. Era la primera vez que sucedía eso en mi ciudad. Lo supe tiempo después. Me atraparon y forzaron a subirme al vehículo. Me preguntaron nombre y edad y me regañaron por andar solo por las calles. Con solo verme en pantalón corto con mi cuerpo infantil hubieran podido adivinar que no llegaba a los nueve años. Me dijeron que me iban a llevar a la comisaría de policía para que mis padres fueran por mí.

Eran mentiras. Nunca más volví a mi ciudad en estos veinte años. La guerra civil no ha parado y no tiene pinta de acabar pronto. Supe que mi casa fue bombardeada hace como quince años y toda mi familia murió. Menos mal no supieron las atrocidades que he cometido. Aquí en la montaña he aprendido todo lo que un niño soldado debe saber para defenderse y para atacar al enemigo. Mi niñez no duró mucho. Ahora soy un comandante respetado. He decidido que no volveré nunca a mi ciudad aunque venzamos o seamos vencidos.

jueves, 08 septiembre 2011

Borrachera

NV-IMP773.JPGEra el principio del fin. «Le juro por lo que más quiera que no tengo nada que ver en este asunto, señor abogado», dijo con un simple juramento, pero la resaca era tan fuerte que no se daba cuenta de lo que decía. «Veamos. ¿Puedo usar su teléfono?», contestó el jurista mostrándole el aparato. Llamó al contestador telefónico. El mensaje grabado decía simplemente: «¡Socorro!» El abogado escribió el teléfono de la persona que llamaba y confrontándolo con sus notas comprobó que era el mismo número. «Dígame la verdad. Tengo la prueba de que una mujer asesinada lo llamó a usted justo antes de morir. Así pudimos localizarlo a usted», refutó el abogado. «No, llamaría al dueño de ese teléfono que robé anoche en el metro. Salí corriendo con su cartera, compré una botella de ron y me emborraché. No recuerdo nada más. ¡Ayúdeme!», suplicó.