Ok

By continuing your visit to this site, you accept the use of cookies. These ensure the smooth running of our services. Learn more.

miércoles, 16 febrero 2011

Recurrencias

NV-IMP723.JPGComo de costumbre me perdí de nuevo en una ciudad extranjera, esta vez, en un país árabe. Iba con un grupo de personas, padres de familia, a dejar unos niños en un espectáculo para más tarde volver a recogerlos. Consciente de que no conocía bien el camino, tuve la precaución de anotar la dirección en un papel que guardé cuidadosamente en mi bolsillo. En el camino de regreso, como lo temía, me perdí del grupo. Decidí regresar sobre mis pasos hasta el lugar inicial con la esperanza de volver a ver a los otros al cabo de un rato. Recordaba que tenía que girar a la izquierda, caminar dos cuadras, girar dos veces a la derecha y de ahí, como no debería de quedar muy lejos, con seguridad reconocería visualmente el lugar. Debí de equivocarme en algún lado; ya no había ningún edificio familiar aunque todo parecía no estar muy lejos de la Plaza Tahrir en El Cairo. Me acordé del papel con las señas que había escrito y en ese momento me desperté. Busqué la dirección en vano y me di cuenta de que se me había quedado en el sueño, de manera que nunca sabré dónde quedaba ese lugar ni si fueron a tiempo a buscar a los niños. A menudo me pierdo en los sueños y me cuesta volver a la realidad al despertar.

08:00 Anotado en Recuerdos, Viajes | Permalink | Comentarios (0) | Tags: sueños, ficción

sábado, 09 octubre 2010

Para subir al cielo se necesita

NV-IMP688.JPGAhora ya no recuerdo bien cuándo fue pero estoy seguro de que era un viaje de Ibagué a Medellín, adonde estaba viviendo uno de mis hermanos. Fui a visitarlo dos o tres veces mientras estuvo allá. En uno de esos viajes fui en tren con mi papá desde Bogotá. Un viaje que me pareció interminable pues pasamos una noche entera y dormí mal en una de esas bancas de resortes y forradas en cuero o plástico, quizás roja.

Esta vez fue desde Ibagué, un viaje muy novedoso para mí. Nunca había visto el país desde esa altura. Era un aparato pequeño para unos diez pasajeros como máximo. Me tocó el puesto del copiloto. Aguanté el ruido de los motores de hélice que parecía ensordecedor. Años después entre Grenoble y Lanion en Francia volví a sufrir y a revivir ese ruido insoportable y esa angustia indescriptible.

Soy un terrestre, y cada vez más, pues me da vértigo la altura y no me siento cómodo en el agua. Volar entre las nubes y ver todo pequeño desde arriba sin tener la referencia de mis pies fue una gran novedad. El aterrizaje en Medellín fue impresionante; el aparato parecía esquivar los diferentes cerros que se encontraban en su camino hacia la pista de aterrizaje. Después de ese, ha habido muchos más y ya no me impresiona nada ese medio de transporte. No sé qué edad tenía entonces. Seguramente entre quince y diecisiete. Mi hija a los tres meses de nacida ya estaba cruzando el Atlántico por los aires. Parece que fue hace siglos y sin embargo tengo imágenes claras metidas en algún rincón de mi cabeza.

jueves, 30 septiembre 2010

La primera vez que...

NV-IMP687.JPGÉramos cuatro jóvenes de más o menos dieciocho años. Íbamos a recorrer como seiscientos kilómetros para encontrarla desde Bogotá por carretera aprovechando que teníamos una semana de vacaciones en la universidad. Siendo Bogotá la capital del país y según la costumbre española de situar las capitales en el centro del país, los bogotanos no suelen ir al extranjero tan fácilmente como en Europa: por tierra es muy largo, por avión es muy caro. La primera etapa fue en Bucaramanga y la segunda en Cúcuta. Ahora que la conozco y que la cruzo a diario dos veces, ha dejado de impresionarme desde hace tiempo. En ese entonces, era una línea imaginaria que veía en los mapas y me hacía soñar. Las mejores rutas colombianas eran como las carreteras nacionales francesas, aunque algunos tramos estaban en tan mal estado llenos de huecos en la calzada que parecían en construcción.

A medida que nos acercábamos la cola de autos se iba agrandando hasta que a lo lejos vimos un puente que marcaba el lugar del encuentro. Me dijeron que era el puente más extraño del mundo pues a la ida se necesitaba media hora para llegar al otro lado, pero al regreso llegaba uno al otro lado media hora antes de haber salido. En todo caso, la encontramos llena de policías y de camiones y de controles y de gente con otro acento y de carros con otras placas. Un mundo diferente y parecido pero con otra moneda que llamaban bolos. Fue un viaje divertido y sin contratiempos. Ahora que lo pienso ya había estado ahí, un par de años antes, en otro viaje, pero diferente. Es un recuerdo aislado de ese segundo viaje. Quizás el viaje entero merezca un relato más extenso. Quizás.