viernes, 14 enero 2011
Reminiscencias
- Veo una cortina roja en el cuarto de mis padres con unas bolitas de tela colgando a los bordes. Me veo jugando en la cama para no dejarme poner la pijama. La cama es grande y está pegada a una de las paredes del cuarto. No sé si era el mismo cuarto pero también veo una cama más pequeña al lado. Recuerdo despertarme por las mañanas y quedarme oyendo el ruido de fondo de la casa ya en actividad y yo esperando que alguien venga a sacarme. A veces me despierto porque mis hermanos están hablando desde las camas de al lado. La casa parece inmensa. Todos los muebles son grandes y yo no veo lo que hay arriba de las mesas, repisas ni armarios. Desde el patio veo una rampa que lleva a la terraza pero a mí no me dejan subir; parece es peligroso. Nunca supe que había arriba. Desde el patio se veía el cielo y el tejado de la casa como esas viejas casas coloniales. Las diferentes puertas llevaban a los cuartos, al comedor o a la cocina.
- ¿Hay animales o solo personas?
- Creo que había gallinas en ese patio, quizás no todo el tiempo. ¿Había un gato? No recuerdo que hubiera perros.
- ¿Qué hay al exterior de la casa?
- Del lado de la calle quedaba el almacén de mi madre donde vendía artículos relacionados con la costura, como una especie de mercería, si recuerdo bien. Ella era modista y cosía con mucho éxito vestidos para damas. En un cuarto aledaño estaban las máquinas de coser. Los domingos el periódico traía un suplemento con tiras cómicas. Como yo no sabía leer, siempre le pedía a alguien que me las leyera. Alguna vez vinieron con la noticia de que habría cine al aire libre en la plaza del pueblo. Mis padres dejaron ir a mis hermanos acompañados de alguna empleada, pero a mí no; decían que yo era muy pequeño. Calculo que en ese entonces no tenía más de tres años de edad.
- ¿Tiene algún recuerdo desagradable?
- Una vez uno de mis hermanos mayores estaba clavando o desclavando unas tablas subido en una escalera mientras que yo jugaba en la misma pieza sin poner mucho cuidado a sus advertencias de que debería irme de ahí para evitar accidentes. Como si nos hubieran echado sal, una de las tablas se le escapó de las manos y aterrizó sobre mi cabeza escalabrándome. Todavía tengo la cicatriz en mi cabeza aquí. Al ver que chorreaba sangre, salió corriendo conmigo hasta la farmacia para que me auxiliaran. Menos mal no fue grave, pero me sirvió de lección para tenerle miedo a los que reparan cosas arriba de escaleras.
- Y ahora que le envío corriente a este otro lugar del cerebro ¿qué siente o recuerda?
- Curioso. Veo un grupo de personas en la plaza del mercado que preguntan a mi madre cómo seguía yo después del accidente. Me miran la cabeza y ven la gaza y el esparadrapo que me cubre la herida. Mi madre explica lo sucedido y ahora se ríe pero cuando pasó estuvo muy nerviosa y hasta lloró pensando que me había muerto. Ahora veo otro grupo de personas que se despide de nosotros. Es de noche y la casa está vacía. Nos vamos del pueblo. Varias personas lloran pero yo no entiendo lo que pasa. No sé si estamos en un tren o en un autobús. Arrancamos y mi madre que había sido muy fuerte hasta ese momento, se pone a llorar y yo preguntándole qué le pasa pero ella me consuela y me dice que no es nada.
- Interesante. Veamos qué pasa si estimulo este otro punto.
- Ahora es música lo que escucho. Son rancheras mexicanas que salen de una cantina del pueblo o del radio de un autobús. Canciones viejas que hace muchísimos años no escuchaba. Me hacen cantar y se ríen de ver que ya me sé esas canciones a fuerza de oírlas, pero como no entiendo muy bien el significado, he deformado la letra y salen cosas muy chistosas.
- ¿Alguien lo ha llamado por su nombre o ha visto un nombre escrito en alguna parte?
- No, nadie usa nombres en estas conversaciones. Oigo decir mamá, papá, mijo, el niño, usted, yo, la niña, señor o señorita, pero ningún nombre propio. Ahora me vienen recuerdos olfativos. Sí, son perfumes de flores, olor a cocina, cigarrillos encendidos o pólvora.
- Lo lamento mucho, pero no avanzamos nada desde hace días. Por más de que buscamos en su memoria, no logramos descifrar quién es usted ni cómo llegó a este hospital psiquiátrico. Para mí, usted no está loco, simplemente ha perdido la memoria reciente y de manera selectiva. Tocará que aprenda a seguir viviendo así. Con un poco de suerte, un día de estos volverá su memoria como antes y descifraremos sus secretos o quizás aparezca algún familiar o amigo que le ayude a recordar. No se desespere.
miércoles, 12 enero 2011
Desilusión a primera vista
La había visto varias veces en el autobús pero no había logrado hablar con ella. Fue amor a primera vista, como un encandilamiento repentino, como si hubiera mirado al sol demasiado tiempo y la retina se hubiera lastimado. Ahora vivía pensando en ella. Ya conocía el sector de la ciudad donde subía o bajaba. Se mantenía atento a su encuentro con la esperanza de poder hablarle y coquetearle alguna vez.
Levantó la vista de sus libros, miró por la ventana, ya que la parada de bus de su quizás futura novia estaba cerca, y la vio. ¡Qué dicha! Pero… ¡qué tristeza! Estaba acompañada por alguien con quien se besaba mientras llegada del bus. Ahí acabaron rotas las ilusiones por ese hipotético nuevo amor, hundió la cabeza entre sus libros y quiso saber más de ella.
08:00 Anotado en Cuentos | Permalink | Comentarios (0) | Tags: ficción, microrrelatos
domingo, 09 enero 2011
Basura electrónica
Casi todas las mujeres se habían ido a sus casas. Solo Yamam que quería acumular horas extras insistía en probar viejos PC para separar los que funcionaban de los que serían desarmados como piezas de repuesto. Disfrutaba deshuesándolos con alicates y destornilladores, desahogándose a su manera de su vida dura y pobre. Mukthar, su jefe, había salido a comprar unos shawarma de cordero y té caliente para los que quedaran en la empresa artesanal de reciclaje de PC.
Su amiga Sohag se fue a casa. Yamam quedó sola pues le quedaba tiempo de probar un PC más esa noche. Era un modelo antiguo, con pantalla de tubos catódicos, unidad de disquetes y anormalmente grande. Venía con una webcam. Conectó cables, la enchufó y encendió con un ruido de gato ronroneando al interior. El sistema era desconocido. A duras penas interpretó mensajes en inglés sin dejarse impresionar por la pantalla que le indicaba lo que tenía que hacer. Estaba contenta viendo que sí funcionaba.
Iba a apagarla para irse a casa en la falda de la montaña Muqatam cuando apareció una imagen de un hombre apuesto que le hablaba por señas. Enchufó unos audífonos y oyó una voz agradable en árabe. Se dio cuenta de que su propia imagen aparecía en una ventana más pequeña y se vio despeinada y con la cara sucia. Se arregló como pudo pues, a pesar de la pobreza, siempre andaba impecable y coqueta.
El hombre explicó que era un príncipe que había sufrido un sortilegio que lo había encerrado en el PC pero que si ella besaba la pantalla, podría salvarlo.
Yamam creyó que se trataba de un juego vídeo. Apagó el PC antes de que el hombre terminara la frase. Con furia le puso una etiqueta que decía «funciona» y lo dejó lejos del grupo que destrozarían a la mañana siguiente. Cuando salía para su casa, llegó Moukthar con los shawarma y el té a molestarla y acosarla como siempre. La joven comía su sándwich con desgano. Tocaba aceptar las bromas pesadas de su jefe sin rechazar de lleno los avances para no perder el puesto y el poco dinero que llevaba a su casa.
De pronto se le ocurrió mostrar el PC a Mukthar . Le dijo que quería saber si podían recuperarlo o no. Ella se puso los audífonos y cuando la máquina terminó el procedimiento de encendido, apareció de nuevo la imagen vídeo del hombre que le hablaba desesperado. Concentrado en el funcionamiento general del PC, Mukthar no oía el diálogo.
Yamam se acercó a la pantalla y besó al hechizado. Apareció en pantalla una escogencia múltiple que decía: (1) tomas mi puesto dentro del disco duro y yo salgo al exterior, (2) nos quedamos los dos en el interior para siempre o (3) salgo yo pero una tercera persona tendrá que quedarse encerrada en el PC.
Ella sin dudar pinchó con el ratón en la opción (3). Su jefe Mukthar apareció encerrado dentro de la pantalla y el príncipe azul, en carne y hueso a su lado. Se abrazaron. Muy agradecido dijo que traía unas bolsas llenas de monedas de oro y que podían vivir felices donde ella quisiera. Sin inmutarse por los gritos de Mukthar, Yamam apagó el PC y lo puso con la etiqueta «No funciona» en el grupo de PC para diseccionar. «Viviremos en la cima de la montaña con una vista espléndida sobre El Cairo, compraremos esta empresa y sacaremos de la pobreza a mi familia y a mis amigas de aquí», contestó yéndose de inmediato tras apagar las luces y cerrar el negocio que quedó vacío y en silencio.
08:00 Anotado en Juego de escritura | Permalink | Comentarios (1) | Tags: cuento, fantástico